Teatro Real
Dukas: ARIADNA Y BARBA AZUL
Nueva producción
Gianluca Buratto, Paula Murrihy, Silvia Tro Santafé, Aude Extrémo, Jaquelina Livieri, Maria Miró, Renée Rapier, Raquel Villarejo Hervás, Luis López Navarro, José Ángel Florido y Nacho Ojeda. Dirección musical: Pinchas Steinberg. Dirección de escena: Àlex Ollé. 26 de enero del 2026.
Ariadna y Barba Azul es una ópera difícil de encontrar sobre los escenarios. Probablemente no se debe a la exquisita música de Paul Dukas: una versión afrancesada de una orquestación a medio camino entre Wagner y el verismo que resulta en una explosión de colores, un perfecto matrimonio entre los timbres de los metales y las maderas; sino al texto de Maeterlinck, de gran simbolismo y complejidad que convierte la ópera en un ejercicio mental más que en un divertimento (ver previa en este enlace).
Representar este libreto supone todo un reto, y es por ello que resulta llamativo que dos directores de escena como Àlex Ollé y Stefano Poda (en la versión que estrenó en 2019 en el Capitole de Toulouse) lleguen a soluciones similares, tal y como el juego de pantallas con el laberinto —blanco en la escena de Poda, negro en la de Ollé— que se eleva sobre el escenario en un permanente recuerdo de esta Ariadna transformada en Teseo para convertirse, así, en la protagonista y heroína. En esta propuesta, tampoco resultaron especialmente innovadoras esas escenas de movimientos espasmódicos que se han convertido en un cliché de cualquier representación actual, ni, por supuesto, la idea de trasladar temporalmente a los personajes a la actualidad. A pesar de ello, el regista catalán ofreció píldoras de ingenio, por ejemplo en la transformación de las mesas del banquete nupcial en andamio por el que pudieron escapar las esposas, el comienzo del tercer acto con las esposas mirando al frente emulando una suerte de cuadro o los juegos de luces y efectos visuales que abundaron especialmente en el primer acto.
Respecto a la música no hubo ningún tipo de dudas: la orquesta fue la protagonista de la noche. Bajo la batuta del veterano Pinchas Steinberg la Orquesta Titular del Teatro Real alcanzó unas sonoridades exquisitas, dentro de las cuales se podrían entrever las distintas capas de sonidos completamente compactas que se agrupaban formando una suerte de milhojas musical, un complejísimo andamio armónico en el que cada detalle estaba en su lugar exacto, cada instrumento sobresalía en el momento preciso: la celesta haciendo visualizar las gemas, las trompas indicando la llegada de los furiosos aldeanos, las flautas fusionándose con el canto de Ariadna, todo en su justa medida, en perfecto equilibrio y con un sonido más propio de un estudio de sonido que de un foso de orquesta.
«Paula Murrihy no tuvo problema en llegar a los agudos de esta partitura de soprano lírica, a pesar de que se define como una mezzo, que estuvieron repletos de armónicos y sin abusar en exceso del ‘vibrato'»
Las voces estuvieron a la altura de tan espléndida orquesta. Paula Murrihy solventó con gran potencia un papel como el de Ariadna, extraordinariamente exigente: no tuvo problema en llegar a los agudos de esta partitura de soprano lírica, a pesar de que se define como una mezzo, que estuvieron repletos de armónicos y sin abusar en exceso del vibrato. El timbre de Murrihy, más metálico y brillante, y con un gran sonido en el agudo creó un contraste precioso con las otras dos mezzosopranos: Silvia Tro Santafé y Aude Extrémo; la primera cantó un primer acto espectacular con su voz carnosa y aterciopelada que llegó con potencia al público y con un timbre que logró una fusión perfecta con la orquesta. La intérprete valenciana se permitió también recrearse en unos graves casi más propios de un registro de contralto. Algo similar se puede decir de Extrémo, quien mostró un registro grave muy bien cuidado y rico en armónicos que destacó por encima de las esposas: Jaquelina Livieri, María Miró y Renée Rapier, quienes sonaron excelentes en conjunto. Ese momento en el que en «Les cinq filles d’Orlamonde» se les une el coro femenino, junto con la capacidad de crear tensión del maestro Steinberg fue absolutamente magistral. Y es que otro de los puntos fuertes de esta producción fueron, precisamente, los coros, herederos de esa tradición de raíz griega en la que representaban la voluntad popular.
Todo ello deja al espectador una oportunidad excelente de acercarse a una música tan hermosa como poco habitual con un gran elenco y con una puesta en escena que, aunque no se muestre como extraordinariamente imaginativa, acompaña con mimo a la música y cuyo cuidado movimiento escénico deja en la retina imágenes dignas de recordar. * David SANTA CAÑAS, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL