Jueves, 29 de enero 2026, 19:53
Silencio sonoro. Sosiego doméstico. Arquitectura interior. Quietud de pintura y espacio. Uno escucha el silencio de la estancia. La luz es como un fragmento de calma. Todo parece despojado de lo superfluo. Hay una poética desmayada y derramada desde los ventanales al mobiliario. El paisaje, si era ajeno y lejano, ya ha quedado atrapado. Y el interior se antoja imperecedero. ‘Hammershøi. El ojo que escucha’ abrirá el próximo mes de febrero una grieta en las salas del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. A través de ella podrá accederse a un hábitat de composiciones de atmósfera silente y diálogo de luz y espacio. Será la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi (1864-1916), un artista poco conocido por lo que la muestra se postula como «un gran descubrimiento». Comisariada por Clara Marcellán, se han reunido alrededor de noventa óleos y dibujos del artista y de algunos de sus contemporáneos, que ofrecerán una completa visión de la obra de este pintor que creó unas 400 piezas en sus 51 años de vida.
Considerado uno de los artistas daneses más destacados de finales del XIX y principios del XX, tras la irrupción y consolidación de los movimientos de vanguardia cayó progresivamente en el olvido. Desde la década de 1980 varias exposiciones dentro y fuera de Dinamarca lo han acercado a un público que, en España, sólo habían podido verla en contadas ocasiones. La ambigüedad de sus composiciones sugiere múltiples vías de interpretación que en las últimas décadas se han enriquecido gracias a la búsqueda de conexiones con otros artistas europeos. El subtítulo de la muestra, ‘el ojo que escucha’, «remite a la relación metafórica entre su pintura, el silencio, la aparente calma que transmite, y el interés del artista por la música». Una pintura depurada tanto en exteriores como en interiores. El artista danés, por ejemplo, pintó más de sesenta veces los interiores de su casa familiar de Copenhague.

Vilhelm Hammershøi. ‘Interior, mujer vista de espaldas’, hacia 1904.
Randers Kunstmuseum, Randers. © Foto: Randers Kunstmuseum
A mediados de este mes de enero el Thyssen anunció un ambicioso programa expositivo para este 2026, con un total de once exposiciones, tres de las cuales destacan por su significado y dimensión, entre ellas la de Hammershøi. El resto, las de Carmen Laffón y Salvador Dalí. Destaca, asimismo, una colaboración con intercambio de obras maestras entre el Thyssen y el Mauritshuis, que hará posible que un conjunto de obras del museo español se vean en La Haya y 25 obras maestras del Siglo de Oro holandés se exhiban en Madrid.

Vilhelm Hammershøi. ‘Interior con mujer al piano’, Strandgade 30, 1901.
Colección privada. Foto: © Bruno Lopes
A Hammershøi se le asocia con una paleta de colores limitada, entre grises, blancos y tonos terrosos y una composición minimalista. Figuras femeninas de espaldas, inmersas en actividades cotidianas o simplemente contemplando, una especie de estado estético en suspensión, irreal dentro de la realidad, casi onírico, que «invita al espectador a la reflexión silenciosa». Hammershøi recibió influencias de maestros holandeses del XVII, como Vermeer y de Hooch, así como de artistas contemporáneos. Pero su lenguaje visual es absolutamente personal, artífice de una realidad filtrada a través de una lente de austeridad y misterio.
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En datos
‘Hammershøi. El ojo que escucha’. Organizado por: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza en cooperación con la Kunsthaus Zürich. Fechas: Madrid, Thyssen-Bornemisza, del 17 de febrero al 31 de mayo en Zúrichs, del 3 de julio al 25 de octubr. Comisaria: Clara Marcellán.
Sus obras «no cuentan historias explícitas, sino que sugieren emociones y estados de ánimo a través de la composición, la luz y la ausencia de elementos narrativos tradicionales». Desde el Thyssen se destaca que Hammershøi encontró pronto los motivos y la paleta que caracterizan toda su trayectoria. Tras su formación académica y sus estudios, a comienzos de 1880 pinta los primeros paisajes y figuras. Las obras que presenta a los salones oficiales de la Academia danesa «encuentran detractores entre el jurado, pero también defensores, a quienes se une para fundar un salón independiente en 1891, donde expone algunas de las obras que se presentarán ahora. Sus lienzos de este periodo se aproximan «al simbolismo y al esteticismo de Whistler.
Imágenes suspendidas en el tiempo
Los retratos suponen la cuarta parte de la obra de Hammershøi y permiten reconstruir su círculo más próximo. En él ocupan un lugar destacado los artistas y músicos de los que se rodea, que le encargan obras o posan para él. El artista evita las distracciones para presentar imágenes suspendidas en el tiempo. Otra de sus señas de identidad es una figura: la de Ida Ilsted, hermana de uno de los compañeros de estudios de Vilhelm, que se convierte en una presencia constante en la pintura del artista desde que se casan en 1891, «a veces como una anónima o idealizada, a veces cercana y vulnerable». Los retratos dobles de la pareja le sirven para experimentar con la relación entre figuras.
El apartado ‘Conversaciones silenciosas’ agrupa simbólicamente el género que más éxito procuró a Hammershøi: «Interiores con figuras e interiores vacíos». En ambos conjuntos muestra las estancias de sus casas, que funcionaron también como estudio y fueron su tema predilecto.

Vilhelm Hammershøi. ‘Autorretrato’. La casa de campo Spurveskjul en Sorgenfri, al norte de Copenhague, 1911.
SMK, National Gallery of Denmark, Copenhague. Statens Museum for Kunst
En un gran número de obras omite por completo la presencia de figuras. En 1907 el artista explicó: «El primer interior que pinté, si no me equivoco fue en la casa de Karl Madsen […] En cualquier caso fue el primer cuarto vacío que pinté. Siempre he pensado que había mucha belleza en un cuarto así, aunque no hubiese gente en él, quizás precisamente cuando no había nadie». Estas habitaciones vacías son a menudo variaciones de una misma vista, en la que modifica la ubicación de muebles o el ángulo de apertura de las puertas. El pintor enfrenta al espectador a una puerta cerrada y una ventana que no permite ver el exterior. La luz que entra a través de ella se proyecta en el suelo y las motas de polvo parecen cobrar vida.
En el caso de los ‘Paisajes rítmicos’, fuera del ámbito doméstico, el artista representa espacios rurales y urbanos en los que nunca aparecen personas; destacan las vistas de la ciudad de Copenhague y de sus edificios históricos, que los pinta desiertos, con una quietud que se aleja de la realidad de la vida urbana, y desde un punto de vista elevado. Hammershøi también pintó arquitecturas más humildes durante sus estancias veraniegas en los alrededores de la ciudad. «El paisaje plano, suave y uniforme de Dinamarca lo trata con la misma soledad de las vistas urbanas, con algunos árboles y planos superpuestos y un sutil rastro humano en caminos y construcciones.

Vilhelm Hammershøi. ‘Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol’. Strandgade 30, 1900. Ordrupgaard, Copenhagen.
Foto: © Anders Sune Berg
Finalmente, en 1908 Hammershøi retoma «el estudio de la figura humana en grandes formatos a través de desnudos a tamaño natural, depurados y fríos marcos arquitectónicos o en composiciones íntimas, donde explora una representación más dinámica del cuerpo». Y después de casi quince años sin autorretratarse, en 1911 abordó su condición de pintor y se pinta pincel en mano, mirando al espectador. Hasta su muerte en 1916.
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