Una venta que Victoria, hija única del matrimonio que formaron entre 1960 y 1968 Doris y el actor Yul Brynner, ha concebido como una suerte de homenaje a la figura de su madre. “Creo que ella se lo merecía. Por todo lo que hizo y representó, y por dejar un recuerdo duradero para el mundo, además de un legado para nuestra familia”, confiesa emocionada la consultora del sector del lujo, testigo privilegiado de la edad de oro de Hollywood y de la alta sociedad internacional. De un tiempo que ya fue en el que las estrellas de cine como su padre y sus amigos, entre los que se contaban Elizabeth Taylor o Frank Sinatra, se divertían entre rodaje y rodaje ajenos a los modernos paparazzi armados con la cámara de un teléfono móvil. “Así es”, constata Brynner. “La vida era mucho más sencilla, sin tantos ojos a su alrededor, con la posibilidad de disfrutar de su privacidad y de un glamour de puertas para adentro”, añade.

El matrimonio Brynner en una instantnea del verano de 1960.

El matrimonio Brynner en una instantánea del verano de 1960.

ullstein bild Dtl./Getty Images

Brynner, que en aquella fiesta en Madrid respondió en un castellano perfecto a los miembros del equipo que le acosaron con preguntas sobre su identidad, creció en Chile y aterrizó en París a finales de los años 50. La mejor época, según contaba ella misma, para vivir en la capital francesa. «Era todo tan libre, tan despreocupado», declaró a la revista W en 1998. «Con un vestido negro y un suéter podías ir a cualquier parte, y a nadie le importaba». Allí, y bajo el ala de su pigmalión, su compatriota el coleccionista de arte Arturo José Lopez Willshaw, pronto captó la atención de las jefas de cabina de las maisons de alta costura, que la empezaron a demandar como maniquí. Françoise de Langlade, de Vogue Francia, le consiguió una entrevista con Mademoiselle Chanel para un puesto de modelo de la casa. «Tenía unos pechos fantásticos, el pelo hasta la cintura y una cintura diminuta», dijo Brynner. Coco en cambio pretendía disimular sus curvas y cortarle el pelo a lo garçon, así que Brynner salió corriendo de la rue Cambon y no paró hasta llegar a la maison de Pierre Cardin, cuenta Natasha A. Fraser a propósito de la subasta en Sotheby’s, en un extenso perfil sobre la socialite en el que, naturalmente, relata su flechazo con Yul Brynner en 1958 y su boda, dos años después, en México, en un descanso del rodaje de Los siete magníficos.