Y tuvo calambres y vómitos. Y sufrimiento físico e inquietudes. Y nervios y un rival excelso al otro lado de la red, pero miró a su nuevo entrenador, Samuel López, y lo confirmó: lo voy a hacer. Así se presentará Carlos Alcaraz en la … final del Abierto de Australia, con todo en contra durante casi dos horas de partido, pero con un factor a favor: su creencia infinita e inagotable en sí mismo. Antes, con Juan Carlos Ferrero guiando su carrera; y ahora, con López y el resto del nuevo equipo en una esquina de la pista australiana.

«Es uno de los partidos más exigentes que he tenido en mi corta carrera. Pero, sinceramente, no me he visto muerto en ningún momento. Siempre he confiado en que iba a poder volver. Cosas peores he remontado», acertaba a explicar cómo había pasado de dominar la semifinal ante Alexander Zverev, a padecer los colmillos de los calambres —aunque señaló que había sentido algo muscular en el abductor, porque no se puede pedir asistencia médica por calambres, lo que enfureció a Zverev—, a sufrir al alemán en su versión más completa que se le recuerda, y a levantarse de todo aquello para jugar su octava final de Grand Slam, con 22 años. Es el más joven en lograr pisar las cuatro en una lista en la que están: Rod Laver, Ken Rosewall, Stefan Edberg, Ivan Lendl, Jim Courier, Andre Agassi, Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Andy Murray y Jannik Sinner.

Es así este ‘nuevo’ Alcaraz que, ahora como antes, se abona a estos partidos inverosímiles de los que dejan huella en todos sus protagonistas: él mismo, porque aumenta su poderosa confianza de una vez para otra; el rival, porque sufre la desesperación de rozar la perfección y aun así irse de vacío; los espectadores, porque sienten que han vivido otro momento mágico del murciano y que todavía no está todo contado con él.

Fueron unos calambres en la semifinal de Roland Garros 2023 de los que aprendió. Fue una bola de partido en contra en los cuartos del US Open 2022 ante Sinner; fue un set y a un punto de dos sets abajo en la final de Wimbledon 2024 ante Djokovic; fueron tres pelotas de partido en la final de Roland Garros 2025 ante Sinner, cuando Alcaraz se giró a Juan Carlos Ferrero y asintió con la cabeza: «Voy a hacerlo». Es una pierna y un cuerpo solidificados, una mentalidad que duda, es no aprovechar hasta cinco opciones de rotura cuando ya empieza el físico a responder. Pero se giró a Samuel López y asintió: «Lo voy a hacer». Otra vez. Así se construye este ‘nuevo’ Alcaraz lleno talento, recursos, sonrisas, tenis, magia: creer, creer y creer.

Un Alcaraz que, cerrado ya el capítulo Ferrero, ha alcanzado la madurez, el equilibrio, la paciencia, la balanza entre lo que quiere y lo que debe, las sonrisas y las bromas en el palco con López, el abrazo fuera, el refugio en todas partes. «Aguanta que esto se pasa. Si fuera fácil estaría yo ahí jugando, Carlos. Llevamos dos sets arriba», le llegaba desde el palco. Ánimos. Como en otros encuentros han sido bromas, frases que quizá no dicen nada, pero «sacan una sonrisa» —explica Alcaraz—en el momento oportuno para quitar presión y meter juego y diversión, donde mejor se mueve el murciano. Línea continuista y de confianza, con quien lo ha visto crecer y evolucionar y le deja ahora expandirse entre lo que quiere y lo que desea.

Tuvo que trabajarla en un primer set de respeto y contención. Sin derecha definitiva, apela al revés cruzado y a la seguridad en su saque hasta que encuentre mejores recursos. Apunta a la debilidad del alemán, morder poco a poco porque en el debate del set se atrapará él solo: con 5-4 y saque, Zverev concede el set con una doble falta. Incluso con 5-2 arriba en el segundo set, saben ambos de qué lado caerá. Toda la confianza que le falta a uno le sobra el otro, una constante que se ha repetido en el pasado, lo hace en ese set y lo hará al final del choque: del 2-5 al 6-5, y al ‘tie break’, donde el español encuentra por fin la derecha. Bum. 2-0.

Y entonces, el tenis, la vida. «Ha habido muchos nervios. Tengo que intentar jugar menos tenso, más fluido y más suelto», explica así el motivo de ese vomitar en la toalla y de ese pinchazo en el abductor de la pierna derecha para intentar camuflar los calambres que lo harán prisionero la siguiente hora de juego. Sin apoyos ni saque, pone en funcionamiento su talento natural: mano privilegiada para sacar el yunque o la varita y que la pelota vaya donde quiere para sumar juegos en seco y hacer temblar al rival. ¿Podrá ganar a medio gas y cojo? A dos puntos está.

Achica distancias el alemán, claro, (2-2) que emerge en todo su potencial. Para el quinto set, el mejor Zverev, y el mejor Alcaraz. «Nos hemos llevado al límite físicamente y el nivel ha sido muy muy alto. He tenido varias opciones de ‘break’ que he aprovechado y me ha generado un poco de inquietud, pero también me hacía creer que en cualquier momento podía llegar», subraya lo que le ha hecho ganar esta vez, y en aquel US Open, y en aquel Wimbledon y en aquel Roland Garros: «Odio darme por vencido. Cada segundo de sufrimiento más, de intentarlo un poco más merece la pena. El cuerpo puede aguantar si tu mente tiene las ideas claras. Con una mentalidad clara y optimismo, puede que no salgan las cosas en los primeros quince minutos, pero si sigues intentándolo al final llegan las cosas». Creer, creer y creer.

Y en pleno sufrimiento, recibir un soplo de aire fresco vivificador en forma de broma. Así, cuando ejecutaba la prodigiosa remontada del segundo set, en un momento de máxima tensión, con 5-5 en el marcador, Alcaraz y su banquillo mostraron al mundo su buena y alegre sintonía. Carlos, al resto, realizó una dejada en una curiosa postura que, tras el fallo de Zverev, le valió para adjudicarse el punto. Samu López, guasón desde su esquina, comparó aquel gesto con el swing del tenista murciano en golf. Y le tiró una divertida pullita: «A los domingueros también se lo he visto hacer».