Hasta el 8 de marzo, el Palacio Barberini alberga un diálogo entre dos retratos fascinantes de Giorgione.
El Palacio Barberini fue la fortaleza de una familia que grabó su escudo de tres abejas en cada centímetro de mármol para recordarle a Dios y a los hombres quién mandaba en Roma. Allí vivió Maffeo Barberini, alias el Papa Urbano VIII, un hombre que no solo gestionaba las llaves del cielo, sino que sabía de sobra que para ser eterno no bastaba con rezar; había que poseer lo bello. Pero hoy, entre sus numerosas obras de arte, son dos cuadros, que están de paso, los que se han adueñado de este antiguo edificio.
El primero es Retrato de un joven (Antonio Brocardo). Un ejercicio de introspección psicológica, una obra que rompió con los cánones establecidos porque mostró a un noble que no estaba presumiendo de estatus, sino enfrentándose a su propia existencia. A diferencia de los retratos anteriores del Renacimiento, Brocardo parece estar sumido en sus pensamientos internos. Sus ojos, grandes y húmedos, no miran directamente al espectador ni a un objeto concreto. Tampoco hay líneas de contorno duras. El rostro parece emerger de la sombra.
Si Brocardo es una lección de reflexión individual, Doble retrato (Dos amigos) es un estudio sobre la complejidad de las relaciones entre personas. Aquí dos hombres se hallan en una penumbra densa, atrapados en un silencio que pesa. No hablan, no se miran; simplemente están ahí, en una habitación donde el aire está cargado de sospecha.
Ver estos dos cuadros juntos es una oportunidad para descifrar a Giorgione, uno de los artistas más esquivos de la historia del arte, con muy pocas piezas atribuidas con certeza. Tanto en el joven de Budapest como en la pareja de Roma, los ojos parecen sugerir que la verdadera acción ocurre dentro de sus cabezas. Existe un mutismo deliberado. No hay gestos, no hay charlas de bar. Solo una luz que nace de la sombra.
La vida de Giorgione es una de las más fugaces que se conoce. Murió en 1510, con apenas 32 años, en el punto álgido de su carrera y a causa de la peste bubónica que asoló Venecia. Aunque solo se le atribuyen unas pocas obras —menos de una docena según algunos críticos—, dejó algunas joyas como la Venus dormida que tuvo que terminar Tiziano y que, lamentablemente, no se encuentra en esta muestra.
La colección permanente
Más allá de Giorgione, el Palacio Barberini alberga una espectacular colección permanente. El Narciso de Caravaggio es el testimonio de un suicidio psíquico. Un chico atrapado en un círculo perfecto de autodestrucción, enamorado de una mancha de luz en un charco, hundiéndose en una oscuridad donde no existe nada más que él mismo. No hay paisaje, no hay contexto, solo un abismo.
Muy cerca está La Fornarina de Rafael, que es todo lo contrario; es carne y deseo. El pintor retrató a su amante, Margherita Luti, con una sensualidad que todavía quema el lienzo. Elogio a la Pintura de Gentileschi es otro acto de reivindicación. Artemisia se autorretrata en pleno acto creativo, mirando al espectador con la firmeza de quien ha conquistado su lugar en la historia. No se pinta como una musa pasiva, sino como una trabajadora. Esta obra es fundamental para entender el Barroco desde una perspectiva femenina.
El estremecedor lienzo de Judit y Holofernes de Caravaggio, que ha permanecido fuera desde septiembre de 2025 debido a un préstamo temporal al Kimbell Art Museum de Texas, ha vuelto al Bernini a finales de este mes de enero. Lo que te hace pensar en la fragilidad de todo esto: un Papa compra obras de arte y levanta un palacio para que su apellido viva eternamente, pero al final, hasta lo más grande puede acabar facturado como equipaje y enviado a la otra punta del mundo.