Seis años después de que el mundo se parase en seco por la covid-19, que dejó cerca de 15 millones de muertos según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el miedo al fantasma de una nueva pandemia vuelve a sobrevolar el planeta. En este caso, el foco está puesto en el mortífero virus nipah, un patógeno que puede causar la muerte y sobre el que no hay tratamiento ni vacuna.
La primera voz de alarma la dieron a mediados de enero las autoridades sanitarias de la India, cuando detectaron un primer brote a dos enfermeros en Calcuta y obligaron a poner bajo vigilancia a 190 personas por haber estado en contacto con las infectados. Desde entonces, distintos países asiáticos están vigilantes ante posibles manifestaciones de esta letal enfermedad.
El nipah es un patógeno zoonótico que se transmite de animales a humanos, principalmente a través de murciélagos o cerdos, así como por la ingesta de alimentos contaminados o directamente entre personas.
Si la mala noticia es la letalidad observada en este virus, que mata al 40 por ciento de los infectados y supera en ocasiones el 75 por ciento, la buena es que, siendo 40 veces más mortífero que el coronavirus -antes de las vacunas-, este último es 40 veces más contagioso.
No obstante, la OMS envía un mensaje de tranquilidad al considerar que la expansión del patógeno es baja y que el contagio entre humanos no es fácil y requiere de un contacto cercano y prolongado.
La infección provoca desde cuadros asintomáticos, como sucedía también con el SARS-CoV-2, hasta enfermedades respiratorias agudas y encefalitis mortal. Los primeros síntomas tardan entre cuatro y 14 días en manifestarse y son parecidos a los de una gripe severa. A partir de entonces, la recaída es rápida, con dificultad para respirar y la aparición de encefalitis.
Contraerlo es jugarse la vida, a la luz de los distintos brotes que se han sucedido desde que fuera identificado en 1999 en el pueblo malasio de Sungai Nipah, a medio camino entre Kuala Lumpur y Malaca.
En realidad, el brote había surgido ya en 1998 en Ipoh (Malasia), pero esta ciudad evitó el estigma porque se creyó que se trataba de encefalitis japonesa.
En Sungai Nipah, un científico descubrió que la causa de la enfermedad era un patógeno que convive desde siempre con varias especies de grandes murciélagos diurnos del sudeste asiático -y del subcontinente indio- conocidos también como zorros voladores. La destrucción del hábitat natural de esta especie, que se alimenta de fruta, les llevó a depender cada vez más de los huertos de zonas habitadas. Esto, aparentemente, entrañaba un riesgo pequeño, aunque ahora se sabe que basta una fruta sin lavar mordida por ellos para contagiarse.
En consecuencia, el microbio pasó de estos mamíferos a los árboles frutales y a la fruta mordida, y a su vez acabó transfiriéndose a los cerdos y a los humanos.
Desde entonces, siempre se han observado brotes en esta región de Asia, generalmente con algunas decenas de víctimas, sobre todo en la India y Bangladés. En contraposición, nunca se han registrado infecciones en Europa, América o África, donde no está presente el murciélago portador.
Inquietud en la región
Este nuevo brote en Calcuta ha hecho saltar las alarmas ya no solo en la India sino en el resto de países de su entorno ante el miedo de que pueda provocar la próxima gran pandemia. Por eso, la mayoría de estos territorios ya han empezado a tomar decisiones al respecto y han implantado controles adicionales en sus fronteras, con medidas como comprobaciones de temperatura y cribados.
En este contexto, Tailandia se ha tomado muy en serio el virus y ya ha implementado medidas de control sanitario en sus aeropuertos con vigilancias en las llegadas e inspecciones en los hospitales. Lo mismo sucede en Bangladés, Vietnam y Malasia. La alarma sanitaria también se está siguiendo con atención en China, traumatizada por el rigor de los confinamientos de la covid y preocupada por su relativa cercanía a este y otros focos observados en el pasado.
Aunque la OMS mantiene la cautela, sobre todo en esta zona del planeta, y cataloga el nipah en el nivel de máxima peligrosidad, junto al ébola, estima que el riesgo de propagación es escaso dado los antecedentes previos de esta enfermedad en las últimas décadas.