Carlos Alcaraz ya ha puesto su bandera en las cuatro mayores montañas del tenis. Melbourne, París, Londres y Nueva York tienen en su cima … el nombre del tenista más joven en conquistar los cuatro Grand Slam. Era su objetivo desde hace meses, quería apostarlo todo a este torneo, asegurando incluso que prefería ganar en Australia a los otros tres ‘majors’. Entre ceja y ceja se imaginaba levantando la copa Norman Brooks y no hay nada más imparable que un Alcaraz ambicioso y hambriento.
La victoria ante Novak Djokovic (2-6, 6-2, 6-3 y 7-5) culmina dos semanas de persecución de la propia historia. Rompe el récord de Rafael Nadal, que completó los cuatro Grand Slams con 24 años -Alcaraz tiene 22-, impide a Djokovic sumar el 25 y el español se iguala con Mats Wilander y John McEnroe con siete grandes títulos. Alcaraz es el mejor tenista del mundo, con diferencia, y está ya en la conversación de ser uno de los mejores diez de toda la historia. Es cuestión de tiempo que llegue a las cotas de Djokovic, Nadal y Roger Federer.
Su ascensión meteórica ha sido superada con una consagración incluso más meritoria. Nada queda ya del Alcaraz que sucumbía a la presión de tener enfrente a Djokovic. El serbio, tácticamente más concienciado para el partido, tuvo un arranque meritorio, rozando lo fantástico. Con el mismo grado de agresividad con el que sorprendió a Jannik Sinner, el balcánico noqueó a Alcaraz durante media hora y le obligó a buscar soluciones.
Con el primer set ganado, parte indispensable del plan de Djokovic, que no quería otra batalla de más de cuatro horas, el serbio se topó con el cambio de paradigma de Alcaraz, que empezó a desfondarle con la derecha cruzada. En lugar de tratar de quebrarle con el paralelo, el golpe más letal del tenis, buscó hacerle sudar y correr cruzando más la derecha.
La camiseta verde del balcánico se fue oscureciendo por el sudor, signo de que la humedad y su rival estaban empezando a hacer efecto. Ni siquiera la ventaja de estar jugando con el techo cerrado le permitía nivelar la experiencia. Cuando Alcaraz igualó con la captura del segundo set, el murciano se lo reprochó al supervisor del torneo. No había una explicación lógica para que la final se jugara en las mejores condiciones para el serbio. La organización explicó que llovía en una área cercana y cerrar la pista era una forma de cubrirse las espaldas y ahorrar tiempo en caso de que el chaparrón llegar a Melbourne.
Alcaraz lo aceptó -no le quedaba otra- y continuó martilleando la elasticidad de Djokovic a la vez que despertaba los aplausos y la cara de aprobación de un Rafael Nadal que recibió este domingo un homenaje en el torneo y que disfrutó de la final desde el palco de honor.
A Djokovic cada vez le quedaban menos fuerzas para aplaudir y reconocer las maravillas del tenis del español, que volaba por la pista devolviendo pelotas imposibles, sorprendiendo con dejadas y obligando al serbio a un nivel de precisión quirúrgica para arañar algún punto.
182 minutos
Simplemente Djokovic lo estaba asumiendo. Su mejor oportunidad para ganar otro gran título se escapaba. Quizás nunca lo vuelva a tener tan cerca, como nunca volvió a oler el ‘Career Grand Slam’ (ganar los cuatro Grandes en un año) tras la derrota contra Daniil Medvedev en el US Open 2021- y con unas condiciones tan favorables, después de un esfuerzo mínimo en octavos y cuartos por las retiradas de sus rivales y tras dejar fuera de combate a Sinner. Ganar a los dos mejores del mundo de forma consecutiva es demasiado para él a sus 38 años, 39 en mayo.
Y Alcaraz no tiene piedad. No la tuvo en Wimbledon hace tres años y en el mismo escenario un curso después. Le encanta coquetear con la historia y sumar récords propios al tiempo que se los arrebata a esos con los que pretende competir como el mejor de todos los tiempos. En estos partidos en los que la historia está en juego, es superior. El nivel de necesidad de triunfo para Djokovic era parecido al de la final de los Juegos Olímpicos en París, pero esta vez no brilló como aquel día.
Cuando el reloj marcaba las tres horas y dos minutos, Djokovic mandó demasiado largo una derecha y Alcaraz se fundió con el cemento de Melbourne con las manos en la cabeza. El serbio cruzó la pista, con una sonrisa en la cara, consciente de lo inevitable, y concedió el merecido triunfo a su rival, que se marchó a abrazarse con su equipo entre lágrimas.