La llegada a los cines de ‘Send Help’ no se parece al estreno rutinario de un thriller de supervivencia más dentro del calendario de invierno, sino al desembarco de una película incómoda, física y moralmente áspera, de esas que obligan al espectador a recolocarse … en la butaca varias veces y que, sin necesidad de proclamarlo en voz alta, advierten desde el primer acto de que no se han concebido para estómagos frágiles ni para quienes buscan un entretenimiento pulcro y sin manchas, porque aquí hay sangre, barro, sudor, insectos, vómitos y decisiones éticas que se pudren a la misma velocidad que la ropa de sus protagonistas.

Dirigida por Sam Raimi y producida por 20th Century Studios, la película, que se estrenó este 30 de enero, parte de una premisa deliberadamente sencilla: dos compañeros de trabajo sobreviven a un accidente aéreo y quedan atrapados en una isla desierta, sin ayuda, sin jerarquías corporativas, sin testigos. Lo que podría leerse como un relato clásico de cooperación y superación pronto deriva hacia otra cuestión, más turbia, porque esos dos supervivientes no llegan a la arena, en sentido literal y literario, como desconocidos, sino como enemigos íntimos formados en la violencia blanda de la oficina.

Linda Liddle, a quien interpreta Rachel McAdams, es una ejecutiva competente, estudiosa, excéntrica a ojos de sus compañeros y sistemáticamente infravalorada; Bradley Preston, encarnado por Dylan O’Brien, es el nuevo jefe, heredero de la empresa familiar, encantador en público y cruel en privado, un hombre acostumbrado a mandar sin saber hacer. El choque entre ambos no nace en la isla, sino mucho antes.

Raimi, que ha construido su carrera en esa frontera porosa entre la comedia negra y el horror, reconoce que no le interesaba únicamente inquietar la mente del público, sino provocar una reacción más visceral. «Sí», responde sin rodeos a ABC cuando se le pregunta si disfruta de que la audiencia se sienta incómoda físicamente. Y enseguida explica que, en parte, «esto tiene que ver con nuestro héroe y tu identificación con él o ella» y explica, sin hacer spoiler, que «todos hemos tenido un jefe malo. Todos hemos estado un poco rotos en el trabajo», lo que despierta una especie de deseo de justicia que el espectador reconoce como propio. Lo que Raimi hace después consiste en dinamitar esa comodidad, cambiar las reglas. Linda sabe encender fuego, improvisar refugios, orientarse. Durante un tramo, la historia se vive como una fantasía de liberación. «Ella puede convertirse en lo que quiera, sin ser atrapada por la jerarquía del mundo del negocio».

Sin embargo, Raimi insiste en que ese crecimiento no equivale a redención. «Durante el filme, la identificación de la audiencia se cambia de vuelta un par de veces», explica, aunque quizá unas cuantas más. «Piensas: Oh, ¿a quién estoy apoyando ahora?’». La pregunta, formulada casi con humor, funciona como síntesis del malestar que ‘Send Help’ persigue con método.

Y es que esa incomodidad no se queda en el terreno abstracto. El rodaje, según relatan sus protagonistas, fue físicamente exigente, con calor extremo, arena abrasadora y jornadas largas a la intemperie en Tailandia. McAdams lo recuerda con una mezcla de cansancio, alegría y entusiasmo: «Tuve días muy duros. La playa estaba muy caliente y esas condiciones pueden ser muy duras y freír el cerebro». Aun así, lejos de quejarse, vincula esa dureza con la esencia misma del proyecto. «Me siento atraída por ese sentimiento de estar incómoda mirando… cuando un filme puede alinear esas sensaciones complicadas en ti y estás como ‘espera, ¿cómo me siento por dentro?’». En su opinión, a veces creemos que entendemos el «comportamiento humano» pero luego llegan preguntas, como en este filme, que hacen que esa sensación cambie.

La actriz habla de una experiencia muy dinámica en la sala, de esas en las que el público reacciona con risas nerviosas y manos tapando los ojos en la misma escena, una mezcla que ella misma reconoce como parte del ADN del género. «Siento que la risa y el miedo son muy similares», dice. «Yo río cuando me siento incómoda».

O’Brien coincide en el tono general del rodaje y en la libertad creativa que Raimi les concedió como intérpretes. «Hubo mucha libertad. Sam está súperabierto a tus ideas… cada escena creo que evolucionaba a algo más». El resultado, según el actor, fue un set donde el guión servía de base sólida, pero donde siempre había margen para probar, ajustar y tensar la cuerda un poco más.

Humor vs. Brutalidad

También subraya la dimensión lúdica del director, algo que ayudó a aliviar la presión de una historia tan física. «Sam es muy divertido, ama el humor, es un maestro en eso», una ligereza que contrasta con la brutalidad de algunas secuencias llenas de sangre y violencia, donde se muestra el sufrimiento con una aspereza casi artesanal que al mismo tiempo provoca risa.

El propio Raimi describe su método de trabajo como un proceso minucioso que comienza mucho antes de pisar el set. «Empiezo trabajando con los escritores, luego dibujo una historia en cada cuadro, imágenes de cada momento del filme», un ‘storyboard’ exhaustivo que no busca encorsetar, sino obligarlo a preguntarse constantemente «¿por qué tenemos esta película?, ¿por qué necesito mostrar esto?». Después llegan los ensayos y el diálogo con los actores, quienes realmente «van a vivir el personaje» y, por tanto, quienes llevan al final a la pantalla lo que resulta verdadero.

La música original, compuesta por Danny Elfman, acompaña esa oscilación entre lo grotesco y lo íntimo, entre la broma macabra y el gore más puro. Raimi, McAdams y O’Brien no prometen comodidad. Prometen fricción. Y cumplen.