Martes, 3 de febrero 2026, 00:23
Pablo Ruiz Picasso nunca fue a África. Lo más cerca del vecino continente que estuvo fue cuando lo miraba a través del Mediterráneo en su infancia malagueña. Sin embargo, en 1907, cuando residía en París, se encontró con África en el Museo del Trocadero. La cultura y el arte africano le transformaron hasta tal punto que incluso, dentro de su obra, hay un periodo catalogado como ‘africano’. El Instituto de América de Santa Fe ha conseguido rizar el rizo, recreando esa conexión con dos elementos de primer nivel. Por un lado, la puesta de largo de un ejemplar completo, recién adquirido por el consistorio, de la ‘Suite Vollard’ en su edición litográfica de 1956, la primera aprobada por Picasso en vida tras la original de 100 grabados al aguafuerte creada entre 1930 y 1937, impresa en el taller Lacourière-Frélaut, formada por 303 series, la mayoría de ellas dispersadas, y de las cuales solo existen tres completas en España, como afirma Juan Antonio Jiménez Villafranca, director del Instituto. Una pertenece a la Fundación ICO –se exhibirá, por cierto, en una muestra especial a partir del 13 de febrero y hasta julio en Madrid–, otra en la Fundación Mapfre y una tercera en la Fundación Bancaja. Una de esas láminas originales se valora en casas como Sotheby’s o Christie’s en torno a 250.000 dólares y la suite completa en 25 millones.
«La amistad de Picasso con los ‘fauves’, Matisse, Derain y Vlaminck, este último un gran coleccionista de arte africano, le llevó a buscar las conexiones con el arte, sobre todo a partir de la visión que tuvo en Gósol, la cual le impulsó a cambiar el paradigma del arte occidental, volviendo la vista hacia lo ibérico, lo románico y lo africano», afirma el director. El objetivo de esta exposición es, pues, confrontar estas dos realidades. La dimensión africana de la muestra, que subraya la inspiración del pintor malagueño, comenzó a fraguarse hace dos años, cuando el artista José Luis Román trajo su obra al Instituto. Fue él quien habló a Jiménez Villafranca de la colección de Mamadou Marema Diop, uno de los mayores vendedores, coleccionistas y anticuarios del mundo en el arte del vecino continente, poseedor de una de las mejores colecciones europeas. «Diop ha permitido la entrada del arte africano en colecciones de grandes museos, y las piezas que exhibimos es arte de los siglos XIX y primera mitad del XX. Muchas de ellas forman parte de su acervo personal», asegura. Además, algunas de las piezas ya formaron parte de una muestra organizada en el Museo Picasso de Málaga, comisariada por Eugenio Carmona, en torno al ‘Cuaderno 7’, conservado en la casa natal del artista, donde aparecen por primera vez las cabezas de ‘Las señoritas de Avignon’, muy conectadas con el arte africano.

En el centro, el coleccionista y su familia, rodeado de autoridades y amigos en el acto de inauguración.
INSTITUTO DE AMÉRICA

Jiménez Villafranca pone el acento en la importancia de que las piezas hayan llegado a nuestros días. «Las condiciones climáticas de la selva centroafricana, de donde provienen las obras, son extremas. Además, no son piezas decorativas, sino que se utilizan en diversas manifestaciones y exhibiciones similares a nuestras procesiones de Semana Santa, donde se pasean las esculturas y las máscaras se utilizan para danzar con ellas puestas», comenta. Cada una de ellas tiene una utilidad en las creencias autóctonas: unas sirven para curar enfermedades, otras forman parte de los ritos iniciáticos que van de la infancia a la pubertad, y otras se usan para demostrar poder.
Cambio en la figura
El director del Instituto de América afirma que el descubrimiento del arte africano cambia la concepción de la figura humana en Picasso. Por un lado, con la monumentalidad de las cabezas esculpidas, y por otro, con la simplificación de los volúmenes, la cual remite a la rotundidad de las tallas. La dimensión simbólica del minotauro y del hombre–animal encarna la fusión entre los instintos primarios, el erotismo y la violencia, algo que, arraigado en la iconografía grecolatina, dialoga con el principio de transformación y transfiguración que caracteriza el arte africano. «La presencia del minotauro une la huella clásica con la herencia del primitivismo», destaca.

Fetiche y algunos grabados de la ‘Suite Vollard’.
J. A. M.

Una visita a la exposición pone de manifiesto, además, que Picasso no fue el único artista ‘hechizado’ e influido plásticamente por el arte africano. Hay máscaras que recuerdan las caras de Modigliani, por ejemplo. Por lo demás, es un ejercicio más que interesante descubrir en un altar de poblado de las Islas Bissagos (Guinea Bissau), la influencia de las vírgenes románicas, o las delicadas pátinas doradas de las figuras Ashanti de Ghana. Tampoco hay que pasar por alto el hecho de que muchas de las máscaras están adornadas con pelo natural, liso o trenzado, humano o de mono. O que algunos objetos, como el fetiche Turka de Burkina Fasso que se exhibe en una de las vitrinas, realizado por alambre, cuerdas, couries y pelo animal, ha sido usado en los rituales más ancestrales de aquellas tierras. De lo grande a lo pequeño, de lo sencillo a lo más elaborado, hay representadas obras de una decena de países africanos, las cuales ofrecen un testimonio cultural de alto nivel.
Reporta un error
Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Volver a intentar
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Este contenido es exclusivo para suscriptores
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión
