En Bilbao, algunos artistas urbanos dejan su huella en persianas, murales y paredes, transformando espacios con color y creatividad. Eriko, conocido como Okiman, es … uno de ellos. Empezó a hacer grafitis en 1997, cuando todavía iba al instituto y la cultura urbana apenas se veía en la calle. «Entonces no había casi nada: ni referencias ni internet; aprendías hablando con la gente, viajando y a base de ensayo y error», recuerda. En zonas como Arrigorriaga, donde él creció, apenas se veían murales, mientras que en la Margen Derecha el grafiti comenzaba tímidamente a asomar. Sus primeras pintadas fueron simples firmas. «Recuerdo perfectamente que la primera que hice fue mi nombre en una pared, en mi pueblo de Burgos». Con el tiempo, se fue rodeando de otros grafiteros, aprendiendo de ellos y perfeccionando su técnica. «Te juntas con gente, ves lo que hacen, flipas y aprendes. No es un camino recto: vas probando, equivocándote y volviendo a probar», asegura.

Durante muchos años, el grafiti fue para él una pasión que convivía con otros trabajos. En Bilbao pasó por empleos industriales, como soldador y tornero, mientras seguía pintando en la calle siempre que podía. «He hecho un montón de curros, pero siempre tenía la cabeza en lo mismo», explica. Hubo épocas en las que lo dejó, pero nunca se desligó del todo. El punto de inflexión llegó tras mudarse a Canarias en 2011. «Trabajé de comercial y hacía también algún encargo. Después, como no encontraba trabajo, apliqué todo lo que había aprendido en ventas para vender mi arte». Así empezó a profesionalizar algo que hasta entonces había sido puro placer. «Todo el mundo aprende así, pintando en la calle o en una fábrica abandonada. Después, cuando das la cara y alguien confía en ti, empiezas a tomártelo en serio de verdad», señala.

Hoy, con 44 años, Eriko se mueve entre Canarias y Bilbao, pintando persianas, murales y paredes del País Vasco con spray. Su huella se nota en barrios como Santutxu, Uribarri y el centro de la ciudad, en negocios de todo tipo: fruterías, tiendas de móviles o locales de hostelería. «Las primeras persianas que trabajé aquí fueron las de Fruterías Zelaia; y como tienen muchas y en distintas ubicaciones me dieron mucha visibilidad», afirma. Entre sus últimos trabajos, destaca un mural arquitectónico para una promotora inmobiliaria en la entrada de Bilbao, junto al puente de La Salve, cerca del Guggenheim.

Un museo al aire libre

A menudo, mientras trabaja, la gente se detiene a mirar. «Algunos llaman a la policía pensando que es una gamberrada, pero lo habitual es que se acerquen para felicitarte y decirte que les alegra ver color y alegría. Un grafiti puede cambiar por completo la percepción de un barrio; se convierte en un museo al aire libre», explica. Antes de ponerse a pintar, Eriko mantiene una conversación previa con el cliente: «Primero pido las medidas exactas y luego hablamos de lo que quiere representar». El precio se calcula por metro cuadrado y depende también de la complejidad o la superficie a trabajar, pero hay algo que para él es clave: «Lo más importante es el feeling, que haya conexión y confianza mutua».

A partir de las ideas del cliente, Eriko crea su propia interpretación. «La magia está en darle forma a lo que el otro tiene en la cabeza, aunque al final siempre lo llevo un poco a mi terreno», confiesa entre risas. Su estilo es marcadamente grafitero, con letras y dibujos reconocibles. Antes de pintar, presenta bocetos y referencias de trabajos anteriores, que también comparte en Instagram, donde suma casi 4.000 seguidores. «Ahora, con la IA, cualquiera puede hacer un boceto, pero yo prefiero enseñar trabajos reales, lo que ya he hecho». Utiliza herramientas digitales para mostrar cómo quedará la persiana o el mural, pero el resultado final siempre es spray en mano y suele tardar entre tres y cuatro horas in situ. Además de encargos comerciales, Eriko pinta habitaciones infantiles, espacios educativos, cuadros y camisetas. «Disfruto mucho con las habitaciones infantiles. Hace poco hice un mural inspirado en el espacio, con cohetes y astronautas, para dos chavales de Barakaldo. Ver sus caras de sorpresa y alucine cuando lo ven terminado es de las mejores sensaciones que puedo tener», concluye.