Cuando Augusto Ferrer Dalmau empezó a convertirse en pintor de batallas —conforme al título con el que le bautizaría el escritor Arturo Pérez Reverte— prácticamente nadie se dedicaba a esa temática en España. A comienzos del XXI casi había desaparecido el recuerdo de José Cusachs, su predecesor más destacado, que llevaba un siglo muerto. Y, sin embargo, los cuadros de Ferrer Dalmau gustaron desde el principio, y demostraron que había un camino para reconectar la historia del país con el sentir popular.
«Cuando yo empecé a interesarme más por la historia de España, descubrí que no teníamos imágenes para ilustrarla», explica el artista, que acaba de inaugurar en Valladolid la más importante exposición sobre su obra de la última década. «Gracias a Hollywood lo sabíamos todo de la historia norteamericana, pero cuando intentaba imaginarme cómo serían los protagonistas de la nuestra, cómo vestirían, cómo serían los escenarios, siempre me equivocaba. Sin imágenes, cuesta mucho conocer la historia». Y él decidió remediar esa carencia y convertirse en el pintor que pondría rostros, gestos e imágenes a las grandes gestas de la historia de España, pero también a sus grandes derrotas.
«A la gente le gusta mucho conocer su pasado y sentirse orgulloso. Me parece necesario. Hemos sido importantes y hemos sufrido muchísimo para llegar hasta aquí. Podríamos haber desaparecido en muchas ocasiones, pero seguimos, siempre peleándonos entre nosotros, pero en el mismo barco».
Gracias a su técnica y su capacidad expresiva, Ferrer Dalmau convirtió muy pronto su firma en una marca de éxito. También en una garantía de rigor. Quien contempla cuadros como los que pueden verse en la Sala de las Francesas de Valladolid, sabe que todos los detalles son como deben ser porque han sido contrastados con expertos en la materia: las armas, las enseñas, las vestimentas, lo que se cuenta… hasta el barro y el polvo del camino seguramente fueron muy parecidos a los que él pinta.
Y sobre esa base de realidad inapelable se superponen una serie riquísima de gestos y de rostros que aportan sentimiento y emoción a la recreación histórica. «Augusto ha estado en zonas de guerra en siete ocasiones y con distintos ejércitos, como un soldado más. Conoce la guerra, y haberla vivido en primera persona le da una capacidad única para transmitir», explica César Manrique, comisario de la exposición ‘Imágenes de la historia’.
Allí, sobre el terreno bélico, empotrado como uno más y corriendo sus mismos riesgos, Ferrer Dalmau captura sensaciones, olores, colores y gestos que colecciona en un archivo personal que luego utiliza para sus cuadros «porque los hombres no hemos cambiado tanto», explica el pintor. «Tengo que ir a las guerras porque no puedo pintar batallas si no conozco lo que se siente«, comenta el artista, que volverá al frente de alguna contienda militar en cuanto tenga ocasión.
«Siempre estoy buscando rostros, gestos y posturas entre los que se enfrentan a la muerte. Estar en esa situación confiere a las personas una densidad especial. Tienen otras caras, otras miradas, un sentido de alerta constante. Son cosas que me llaman la atención y que luego nutren mis cuadros». Y de este modo puede aparecer el rostro de un soldado español de Irak en una batalla medieval, o el de un militar de Afganistán en una recreación de la masacre del Rif. Aunque probablemente lo más importante es el modo como la atmósfera de la guerra real se cuela en sus cuadros, otorgándoles viveza y una gran paleta de sensaciones y emociones.
En la mayoría de los casos se trata de rostros anónimos, pero no siempre. En el cuadro más importante que puede verse en la exposición de Valladolid ‘La conquista de Orán’, con el cardenal Cisneros de protagonista. Un espectador avezado identificará el rostro del juez Marchena en uno de los soldados que le escoltan. «Es amigo, y me desafió a pintarle en uno de mis cuadros, pero la verdad es que su cara me venía como anillo al dedo», bromea.
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La exposición ‘Imágenes de la historia’, que podrá verse, con entrada libre, hasta el 8 de marzo, está formada por 17 obras originales (incluido el cuadro que ha servido de base para el cartel de la Semana Santa de este año) y 14 reproducciones de alta calidad supervisadas por el autor.
Entre todas ellas se repasan algunos de los episodios más relevantes de la historia de España. Desde la batalla de las Navas de Tolosa (‘La carga de los tres reyes’) a la figura del Cid saludando a un niño (‘El Sidi’), la llegada de Colón a América (‘La primera playa’), la entrada de Hernán Cortés en Tenochtitlan, la primera derrota de los Tercios (‘Rocroi. El último Tercio’), la guerra de la Independencia española (‘La degollá’) o el apoyo español a los colonos americanos frente a Inglaterra (‘Por España y por el Rey: Gálvez en América’). También está presente la división española que luchó junto a los alemanes en Rusia (‘Que en Rusia están’) o las batallas de la guerra del Rif, en el Sáhara, con algunas de las imágenes más dramáticas.
Y las guerras carlistas, por supuesto, uno de sus temas favoritos. «El carlismo es como una tradición familiar, y luego están esos uniformes y boinas, tan bonitos», evoca. «Siempre los que perdemos nos vemos rodeados de una cierta aureola, como ocurre con los sudistas en el western. Pero nosotros no es que perdiéramos una guerra, sino que perdimos tres. Imagina. El carlismo tiene una estética que siempre me ha gustado».
Empezó en la pintura histórica casi en solitario, como un marciano, pero terminó ganándose el respeto de muchos aficionados y convirtiéndose en una figura mayor en su género. «Está considerado el pintor histórico más importante hoy en el ámbito internacional por su gran calidad técnica», explica César Manrique. «Es un gran paisajista, con una gran paleta de colores. Pero, además, es probablemente el mejor pintor de caballos de la historia de España. Es un animal que tiene una gran presencia en su obra». Nuevamente, la exposición vallisoletana permite comprobarlo, con recreaciones de varias cargas y de escenas protagonizadas por personajes a lomos de su montura.
«No, no. Hay grandes pintores ecuestres», se ruboriza el artista al conocer la opinión del comisario. «Lo que pasa es que los caballos me han gustado mucho desde siempre, desde niño. No me cuesta pintarlos, porque los conozco; los he vivido, los he montado… Tuve un accidente de esquí hace unos años y ya no puedo cabalgar, pero tengo un concepto del caballo muy fresco en la mente. Me encanta el olor de los establos», explica.
Todo comenzó en la infancia, podría decirse. Pues de allí viene su gusto por la aventura y por los militares, incluidos los Geiperman con los que jugaba. «Siempre me han gustado las películas de aventuras, del Oeste y de guerra. Leía los tebeos de El capitán Trueno y El Jabato. Siempre me ha gustado esta temática y me divierte pintarla. Pensé que, igual que me gustaba a mí, podría gustar también a otros, y no me equivoqué», explica.
Cuando comenzó, en los primeros años del siglo XXI, todavía quedaban en la sociedad restos de rechazo al Ejército —gran protagonista de la mayoría de sus pinturas, en sus distintas encarnaciones históricas— pero percibe que también eso ha cambiado. «Ya no hay un rechazo a las fuerzas armadas como podía haberlo hace 20 años. Ahora es una institución muy cercana a la población. Cuando ocurre algo, siempre está ahí«.
Opinión
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Nunca tuvo la pretensión de cambiar nada en la historia del arte, pues Ferrer Dalmau se conforma con tener su hueco, en el que puede hacer lo que le gusta. Pero tiene claro que él abandera una visión narrativa del arte. «Tienes que contar algo», asegura. Y eso hace con sus cuadros, contar historias a través de una imagen estática. Escogiendo muy bien los momentos, que no son siempre los más dramáticos, pues a veces las sensaciones se transmiten mejor en situaciones de tránsito o de vida cotidiana.
Pero en los últimos años se ha decidido a crear escuela desde la fundación que lleva su nombre. En parte por prolongar su legado, pero también porque siente que sus fuerzas no son suficientes para la ingente tarea pendiente. Faltan todavía muchas imágenes de episodios destacados de la historia de España por pintar y dos manos son manifiestamente insuficientes para semejante labor.
No obstante, reconoce que fuera del marco de su taller (el segundo del mundo tras el de Grekov ruso) un artista que quiera dedicarse a esta temática no lo tiene fácil. «Es complicado, porque esto no es solo pintura, es un complemento de la Historia. Ponerte a pintar un cuadro y tener que investigar cómo eran las calzas, o el pomo de la espada, requiere mucho esfuerzo. Te tiene que gustar mucho para dedicarte a esto». En el taller lo tienen más fácil: el prestigio del pintor pone a su disposición una legión de historiadores y expertos dispuestos a ayudar.
Y aun así le ha salido a Ferrer Dalmau un discípulo inesperado: el dibujante y humorista del ABC José María Nieto, que realizó su personal versión, con sus célebres ratas como protagonistas, del cuadro de Rocroix. El dibujo es la única obra pictórica intrusa en la exposición. Y, sin embargo, el texto que acompaña la viñeta no puede resumir con mejor humor el espíritu de la muestra: «¡Recordadlo! Somos españoles. Sabemos mantener a la vez el orden y el desorden». Otra cita, esta vez de Chesterton, ilumina la motivación de esos seres humanos comunes que se juegan la vida en las guerras y cuya humanidad Ferrer Dalmau retrata con maestría: «El verdadero soldado no lucha porque odia lo que hay delante de él, sino porque ama lo que tiene detrás».