Amandine Fouquenet alzó los brazos este sábado en Middelkerke, última manga del Superprestige. Ganó la carrera. El título, no. El maillot del general se le escapó por un detalle que todavía escuece.

La bretona, 24 años, cerró el campeonato empatada a puntos con la neerlandesa Aniek Van Alphen: 91 para cada una. El reglamento dictó sentencia por número de participaciones, criterio que favoreció a la batava y dejó a Fouquenet con la miel en los labios.

Hasta ahí, papel y normas. Lo que vino después se escribió en el barro. Porque el desenlace no se explicó solo a golpe de pedal. En dos momentos decisivos, Van Alphen recibió ayudas tan visibles como incómodas para el espíritu competitivo.

Décima a falta de un giro, la neerlandesa fue esperada por su compatriota Annemarie Worst, compañera en Seven Racing. Worst prácticamente se sentó en la bici para que Van Alphen se pegara a su rueda. El objetivo era uno: alcanzar la octava plaza. Con ese movimiento, el general cambiaba de manos.

Una situación extraña

La escena tuvo segunda parte. Cuando el esfuerzo parecía demasiado para una Van Alphen justa de fuerzas, apareció otra ayuda. Inge Van der Heijden, campeona de Europa en título y corredora de Crelan-Corendon, rodaba séptima con margen. De repente, casi se paró. Van Alphen pasó, fue octava en meta y el campeonato tuvo dueña nueva.

Cuesta creer en el fallo. Más bien una alianza entre corredoras de equipos distintos, Seven Racing y Crelan-Corendon, bajo un mismo paraguas empresarial: el grupo Roodhooft, propiedad de los hermanos Philip y Christoph, con hasta cinco estructuras en el circuito de cyclo-cross. La imagen fue fea. El general se decidió lejos del ataque limpio.