La investigación, realizada por científicos de la Universidad de Flinders y publicada en la revista Nutrients, siguió durante diez años a casi 10.000 mujeres de más de 65 años. A lo largo del período, las participantes informaron sus hábitos de consumo de té y café, mientras los investigadores medían de forma periódica regiones especialmente vulnerables del esqueleto, como la cadera y el cuello femoral, zonas clave en el riesgo de fracturas graves.
Los datos revelaron una diferencia sutil pero persistente: quienes bebían al menos una taza diaria de té mostraban, en promedio, una densidad ósea ligeramente superior a la de quienes no lo consumían. La variación no fue grande, pero se mantuvo estable a lo largo del seguimiento, un detalle que llamó la atención de los autores.
El café, por su parte, mostró un comportamiento más ambiguo. El consumo moderado entre dos y tres tazas al día no se asoció con efectos adversos sobre la salud ósea. En cambio, ingerir más de cinco tazas diarias se vinculó con una densidad menor, especialmente en mujeres que también presentaban un alto consumo de alcohol.
Los investigadores subrayan que se trata de una asociación y no de una relación causa-efecto. El trabajo no propone cambios drásticos en los hábitos cotidianos, pero sí sugiere que elecciones aparentemente triviales, repetidas durante años, podrían dejar huellas medibles en el esqueleto, sobre todo en personas con mayor riesgo de osteoporosis.
Aun así, los pilares clásicos de la salud ósea siguen intactos: una dieta rica en calcio, niveles adecuados de vitamina D y actividad física regular continúan siendo las estrategias más eficaces para preservar la fortaleza de los huesos con el paso del tiempo. El estudio, sin embargo, invita a ampliar la mirada y a pensar que la prevención no depende solo de grandes decisiones médicas, sino también de gestos diarios tan comunes como la bebida que se sirve en la taza cada mañana. @mundiario