Esta funcionalidad está reservada a suscriptores.

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

“He dudado en llamar fascista a Donald Trump. Hasta ahora”. Así titulaba el historiador estadounidense Robert O. Paxton un artículo en el que criticaba al actual presidente de Estados Unidos por alentar el asalto al Capitolio en 2021. Hasta entonces, el autor de la obra Anatomía del fascismo había evitado esa palabra para referirse al mandatario republicano. Sin embargo, la incitación a la violencia para anular las elecciones presidenciales de 2020 marcó un punto de inflexión en el pensamiento de Paxton. Para él, Trump traspasó una línea roja que nadie en Estados Unidos se había atrevido a cruzar.

Cinco años después, la asociación de Trump con el fascismo ha resurgido tras la ofensiva del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la Patrulla Fronteriza en Minnesota. El propio Trump bromeó con ello en noviembre durante la visita a la Casa Blanca del nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, quien lo había tildado de “fascista”. Sin embargo, las acusaciones se han intensificado debido a la represión de los agentes federales de inmigración, que asesinaron a dos ciudadanos estadounidenses en Minneapolis, y a la estética nazi del comandante de la Patrulla Fronteriza, Greg Bovino. Algunos incluso han señalado a Trump por usar al ICE como fuerza paramilitar, similar a los camisas negras en Italia o las SA en Alemania. Este uso de la violencia, junto con su deriva antidemocrática y sus amenazas expansionistas sobre Groenlandia y Canadá, apuntalan al presidente estadounidense como nuevo líder fascista.

En cinco claves:

  • Donald Trump va más allá de los demás líderes de la ultraderecha contemporánea
  • Rechaza abiertamente la democracia, como demostró con el asalto al Capitolio
  • También promueve la violencia a través de las redadas del ICE o el culto a su personalidad
  • Además, defiende tanto la idea nativista de la nación como el expansionismo de Estados Unidos
  • Esas posturas lo acercan más a líderes como Hitler o Mussolini, pero adaptado al contexto actual

Trump se opone a la democracia liberal

Trump comparte con los movimientos fascistas su rechazo explícito a la democracia. Esta cualidad aleja al presidente estadounidense de la derecha populista radical, que, a diferencia del fascismo, no busca abolir el sistema democrático. Hoy en día, partidos como la Agrupación Nacional francesa, Alternativa para Alemania o Vox en España aceptan las reglas de la democracia, aunque la tensionen. Ni siquiera Hermanos de Italia, la formación posfascista de la primera ministra Giorgia Meloni, ha atacado los cimientos del sistema tras llegar al poder. Sin embargo, Trump representa un fenómeno diferente. Durante su primer mandato erosionó los contrapesos democráticos sin destruirlos, pero ahora ha acelerado su giro autoritario.

La democracia es un sistema en el que los partidos de gobierno pierden elecciones. Esta definición del politólogo Adam Przeworski recoge un principio esencial de los Estados democráticos: que quienes gobiernan pueden perder el poder y cederlo pacíficamente a sus adversarios. Trump desprecia este fundamento básico de la democracia. El presidente estadounidense se negó a reconocer la victoria del demócrata Joe Biden en los comicios de 2020, intentó subvertir el proceso electoral e incitó las movilizaciones que desembocaron en el asalto al Capitolio por parte de sus seguidores.

Otro pilar de la democracia son las elecciones libres, plurales y competitivas de manera periódica. Trump tampoco lo respeta. Ha cuestionado la necesidad de celebrar las elecciones de medio mandato en noviembre y no ha descartado un tercer mandato presidencial, prohibido por la Constitución. Aunque Trump no puede cancelar las midterms, sí las está condicionando. Ha presionado a los estados republicanos para modificar los distritos electorales, y su fiscal general, Pam Bondi, exigió al gobernador demócrata de Minnesota que le entregara el censo electoral del estado. Su directora de inteligencia, Tulsi Gabbard, asistió a una operación del FBI para incautar las papeletas electorales de 2020 en el condado de Fulton, Georgia, epicentro de la teoría del fraude electoral. Bajo ese pretexto, Trump ha pedido “nacionalizar el voto” frente a lo establecido en la Constitución, que otorga a los estados la facultad de organizar las elecciones.

Por último, Trump desprecia la legalidad y la separación de poderes. Abandera la teoría del “ejecutivo unitario”, que limita la acción del poder legislativo y concentra la toma de decisiones en el presidente. Desde su regreso a la Casa Blanca, el magnate neoyorquino ha desmantelado agencias federales, ha purgado a miles de empleados públicos y ha gobernado por decreto pasando por encima del Congreso. También ha atacado la independencia de los medios de comunicación, las universidades o la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos. En agosto intentó cesar a Lisa Cook, gobernadora de la Fed, sin estar imputada. Y este enero, el Departamento de Justicia inició una investigación criminal contra el presidente del organismo, Jerome Powell, a quien Trump presionó para que bajara los tipos de interés. Toda esta deriva antidemocrática sitúa a Trump más cerca de los líderes fascistas convencionales.

Un nacionalismo expansionista y un liderazgo providencial

El discurso nacionalista de Trump también se aproxima más a la narrativa fascista que a la derecha populista radical. El fascismo ha propugnado históricamente un nacionalismo de corte expansionista, en el que la conquista territorial se percibe como un medio deseable para fortalecer a la nación y mostrar su superioridad. Por el contrario, la derecha populista radical aboga por un nacionalismo defensivo, centrado en proteger la soberanía, la identidad nacional y las fronteras de su Estado frente a amenazas externas.

En un principio, la doctrina America First de Trump se basó en tres ejes asociados a este nacionalismo defensivo: aislacionismo internacional, proteccionismo económico y nativismo. Sin embargo, sus postulados han evolucionado hacia un nacionalismo más agresivo e imperialista. La intervención de Estados Unidos en Venezuela escenificó la nueva política exterior de Trump, basada en la lógica de las esferas de influencia, el dominio estadounidense del hemisferio occidental y el uso de la fuerza. Esta operación militar llegó a provocar el rechazo de figuras como Marine Le Pen, líder de la Agrupación Nacional francesa, que reivindicó la soberanía nacional de los Estados.

Sin embargo, el ejemplo más significativo de esta evolución han sido las reivindicaciones territoriales sobre Groenlandia y Canadá. El deseo de Trump de anexionar estos territorios y ampliar la soberanía estadounidense supone una clara ruptura con la derecha populista radical. Incluso amenazó con una invasión militar para apoderarse de la isla ártica. Ese afán expansionista, unido a su retórica belicista, guarda paralelismos con las reclamaciones irredentistas de los movimientos fascistas del siglo XX.

De igual manera, el movimiento MAGA (Make America Great Again) de Trump conserva el “ultranacionalismo palingenésico” del fascismo. Este nacionalismo, formulado por el politólogo británico Roger Griffin, presenta una nación corrompida y decadente, y promete una regeneración nacional encarnada por una autoridad fuerte. La misión del líder es restaurar la grandeza de la nación y conducirla hacia una “nueva edad dorada”. De hecho, esto último es ahora un eslogan de la web de la Casa Blanca.

Trump representa el arquetipo del líder providencial fascista. Su fuente de legitimidad no reside en las leyes o las instituciones, sino en su carisma y en la exhibición de supuestas cualidades excepcionales. Para justificar esa imagen, necesita logros que reafirmen esa percepción ante sus seguidores. De ahí que cobre una importancia capital en su estrategia política conquistar territorios, firmar acuerdos de paz entre países o imponer acuerdos comerciales. Este tipo de liderazgo contrasta con el de la derecha populista radical. Lejos de presentarse como una figura mesiánica, un líder populista se proyecta como un ciudadano común, que representa la voz auténtica del pueblo al que dice pertenecer.

En cambio, Trump fomenta el culto a su personalidad, un elemento central del liderazgo fascista. Sus comparaciones con otros presidentes republicanos como Abraham Lincoln o Ronald Reagan, su interés en ampliar las fronteras de Estados Unidos o su obsesión por el Premio Nobel de la Paz conectan con su deseo de perdurar en el tiempo. En el último año, Trump se ha incluido en el nombre del Kennedy Center, el gran centro cultural de Washington. También ha ordenado levantar en la capital un arco del triunfo más grande que el de París. Además, ha demolido el Ala Este de la Casa Blanca para construir un nuevo salón de baile y ha impulsado la celebración de un evento de artes marciales mixtas frente a la residencia presidencial para conmemorar su 80º cumpleaños y el 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos.

Asimismo, la idea de nación del movimiento MAGA se asemeja a la del fascismo. La Administración Trump, a través de figuras como el subjefe de gabinete Stephen Miller, ha asumido la visión de Estados Unidos como nación blanca, cristiana y anglosajona. Esa concepción racial de la nación estadounidense replica la noción del volk (‘pueblo’) de la Alemania nazi y excluye a las minorías, que son las principales víctimas de las redadas del ICE. De hecho, Trump ha alimentado la difusión de teorías conspirativas como la del “gran reemplazo”, ha borrado la historia no blanca de Estados Unidos y ha deshumanizado a las comunidades de origen migrante, como los somalíes, a los que calificó de “basura”, o los haitianos, a quienes acusó falsamente de “comer perros y gatos”.

La demonización de estas personas ha venido impulsada por una propaganda vinculada al supremacismo blanco. Prueba de ello ha sido la campaña del Departamento de Seguridad Nacional para reclutar agentes del ICE. En ella, aparecían mensajes con referencias a canciones supremacistas blancas y a la doctrina del destino manifiesto, que proclama la superioridad del pueblo estadounidense y justifica la expansión territorial de Estados Unidos hacia el oeste durante el siglo XIX. Del mismo modo, el Departamento del Trabajo lanzó una publicación en redes sociales con la consigna “una patria, un pueblo, una herencia”, similar al lema “un pueblo, un imperio, un líder” del nazismo.

Del asalto al Capitolio al ICE: el uso de la violencia

El rasgo que termina de convertir a Trump en un líder fascista es el uso de la violencia. Durante su primer mandato, minimizó las acciones violentas de las milicias de extrema derecha, como Oath Keepers y Proud Boys, y se negó a condenar las movilizaciones supremacistas blancas de Charlottesville en 2017. Pero sobre todo, instigó las manifestaciones frente al Congreso en el asalto al Capitolio de 2021. Su incitación a los disturbios evocó otras movilizaciones fascistas, como la de febrero de 1934 en Francia, cuando las ligas de extrema derecha intentaron asaltar la Cámara de Diputados para derribar al Gobierno.

Ahora Trump ya no sólo alienta la violencia, sino que la ejerce a través del ICE y la Patrulla Fronteriza. En la práctica, el presidente estadounidense ha transformado a los agentes federales de inmigración en un cuerpo paramilitar a su servicio. Bajo su mandato, el ICE se ha convertido en la agencia policial con mayor financiación en Estados Unidos, ha aumentado sus agentes de 10.000 a 22.000 en apenas un año y ha intensificado sus operaciones por todo el país.

A diferencia de otros cuerpos de seguridad, el ICE puede incorporar a personas sin experiencia policial o militar, y varias unidades siguen el modelo de las fuerzas especiales del Ejército, no de la policía. Como resultado, sus operativos se han caracterizado por la brutalidad, las detenciones arbitrarias y la violación de derechos constitucionales. Los agentes actúan con la cara tapada, cuentan con equipamiento militar y no requieren de órdenes judiciales para irrumpir en casas o realizar arrestos. Pese a ello, sus métodos están avalados por la Administración Trump. De hecho, el vicepresidente J. D. Vance afirmó que los agentes del ICE tenían “inmunidad absoluta”.

Trump ha usado al ICE como parte de una agenda política que va más allá de la inmigración. Las redadas responden a una estrategia contra los estados demócratas que incluye retener fondos federales, intimidar a sus opositores e investigaciones judiciales contra las autoridades locales. A través del ICE, Trump ha puesto en práctica su manual autoritario en California o Minnesota. Sus operativos han buscado generar un clima de inestabilidad que justifique adoptar medidas excepcionales, como invocar la Ley de Insurrección de 1807, que le permite al presidente asumir el mando de la Guardia Nacional estatal y enviar tropas.

Precisamente, militarizar la seguridad interna también ilustra la fascistización de Trump. El presidente republicano ha expresado su deseo de emplear al Ejército como fuerza policial y ha sugerido usar las ciudades demócratas como campo de entrenamiento militar. De hecho, ya ordenó desplegar a la Guardia Nacional en Los Ángeles, Memphis, Portland, Chicago o Washington D. C. en 2025. También ha usado a las tropas con fines políticos: el pasado 14 de junio presidió el primer desfile militar en Estados Unidos desde 1991. Aunque el motivo oficial eran los 250 años del Ejército —coincidiendo con su propio cumpleaños—, Trump había enviado días antes a cientos de marines en Los Ángeles para sofocar protestas.

Trump es la evolución contemporánea del fascismo

Trump no es Hitler o Mussolini. No busca crear un Estado totalitario y unipartidista, donde el partido gobernante domine todas las esferas de la vida pública y privada. Tampoco aspira a crear una economía corporativista subordinada al Estado ni a movilizar permanentemente a las masas. Además, carece de estructuras partidistas que reemplacen a las instituciones estatales. Pero más allá de las diferencias y de la carga peyorativa del término, Trump se parece más al fascismo del siglo XX que a la actual derecha populista radical. Su rechazo a la democracia liberal, su nacionalismo expansionista, su liderazgo mesiánico y su uso de la violencia lo sitúan más cerca de los líderes fascistas del período de entreguerras.

Precisamente, el contexto histórico es otro argumento habitual para no definir a Trump como fascista. El fascismo surgió en la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial, en un momento caracterizado por el auge del nacionalismo, la crisis de los Estados liberales y el temor al comunismo entre los sectores conservadores. Sin embargo, ese razonamiento no impide que Trump represente una evolución del fascismo original. El presidente estadounidense conserva los rasgos esenciales del ideario fascista, aunque ajustados a su época y a su situación interna. De hecho, una de las principales características del fascismo es que puede adaptarse a la coyuntura de cada país.

Finalmente, que Estados Unidos no sea todavía un Estado fascista no implica que Trump tampoco lo sea. La implantación del fascismo es gradual. En Italia pasaron más de dos años desde que los fascistas tomaron el poder hasta que se consolidó la dictadura. Y en Alemania, los nazis destruyeron la República de Weimar por medios constitucionales, después de haber sido la fuerza más votada en las elecciones y de llegar al poder en coalición con los conservadores. En Estados Unidos, Trump está acelerando ese proceso. Lo logre o no, ya ha conseguido algo aún más importante: ser el referente para el fascismo del siglo XXI.