Eugenia Silva vivía en Nueva York, en su era dorada de super modelo, cuando decidió regresar a sus raíces y adquirir Dehesa de Arriba, la finca de su abuela paterna, en la que pasó los días más felices de su infancia. Su refugio se encuentra en Puebla del Maestre, en el corazón de la Campiña Sur de Badajoz, en una dehesa de 400 hectáreas de encinares con producción agropecuaria y una preciosa vivienda —con piscina junto a la antigua casa del pastor— en lo alto de una suave colina.
La casa ha estado en la familia de Eugenia “durante varias generaciones” y eso marcó completamente la manera de abordar la reforma: “No quería hacer un cambio radical ni borrar su pasado, sino respetar su esencia y adaptarla a nuestra forma de vivir hoy”.
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© JESÚS ISNARDA las puertas de la Dehesa
© JESÚS ISNARDEugenia Silva posando con sus dos mastines
© JESÚS ISNARDEugenia sostiene en sus manos el primer número de «Fashion», cuya portada protagonizó, en octubre de 2012
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“Para mí era muy importante que la casa siguiera contando su historia, que se notara el paso del tiempo y la vida que ha habido en ella —señala la también productora de reportajes—. La reforma fue un ejercicio de equilibrio entre conservar, recuperar y actualizar, siempre desde el respeto a lo que fue”.
Además de las ventajas de tener un espacio en el campo al que escaparse de vez en cuando, a esta casa le unen fuertes lazos emocionales. “Aquí se han vivido momentos muy felices, pero también algunos de los más duros. Aquí murió mi padre y aquí está enterrado, así que el vínculo es muy profundo”, nos cuenta serena.
© BELÉN IMAZ»La decoración fue casi una aventura», nos dice la modelo, que colaboró en el proyecto con su amigo Luis Valle
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En este sentido, la reforma de la casa no fue para Eugenia “solo un proyecto arquitectónico o decorativo, sino un proceso muy emocional”. De alguna manera, la modelo quiso que la renovación fuera “una forma de cuidar este lugar, de honrar a quienes estuvieron antes que nosotros y de asegurar que siga siendo un espacio de vida, de encuentro y de futuro para la familia”.
A la empresaria le encanta escaparse a esta tierra para recargar las pilas. “La vida aquí es muy normal y sencilla”, relata. Su rutina: “Por las tardes suelo hacer algo de yoga, leo mucho junto a la chimenea y cocino con Manoli, mi guardesa”. Y sus platos favoritos, como nos contaba en la entrevista que concedió a ¡HOLA por su 50 cumpleaños, “el hígado rayado y el salchichón que me hace Manoli”.
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A veces, Eugenia también baja al pueblo, “doy una vuelta por la plaza de La Puebla del Maestre y vuelvo tranquila”. Su familia está muy cerca, en Bienvenida, “que está al lado, mis tíos tienen casas y fincas en la comarca ya que toda la familia paterna es de por aquí, así que nos vemos mucho y eso hace que todo sea todavía más cercano y fácil”.
Pero, sobre todo, lo que más le gusta hacer es dar paseos, “muchísimos paseos. Por el campo, sin prisa, observando, respirando. Es una vida calmada, muy real, muy de aquí”. Y estar en contacto con la naturaleza y con los animales, que, nos dice, “son esenciales en el ritmo natural y el paisaje de la Dehesa”. “Estaban aquí antes de que llegáramos nosotros —añade— y se quedarán si un día no estamos. Para mí representan calma, respeto y una forma de vivir más conectada con la tierra”.
«No quería hacer un cambio radical ni borrar su pasado, sino respetar su esencia y adaptarla a nuestra forma de vivir hoy»
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La decoración, según sus palabras, «fue casi una aventura». El proyecto lo hicieron «mano a mano mi amigo Luis Valle y yo, de una forma muy intuitiva y personal»
En las fotos podemos verla rodeada de sus mastines, además de chivitos, vacas y pollitos. Reconoce que le gusta “observarlos, convivir con ellos y enseñar a mis hijos a relacionarse desde el cuidado y la conciencia. Estar cerca de la naturaleza y de los animales te recuerda lo esencial y te devuelve a un lugar muy sereno”.
La decoración, según sus palabras, “fue casi una aventura”. El proyecto lo hicieron “mano a mano mi amigo Luis Valle y yo, de una forma muy intuitiva y personal”. “Pasamos mucho tiempo viajando —continúa—, visitando ferias, anticuarios y mercadillos, buscando piezas con alma que encajaran con la historia de la casa. Además, había algo fundamental para mí: reutilizar y dar una nueva vida a muchos muebles que ya estaban en la casa y que habían pertenecido a mi abuela. Algunos estaban muy usados, otros olvidados, pero todos tenían un valor emocional enorme. Esa mezcla entre piezas heredadas y otras encontradas por el camino es lo que hace que la casa sea tan auténtica y tan vivida, donde cada objeto tiene una historia detrás”.
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Actualmente, Eugenia está trabajando en una segunda obra, la ampliación de la casa “en la antigua nave donde estaban los cochinos ibéricos”, comenta. “Es un espacio muy ligado a la historia del lugar y del entorno rural, y transformarlo ha sido un reto precioso. El proyecto lo está realizando mi hermano y la idea es integrar esta ampliación de forma natural, sin que pierda su identidad original. Queremos que sea una prolongación de la casa, respetuosa con su arquitectura y su memoria, pero pensada para las necesidades actuales. Al final, todo el proyecto —tanto la reforma inicial como esta ampliación— tiene que ver con lo mismo: cuidar el pasado y hacerlo compatible con el presente y el futuro”.
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