Ha comenzado el Año Gaudí. Y durante los próximos doce meses se realizarán todo tipo de actos para conmemorar el centenario de la muerte de un genio, el arquitecto más reconocido en el mundo, el único que cuenta con siete obras declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Una de ellas se encuentra en el centro de la ciudad de León, en la plaza de San Marcelo, frente a un banco donde hay un hombre sentado, ataviado con un abrigo y un sombrero, sosteniendo un libro en sus manos en el que aparece escrito el símbolo del infinito. Es la escultura de Gaudí mirando a una de sus primeras construcciones, en la que plasmó técnicas y formas arquitectónicas, así como su fascinante y mágico mundo simbólico espiritual. Es la Casa Museo Botines, la Casa del Dragón de Gaudí.

Escultura de Gaudí

Escultura de Gaudí

Fran Contreras

Gaudí en León. «Botines se cae, se cae»

Gaudí llegó a León en enero de 1892, estando inmerso en ese momento en la planificación de la Sagrada Familia y las Teresianas en Barcelona. Lo hizo para satisfacer la necesidad de los empresarios Simón Fernández y Mariano Andrés, quienes querían construir una nueva sede para el negocio textil fundado en 1834 por el catalán Joan Homs Botines en la capital leonesa. El proyecto de Fernández y Andrés -tras la muerte de su socio Botines- era ambicioso; edificar un gran local comercial con viviendas a las afueras de la urbe, en el nuevo ensanche burgués.

Antonio Gaudí aceptó el encargo gracias a las relaciones comerciales que Fernández y Andrés tenían con Eusebio Güell, mecenas del arquitecto, y comenzó su construcción. La primera dificultad a la que se enfrentó fue la cimentación del solar. Un gran barrizal, en una zona de vega que sufría inundaciones, en el que no se podía excavar, donde era imposible alcanzar el nivel natural de firme. Un reto que superó con una solución sorprendente, el primer secreto que guarda la Casa Museo Botines-La Casa del Dragón.

Y es que Gaudí empleó un sistema de zapatas corridas en los muros perimetrales sobre pilotes de cantos rodados que le permitió elevar la mole de piedra aprovechando el drenaje de cuatro metros de profundidad formado por barro y escombros, por los desechos acumulados durante siglos, y sustituyendo los muros de carga por esbeltas columnas y finos muros. Aquellas primeras decisiones y actuaciones generaron una gran polémica y la incomprensión de los leoneses que veían aquella edificación como un ‘castillo de naipes’, sin estabilidad, y que acabaría derrumbándose. No en vano, como contaban las crónicas periodísticas del momento, en los corrillos de la ciudad los vecinos decían y los niños cantaban, «Botines, se cae, se cae».

La Casa Fernández y Andrés. Casa Botines. Entre telas y vecinos ilustres

Pero los malos augurios desaparecieron cuando Gaudí, transcurridos tan solo diez meses, terminó su obra. Fue llamada Casa Fernández y Andrés, pasando a ser popularmente conocida desde entonces como Casa Botines, siguiendo la costumbre leonesa de dar al lugar el nombre del negocio o su dueño. Un edificio transgresor y revolucionario, pensado y creado para trabajar y vivir, que combinaba el uso comercial -la tienda y almacén de tejidos-, y el uso residencial -con viviendas para las familias de los propietarios y otras de alquiler-, en el que fusionó funcionalidad, comodidad, modernidad y belleza. Una edificación de estilo neogótico modernista, que ocupaba 2.000 m², rodeada por un foso, con siete plantas, con dos vestíbulos a la entrada, cuatro torres cilíndricas rematadas con chapiteles, ventanas con forma de almena, y en su entrada la escultura de San Jorge lanceando al dragón, inspirada en las casas de la burguesía barcelonesa y parisina, así como en los castillos renacentistas franceses.

Interior de las viviendas

Interior de las viviendas

Fran Contreras

 

Una construcción en la que Gaudí dejó las plantas inferiores, la baja y el semisótano, completamente diáfanas, sustituyendo los muros de carga por finas columnas de fundición, con espacios abiertos que permitían la libertad de movimientos, una mejor y natural iluminación, y la renovación del aire, creando el prototipo de diseño que hoy vemos en los grandes centros comerciales. Y en la que en las plantas superiores, las de las viviendas, tras dividirlas en noventa y seis módulos -doce en las fachadas largas y ocho en las cortas-, alinear paredes, colocar pilares, situar escaleras y patios de luces -más anchos en la parte superior y estrechos en la inferior para aprovechar la máxima iluminación natural-, creó casas no solo confortables, espaciosas y lujosas para la pujante burguesía leonesa que despuntaba en aquellos años sino, además, viviendas sostenibles y eficientes.

Gaudí, el creador de sistemas y diseños

Gaudí no solo fue el arquitecto, dando soluciones estructurales, sino también el diseñador de cada detalle del interior que, como el resto de su trabajo, aunaba funcionalidad y comodidad, y concepciones basadas en ideas simbólicas, naturales y espirituales. Escogió cuidadosamente los materiales para una ciudad que en aquel momento vivía largos y duros inviernos; para la cubierta utilizó pizarra, que con la inclinación del tejado, además de aislar del frío, facilitaba la caída de la nieve; para la fachada optó por la dura piedra caliza, que protege de la humedad, y por su peculiar tallado hace que la nieve se quede pegada a ella sin penetrar en el interior. Para evitar el agua de la lluvia y del deshielo de la nieve creó un sistema por el que se canalizaba al interior de las viviendas, quedando almacenada en un depósito dentro de las paredes, que antes de desbordase es expulsada por los rebosadores de las cuatro fachadas con la suficiente presión para que no caiga por los muros.

Escaleras y puertas del interior

Escaleras y puertas del interior

Fran Contreras

Fiel a su concepción de la arquitectura como un todo, estudió cada elemento para integrarlo en la idea general del proyecto. Un trabajo artesanal y personalizado, realizado con sus mejores colaboradores, hasta en los acabados más delicados en los que utilizó forja con hierro belga -en la reja del foso, la puerta principal, las rejerías de las ventanas, las barandillas, veletas, tiradores, cierres y mirillas- y madera de castaño y de diferentes pinos en ventanas -365, como los días de un año-, en las dos escaleras y las puertas, en las que utilizó un sistema de doble vano inédito en la ciudad leonesa.

El Tesoro de Botines. Secretos de la Casa del Dragón.

La arquitectura de Gaudí siempre ha estado ligada a un mundo de símbolos, de concepciones espirituales que escondía en sus obras, pero a la vista de todos, y del que nunca quiso hablar. En 1953, mientas se restauraba la imagen de San Jorge y el dragón que dan la bienvenida a los visitantes, se produjo un insólito e importante hallazgo; en su interior se encontró una ‘cápsula del tiempo’ que guardaba monedas, periódicos de época y, lo más importante, los planos del edificio firmados por Gaudí, que estaban desaparecidos. El descubrimiento supuso un punto de inflexión en la historia y el estudio de la Casa Botines, que desde aquel momento recuperó el protagonismo nacional e internacional, y nuevos estudios que comenzaron adesvelar detalles desconocidos hasta el momento.

Entre ellos, los que desde hace quince años han puesto de manifiesto la simbología que esconde. Y es que Gaudí fusionó en su arquitectura una alegoría y metáfora de la Leyenda Dorada. La que escribió el monje italiano Jacopo Voragine en el siglo XIII, en una compilación de vidas de santos, en la se narra cómo San Jorge, un soldado romano convertido al cristianismo, se enfrentó y acabó con un dragón que tenía atemorizados a los habitantes de la ciudad libia de Silca. Gaudí, durante los meses de estudio previos a la construcción, vio en León, con su pasado romano y las murallas, la legendaria ciudad oriental, y decidió plasmar al dragón, al animal fantástico, en la Casa Botines.

Escultura de San Jorge y el dragón en la portada

Escultura de San Jorge y el dragón en la portada

Fran Contreras

Y así lo podemos ver; lo podrá descubrir el visitante en la propia estructura y multitud de detalles, como en la puerta de entrada -a modo de boca monstruosa-, en la verja de hierro que rodea al edificio -con forma de garras amenazantes-, en el tejado de pizarra -a modo de cuerpo con escamas-, entre otros muchos. Una leyenda y simbolismo que también aparece en su ubicación y orientación. Y es que su planta trapezoidal está alineada con la Osa Mayor, la Osa Menor y la constelación del Dragón. Y más aún, como muestran los planos originales, sus torres también tienen una alineación estelar. Desde la torre sureste, si miramos al firmamento en la misma dirección que el dragón de la puerta el día 23 de abril, festividad de san Jorge, contemplaremos las constelaciones de Hydra (La Serpiente), Leo (El León) y Oficus (El cazador de serpientes). Y desde la torre noreste, la más alta, si miramos el cielo durante el amanecer, observaremos las estrellas de Perseo, que venció al dragón, Ceutus y a Lacerta, el lagarto que sirvió de modelo para la escultura de la portada. Una torre que, según apuntan nuevas interpretaciones, encerraría otro discurso pétreo simbólico vinculado al Grial e incluso al viaje de Dante en la Divina Comedia y que atesora, escondido en el interior de su prodigiosa cúpula, otro gran símbolo; la Rosa de Gaudí.

Rosa de Gaudí, Torre Constelaciones y Torre Norte

Rosa de Gaudí, Torre Constelaciones y Torre Norte

Fran Contreras

Un viaje iniciático-arquitectónico

Gaudí unió el cielo y la tierra y dejó un mensaje secreto escondido a ojos de profanos, en la Casa Museo Botines, que todavía hoy no acabamos de descifrar y comprender. Es mucho más que un edificio de estilo neogótico y modernista, innovador almacén y edificio de viviendas. Y mucho más que el trabajo imperfecto de juventud de Gaudí, como siempre ha sido considerado por muchos expertos menospreciando el valor de sus obras fuera de Cataluña. Hoy sabemos -gracias a los estudios de especialistas como Carlos Rius, Antonio Osama o César García, además del excepcional trabajo que realiza la Fundación Obra Social de Castilla y León (FUNDOS)- que es una de las mejores expresiones del pensamiento arquitectónico y simbólico gaudiniano, donde están sus orígenes, el laboratorio de formas basado en la naturaleza, la geometría y el símbolo.

Imagen - La Casa del Dragón

  • Horarios:
    Lunes, Jueves y Domingo, de 10 h. a 19 h. / Viernes y Sábado, de 10 h. a 20 h. Miércoles, de 15 h. a 19 h. / Martes cerrado
  • Precios:
    Entrada libre, 9 euros / Visita guiada, 12 euros / Grupos, mínimo 15 personas, 10 euros
  • Más información:
    www.casabotines.es

Así que, amigo lector, si tiene la oportunidad, no dude en poner rumbo a León para visitar la Casa Museo Botines, la Casa del Dragón de Gaudí. Sorprende por fuera y enamora por dentro. Y es que adentrarse en ella, cruzar la puerta con forma de boca monstruosa de serpiente, bajo la mirada de San Jorge, recorrer los pasillos, las escaleras, las plantas y torres, cada rincón conociendo su historia y desvelando sus secretos, no deja a nadie indiferente, es realizar un viaje iniciático.