“Juan descubrió muchas cosas que no sabía. Y yo, a pesar de estar narrando la parte más dolorosa de mi vida —la que desgarró nuestra familia de arriba abajo—, encontré en su interés una forma de alivio inesperado”, confiesa, conmovido por la “comprensión, asombro y empatía” de su hijo, el más desconocido de los cuatro que tiene con la infanta. Pero si hay un momento que desconcertó a Juan, según cuenta el propio Iñaki, ese fue cuando un emisario de su abuelo se plantó en Washington para pedir a sus padres que se divorciaran (en varias entrevistas, Urdangarin ha señalado a Fernando Almansa, entonces jefe de la Casa del Rey, como encargado de entregar ese mensaje y el pasado domingo añadió en La Sexta que el hermano de la infanta, Felipe de Borbón, también se lo pidió por teléfono). Algo a lo que se negaron tanto él como doña Cristina, que reaccionó airada.
“En serio te dijeron eso? Pero ¿por qué no quisieron escucharte?… ¿De verdad enviaron a un emisario para pediros a mamá y a ti que os divorciarais?… Ah, ahora entiendo… fue esa vez que nos dejasteis esquiando con vuestros amigos, ¿no?… Teníais que estar destrozados, papá… Qué duro debió de ser disimular delante de nosotros…”, le respondió su hijo en aquella conversación.
La escucha de su versión por parte de su primogénito, le sirvió al ex jugador del Barça como “un bálsamo» para sus viejas heridas y para animar al resto de sus hijos a hacer lo mismo algún día: “Yo sé que los otros tres también quieren hacerlo, pero todavía no ha surgido la ocasión (…). Quizá este libro los ayude para dar ese paso. Y yo estaré preparado”. Lo hará, asegura, con la cabeza muy alta y la conciencia tranquila y les explicará todo lo que le pregunten, “y también lo que me voy a seguir callando”.
En el capítulo titulado “Una relación entre dos mundos”, el exdeportista reconvertido en coach revela también novedades sobre los inicios de su relación con la infanta. Un comienzo que, reconoce, no fue ni tan cinematográfico ni tan perfecto como pintaron los medios por aquel entonces y que, según el relato mayoritario, fue un flechazo en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. En aquel momento no hubo “ninguna chispa” más allá de un saludo oficial, pero unos meses después, en una cena con exolímpicos celebrada en octubre en Barcelona, sí “comenzó todo”.
Y aquel todo fue una relación clandestina que tenía algo de emocionante, pero también de incómodo y que solo podía ser compartida con un muy reducido círculo de confianza. A eso había que añadir que desde el principio creyeron que su relación no se podría alargar demasiado “sin tomar una dirección clara”. “Quizá por eso el compromiso fue una posibilidad que, de alguna forma, estuvo sobre la mesa antes de lo habitual en otras parejas”.
Tras darle algunas vueltas, en febrero de 1997 llegó a la conclusión de que estaba enamorado de la infanta y de que le pediría matrimonio. “A la vista de mi divorcio, sé que muchas personas se han cuestionado mis verdaderos sentimientos en esta relación”, admite, pero defiende que sí estuvo “muy enamorado” de la que fue su esposa durante 25 años.
“No me casé encandilado por su entorno, como muchos puedan pensar. Obviamente, tampoco voy a negar que un escenario como la realeza, tan distinto a lo que yo había conocido, me resultó fascinante al principio. ¿A quién no?”, aunque las cosas “no eran tan idílicas como parecían desde fuera”, pues nunca fue fácil formar parte de esa familia en la que la institución va por delante de las personas. “Mi intención desde el principio fue que me consideraran uno de ellos sin dejar de ser yo mismo” en el plano familiar, pero “no lo conseguí”.