El Norte

Sábado, 14 de febrero 2026, 07:41

Las salas del palacio del Torreón de Lozoya de Segovia abrieron este viernes el año expositivo con un viaje a la memoria sonora del siglo XX. Bajo el título ‘Cajas que hablan: recuerdos de la radio en el siglo XX’, la muestra reúne 150 radios y transistores de la Colección De Andrés‑Martín y convierte el edificio segoviano en un catálogo vivo de diseños, avances técnicos y hábitos domésticos que marcaron generaciones.

Pedro De Andrés, copropietario de la colección y comisario de la exposición, ha puesto voz al espíritu del montaje con una imagen que atraviesa el recorrido: «Hubo un tiempo en que las familias se reunían alrededor de una radio». En aquella «caja mágica» -de madera o baquelita- estaban la música, las noticias y la compañía, pero también la imaginación, esa capacidad de viajar con voces lejanas que llegaban por las ondas y llenaban los hogares.

La exposición, planteada de forma cronológica desde los años veinte hasta la década de los setenta, permite seguir la transformación de la radio desde sus tipologías iniciales hasta el transistor portátil. El visitante se encuentra con radios de galena, modelos de lámparas vistas y las llamadas «de cofre», antes de entrar en etapas posteriores en las que aparecen las «radios de capilla», la irrupción de la baquelita, los aparatos funcionales y, finalmente, el salto a los transistores. Esa evolución técnica se explica como una carrera por mejorar la calidad de sonido, abaratar costes para llegar a más hogares y sumar prestaciones, entre ellas la portabilidad, que acabó cambiando la relación cotidiana con el medio.

El recorrido también juega con la sorpresa. Junto a los modelos ‘clásicos’ aparecen piezas que desdibujan la frontera entre electrodoméstico y objeto decorativo: radios transformadas en elegantes muebles, con taraceas u ornamentos, algunas combinadas con tocadiscos, concebidas como artículos de lujo; y otras pensadas para pasar desapercibidas bajo la apariencia de libros, marcos, botellas o pequeños objetos cotidianos. La exposición recoge además la fiebre de las fusiones: radio y reloj (con despertador), y otras combinaciones que añadían funciones prácticas y, a veces, desconcertantes.

Una mirada sociológica

Más allá de la tecnología, la muestra invita a leer el siglo XX. Durante décadas, poseer una radio fue signo de estatus. También aparecen las ‘radios de kit’, cuyos componentes se vendían por separado y podían montarse en casa, a menudo con cursos por correspondencia que abrían la puerta a un oficio. La publicidad generó capítulos curiosos, como las ‘Mike radio’, regaladas por emisoras a negocios anunciantes y que solo recibían su señal. Y la necesidad de evasión en tiempos duros dejó su rastro en las radios de monedas o tokens, pensadas para hoteles u hospitales.

Hay un capítulo inevitable dedicado a la propaganda. Las llamadas ‘Radios del Pueblo’ recuerdan el uso político del medio durante la II Guerra Mundial y la fabricación de receptores populares como el VE-301W, ligado simbólicamente al 30 de enero de 1933. En contraste, el relato se vuelve más constructivo con la ‘radio escolar’ española de los años cincuenta, pensada para llevar educación y alfabetización a entornos rurales.

Acento propio

Las piezas expuestas proceden de una selección internacional fabricada en países como Holanda, Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Suecia, Japón, Italia, Hong Kong o España, sin olvidar el guiño segoviano a comercios vinculados a este universo. Pero el corazón del proyecto es emocional: el comisario ha defendido que algunas radios conservan deliberadamente sus «heridas de guerra» -arañazos, pátinas, marcas- como huellas de vida.

La exposición podrá visitarse en el Torreón de Lozoya hasta el 12 de abril como un homenaje a un medio que, antes de ser pantalla, fue hogar: el corazón sonoro de las casas.

Reporta un error