Hace doce años, el director Miguel Eek se fue a vivir a Cabo Verde. Allí se topó con muchas estatuas en honor de un hombre de quien no había oído hablar nunca. Se trataba de Amílcar Cabral, líder revolucionario de la Guinea Portuguesa y una de las figuras más importantes de la independencia de regiones como Guinea-Bisau. Movido por la curiosidad, Eek se metió en una biblioteca y leyó, prácticamente en un día, sobre la figura de Amílcar, y «me fascinó». Así nació un proyecto que ha fructificado en el documental Amílcar, que está teniendo un recorrido de festivales envidiable, ganando en el más importante del mundo, el IDFA de Ámsterdam, donde se hizo con el premio a la Mejor Contribución Artística de la Envision Competition. Su próximo hito ha sido el de ser seleccionado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (el MoMA) para ser proyectado en su sede como uno de los 10 filmes seleccionados de este año, el único español y el primero de nuestro país desde hace años.
¿En qué punto llega Amílcar al MoMA?
—A raíz de su estreno y premios en festivales está teniendo un creciente interés internacional. Además, en los festivales es donde encuentra su mejor público, más entusiasta. Con el aumento de las derechas, el trato a la inmigración en Estados Unidos y esa idea colonial que impregna en ciertos países, lo que representa Amílcar Cabral resuena muchísimo en el mundo.
¿Y en qué punto está el mundo?
—Uno nunca sabe cómo estará el mundo cuando estrenas una peli y veo que no avanzamos tanto como nos gustaría. Muchas de las preguntas que hace la película resuenan hoy. La empecé hace 12 años y es vigente. Y que el MoMA la selecciona me genera mucho orgullo y de alguna forma se me introduce en el canon de cine arte y de autor.
Imagen del MoMA, que proyectará ‘Amílcar’ el 27 de febrero y el 2 de marzo.
¿Qué lectura hace de que una cinta mallorquina como esta llegue a las cotas en las que está?
—Como que el cine balear tiene la capacidad de contarnos nuestro propio relato, pero también trascender nuestras costas. Es importante saber que tenemos nuestra mirada del mundo, y que este es Mallorca, pero también España, Europa y todo. He tenido que desaprender mucho de lo que sabía, y me he atrevido a hacer cosas, gracias al equipo con el que iba, a las que nunca me hubiera atrevido sin ellos.
¿La cinta tiene algún mensaje?
—No dice cómo hay que pensar, cada cual puede sacar conclusiones diferentes, pero sí permite imaginar, imaginar cómo vivía Amílcar y cómo veía el mundo. A mí me ha hecho reflexionar sobre la relación entre cultura y política, la construcción cultural de un pueblo y cómo va ligada a la dimensión política. La idea de que los derechos humanos y sociales hay que reconquistarlos constantemente. Basta ver la fragilidad de democracias como EEUU y otros países donde un gobernante puntual pone patas arriba un país entero.
La cinta va a Nueva York, la ciudad de Donald Trump, en pleno auge de la política antiinmigración con los ICE y con un alcalde inmigrante, ¿hay algo político?
—El arte es un gesto creativo, pero también político. No sé cómo funcionan los curadores del MoMA, pero creo que ha sido determinante la forma política, porque la película resuena no solo artísticamente, sino por las preguntas que lanza. A los ciudadanos de Nueva York les resonará porque Cabo Verde es también un país de inmigrantes. Es interesante poner a veces el espejo sobre lo privilegiados que somos y lo dura que es la vida para la mayoría del planeta.
Póster de ‘Amílcar’, de Miguel Eek.
¿Es su película más política?
—Todas lo son. Cuando la empecé tenía 31 años, era la crisis del 2012 y sentía que la clase política difícilmente daba respuesta a la urgencia del momento. Encontré en la voz de Amílcar respuestas que no veía en la política actual y la que más me resonó fue la política conectada al pueblo: se hace con él, no para él.
¿A qué se refiere con que se ha atrevido a hacer cosas que no hubiera hecho en otro proyecto?
—Al propio planteamiento del filme en primera persona, renunciar al contexto y que se entienda todo. Confiar en la inteligencia del espectador, aprender a filmar mal, a hacerlo como un amateur. Como ya he hecho el cine más académico, no tengo que demostrar ya que he aprendido la lección, y me puedo permitir hacer cosas más estimulantes como creador y espectador. La película te lleva de la mano, pero te deja que te pierdas, porque así es la vida.