El embeleso lo delata. Louis contempla a Judith ajeno al bullicio que los rodea. Sin duda, Gustavo Adolfo Bécquer se inspiró en individuos como el … joven enamorado para asegurar que el alma que puede hablar por los ojos también puede besar con la mirada. No sabemos si ella le corresponde con parejo arrobo porque la contemplamos de neutro perfil. La pareja intercambia intimidades en el jardín del restaurante del padre del muchacho, lugar de reunión de escritores y pintores durante el último cuarto del siglo XIX. Édouard Manet, uno de sus habituales clientes, inmortalizó el encuentro en el óleo ‘Chez Pére Lathouille’. Hoy celebramos el día de San Valentín con el retrato del amor más gozoso, el que incentivó aquella exultante ‘joie de vivre’ que inundaba la primavera parisina.
Quizá el lienzo refleja una cita inicial o un noviazgo consolidado. La expresión del joven y la cercanía física sugieren libertad y pasión, una atmósfera acorde con ese gozo vital que poco tenía que ver con lo que se vivía a este lado de los Pirineos. La literatura sobre los usos amorosos en nuestro país, condensada en tres libros firmados por Fernando Díaz-Plaja y Carmen Martín Gaite, dibuja un ‘continuum’ de mojigatería desde el Siglo de Oro hasta las postrimerías de la pasada centuria.
La desconfianza recorre ancestralmente la relación entre unos y otras. «Entre santa y santo, pared de cal y canto», sostiene un viejo refrán castellano. La comunicación, al menos en determinados estratos sociales, aparece lastrada por un complejo de reglas que establecen pautas de obligado cumplimiento y cuya violación implicaba tanto la reprobación familiar como la pública.
La República alentó un destello de autogestión erótica que cercenó la victoria franquista. El dibujo de las costumbres en la posguerra revela el peso abusivo de las convenciones sobre todo atisbo de espontaneidad. El abordaje directo entre dos personas de diferente sexo resultaba ofensivo en el siglo XVII, mientras que en los años cuarenta estaba considerado una vulgar ‘americanada’, deleznable conducta difundida a través del cine. No existe una diferencia notable entre una y otra época. La sanción disminuye en intensidad, pero permanece la reprobación.

El ritual del baile. Varias parejas disfrutan de una verbena en Granada en los años 60.
Ideal

El primer encuentro constituía el fruto de una estrategia normativizada. En los tiempos de Lope de Vega y Francisco de Quevedo, el hombre ‘paseaba la calle’, es decir, se apostaba en pos de aquella doncella casadera que había arrebatado su atención. Mientras tanto, la muchacha mantenía el recato, sinónimo de ocultación, como si la exposición supusiera el menoscabo de la honra. Doscientos años después, Martín Gaite explica que, tras las debidas presentaciones, el noviazgo se solía ventilar en una sucesión de breves visitas de cortesía siempre bajo el control parental.
El enlace no lo sustentaba el amor, sino intereses económicos y sociales, y a menudo la mujer se casaba para gozar de mayor autodeterminación. Tras la Guerra Civil, con un déficit demográfico masculino, se decía que el hombre que no se casaba era porque no quería y la mujer que no, porque no podía. Al varón se le otorgaba la función de ‘hacer el amor’, entonces entendido como iniciar el cortejo. El machismo resultaba evidente. A él se le valoraba más si era un individuo ‘vivido’, con experiencia, y a ella se le exigía total inhibición respecto a su despertar sexual.
El siglo XXI ha alumbrado otro escenario y los nuevos medios han impactado en los ritos amorosos. La Tercera Revolución Industrial no sólo ha generado una economía que pivota sobre la tecnología de la información, sino que también ha trastocado las vías que conducen, teóricamente, hacia las relaciones sentimentales. El ritmo ha cambiado. El baile de la gallarda, la contradanza y el minué, ocasiones ceremoniales para conocer y ser reconocido en determinados círculos, han dado paso a una coreografía privada, presurosa y digital, aparentemente invisible, pero masiva.
Las últimas estadísticas apuntan que el 50% de las parejas actuales se forman gracias a una celestina llamada Internet. «Ligamos de una manera muy rápida y visual, bueno, ligamos o lo que sea. Antes el proceso estaba muy vinculado a un contexto, al círculo de amigos o a la barra de los bares próximos, y ahora el campo de acción es global y se ha democratizado», aduce Montaña Vázquez. «Las posibilidades se han multiplicado, pero también se ha impuesto una lógica de consumo que nos hace sentir como meros productos». La autora de ‘Match. Cómo encontrar pareja en la posmodernidad’ (Alienta) no sabe si hoy resulta más difícil hallar a la persona adecuada, pero sí que es más complicado mantener la relación. «Pesa mucho la posibilidad del reemplazo, de encontrar fácilmente otras personas».
Expectativas irreales
La abundancia no siempre implica facilidad. Hay aplicaciones móviles para todo tipo de apetencias, desde una noche de placer a algo perdurable, pero eso no es necesariamente positivo. «Desaparece el juego y se crean expectativas irreales», advierte. La cita presencial es fundamental para comprobar el lenguaje corporal y la existencia de cierta química mutua. «Nos enamoramos de una narrativa digital, se genera una hiperidealización y luego se produce el choque con la realidad». Ella aboga por mostrarse natural en un primer encuentro. «No hay que parecer algo que no es porque no conduce a nada auténtico». Aconseja no esconder nuestra vulnerabilidad, «que no es signo de debilidad, sino un trabajo de autoconocimiento, de descubrir quién eres y quién quieres ser».
Además de autora, Vázquez ejerce como ‘matchmaker’ desde hace ocho años. «Es un nombre muy mono para referirnos a la agencia matrimonial de toda la vida, la celestina de siempre», admite. La búsqueda de candidatos se lleva a cabo como si se tratara de una empresa de selección de personal. «Algo compatible con un determinado estilo de vida, valores, objetivos y nivel sociocultural», explica. Se refiere a sus clientes como individuos que ya han pasado por las app, generalmente mayores de 45 años, divorciados con hijos y que aspiran a relaciones estables. «Aquí aún subsiste cierto estigma, pero en los países anglosajones supone un servicio muy habitual para aquellos que carecen de tiempo para conocer a otros».
Montaña Vázquez considera que poner en primer plano el consentimiento, un avance fundamental, ha complicado, sin embargo, este esfuerzo por enamorarse. «Se ha generado cierta lucha de sexos impulsada por los rápidos cambios», indica, y el juego de seducción se ha frenado. «Ellos se sienten inseguros y nosotras debemos asumir la responsabilidad de quererlo todo en todo momento». La escritora asegura que nos encontramos en un periodo de adaptación al nuevo marco «que no beneficia las relaciones sentimentales».
La multiplicidad se suma al catálogo de dificultades. «Es el denominado efecto de la paradoja de la elección», arguye la psicóloga Lara Ferreiro, autora de ‘Adicta a un gilipollas’ (Grijalbo) y poseedora de su propio canal de Youtube en el que aborda temas de pareja. «Sostiene que cuantas más alternativas, más abrumados y menos satisfechos estamos», y el consumo rápido complica el hallazgo de un vínculo sano. No obstante, se muestra partidaria de las aplicaciones como Tinder. «Porque optimizamos el tiempo con los filtros adecuados y hay más posibilidad de encontrar personas con mismos valores e intereses».
Recomienda hacer «un buen casting del amor» y el encuentro físico se antoja fundamental. «El conocimiento online origina una sensación de intimidad temprana y cierta idealización, el efecto halo, y las expectativas son tan altas que, inevitablemente, se frustran». La especialista da consejos para la cita cara a cara. «Se suele advertir de no mantener el contacto digital más allá de una semana, proponer una primera reunión breve en un lugar público, no intercambiar móviles hasta esa primera prueba y hacer preguntas descarte, como los objetivos», señala. No suele haber margen de error. «Ahora la gente es muy consciente de lo que quiere» y en pocos minutos se evalúan cuestiones esenciales como la atracción, el estatus o el discurso. «La cita inicial es para comprobar si hay ‘feeling’, no es el paso previo a casarse».
La abrupta desaparición de uno de los dos enamorados, el temido ‘ghosting’, se ha vuelto un fenómeno muy habitual. «Al parecer, el nombre procede de la determinación que tuvo Charlize Theron cuando Sean Penn, que fue su novio, le puso los cuernos», indica Ferreiro. Entre el 20% y el 40% de los españoles lo ha experimentado, y el porcentaje crece hasta el 84% en la generación Z y la milenial. «Es traumático porque tu cerebro intenta entender lo que ha sucedido e, incluso, se autoinculpa. Se trata de una actitud muy cobarde, hay que explicar las razones». También existe «el miedo al compromiso, lo que llamamos el síndrome de Peter Pan, porque nos hemos acostumbrado al placer inmediato. Nos enfrentamos a una crisis de salud mental sin precedentes», lamenta. Esa falta de madurez tiene consecuencias. El 20% de los matrimonios fracasa en su primer lustro, y la infelicidad también se plasma en la profusión de las aventuras extraconyugales. «De ahí que haya surgido San Amantín el 13 de febrero. Ese día se regala lencería a la amante y, veinticuatro horas después, joyas a la mujer para compensar cuernos y sentimiento de culpa».