A fines de la década de los 70, cuando una muy joven Kate Bush comenzaba a hacerse un nombre en la siempre competitiva industria musical británica, la cantante tomó una decisión que muchos consideraron sorprendente: rechazó la oportunidad de ser telonera de Fleetwood Mac en la gira del álbum Rumours. Sin dudas, una de las muestras más representativas de su manera de percibir y encarar el arte.
Por aquel entonces, Bush había alcanzado un éxito inmediato tras el lanzamiento de su LP debut titulado The Kick Inside, el cual vio la luz en 1978. Con apenas 19 años, su primer sencillo, “Wuthering Heights”, llegó al número uno en el Reino Unido, hito que la convirtió en la primera artista femenina en lograr esa hazaña con un tema compuesto por ella misma.
En ese contexto de ascenso meteórico, la invitación para abrir los conciertos de Fleetwood Mac parecía un paso lógico. Sin embargo, las condiciones de la propuesta incluían restricciones importantes: la cantante debía presentarse sin elementos escénicos complejos, sin bailarines ni componentes visuales adicionales, interpretando solo algunas pistas con un formato reducido.
Fleetwood Mac.
Claro está, para una artista cuya visión del espectáculo estaba profundamente ligada a lo teatral y lo visual, la propuesta significaba renunciar a una parte esencial de su identidad artística. De hecho, en una entrevista con Louder, Brian Southall, el directivo del sello EMI en ese período, recordó que Bush “no estaba dispuesta a hacerlo”, señalando que aceptar significaba sacrificar eso que la hacía diferente.
En lugar de integrarse a la gira de Fleetwood Mac, Bush optó por concentrarse en el desarrollo de su propio proyecto arriba del escenario, que en 1979 se materializaría con el «Tour of Life», la única gira completa de su carrera. Este show incorporó coreografías, cambios de vestuario, elementos teatrales e incluso efectos escénicos poco habituales en la época, cosas que redefinieron el concepto de un concierto pop.