Oskar Belategui

Lunes, 16 de febrero 2026, 19:32

| Actualizado 21:47h.

Solo por figurar en los repartos de dos películas míticas como ‘El padrino’ y ‘Apocalype Now’ Robert Duvall ya merecería un lugar de honor en las enciclopedias del cine. El sibilino ‘consigliere’ de los Corleone, el coronel Kilgore que gozaba con el olor a napalm por las mañanas ha muerto a los 95 años este domingo en su rancho de Middleburg, Virginia, rodeado de sus familiares, según ha informado su esposa. «Ayer dije adiós a mi amado esposo, queridísimo amigo, y uno de los mayores actores de nuestro tiempo. Bob falleció en paz en su hogar. Para el mundo, era un actor ganador del Oscar, un director, un narrador. Para mí, lo era todo», asegura Luciana Duvall, su mujer argentina, 41 años más joven, con la que se arrancaba a bailar tangos.

Robert Duvall era historia de Hollywood. Podía recordar de primera mano los desfases de Marlon Brando en ‘La jauría humana’, la amabilidad de Gregory Peck en su debut en el cine, ‘Matar a un ruiseñor’, y lo orgulloso que se sintió cuando John Wayne se lo cargaba de un tiro en ‘Valor de ley’. Hablaba de las leyendas con la familiaridad de quien las trató. Su nombre permanece asociado al mejor cine americano de los 70, una edad de oro que aseguraba no echar de menos, tal como contó a este periodista en sus tres visitas al Festival de San Sebastián: la primera en 2003 para recoger el Premio Donostia.

Su inmenso talento como actor lograba que se sumergiera en los papeles de manera tan profunda que parecía desaparecer en ellos. «Una habilidad extraña, incluso espeluznante la primera vez que se presenciaba», alabó Bruce Beresford, el director australiano que le dirigió en ‘Gracias y favores’. Ver una película conRobert Duvall aseguraba dos cosas: que la cinta no era mala y que el actor iba a estar bien.

Duvall imponía en persona, pero rompía a hablar y derrochaba jovialidad y buen rollo. En sus respuestas saltaba del inglés al castellano con acento porteño. La razón no era otra que su esposa argentina, la directora Luciana Pedraza, con quien se casó en 2004 tras tres matrimonios fallidos. Nacido en San Diego en 1931 en el seno de una familia de militares, luchó dos años en la Guerra de Corea y a su vuelta comenzó a tomar clases de interpretación en Nueva York. Dormía en el sofá de un apartamento en Broadway que compartía con Dustin Hoffman y Gene Hackman.

Cuando debutó en ‘Matar a un ruiseñor’ en la piel del inadaptado y mudo Boo Radley tenía 31 años y ya estaba calvo, por lo que supo envejecer de manera sutil. ‘La jauría humana’, ‘Bullit’, ‘M.A.S.H.’, ‘La conversación’, ‘Network’… Duvall aseguraba no sentir nostalgia del Hollywood libre y arriesgado de los 70. «Hoy se hacen películas igual de buenas. Hace poco he visto ‘En tierra hostil’, de Kathryn Bigelow. ¡Dos veces en una semana! No tiene nada que envidiar a aquellas otras», aseguraba en 2009 el actor, que podía presumir de haber vivido el mítico rodaje de ‘Apocalypse Now’, que le tuvo seis semanas en la selva de Filipinas. «Fue una locura, nos pasó de todo: un tifón, problemas de presupuesto… Me quedo con el ‘montaje del director’ que hizo Francis años después: tengo más escenas, ja, ja».

Robert Duvall en ‘Apocalypse Now’, ‘El padrino’ y ‘Camino al cielo’.

Imagen principal - Robert Duvall en 'Apocalypse Now', 'El padrino' y 'Camino al cielo'.

Imagen secundaria 1 - Robert Duvall en 'Apocalypse Now', 'El padrino' y 'Camino al cielo'.

Imagen secundaria 2 - Robert Duvall en 'Apocalypse Now', 'El padrino' y 'Camino al cielo'.

Robert Duvall era un artista polifacético, un experto jinete que cantaba temas country y que dirigió cinco largometrajes entre 1974 y 2015. En uno de ellos, ‘Camino al cielo’, en el que interpretaba a un predicador de Texas, puso de su bolsillo 5 millones de dólares cuando ningún estudio quiso financiarla. Estuvo siete veces nominado al Oscar y obtuvo la estatuilla en 1984 por ‘Gracias y favores’, una historia de caída a los infiernos y posterior redención en la que encarnaba a un cantante country que lo perdió todo por su alcoholismo.

Su filmografía se prolonga durante siete décadas y supera las 150 producciones. Se bregó en la televisión y pronto se codeó en cine con las mayores estrellas de su tiempo. ‘La jauría humana’ le juntó a Marlon Brando, Jane Fonda y Robert Redford, mientras ‘El detective’ estaba cortada a la medida de Frank Sinatra. Compartió la pantalla con Steve McQueen en ‘Bullit’ y con John Wayne en ‘Valor de ley’. Los directores del ‘Nuevo Hollywood’ también le quisieron: George Lucas le dio uno de sus primeros protagonistas en la distópica ‘THX 1138’ y Coppola ya había trabajado con él en ‘Llueve sobre mi corazón’ cuando le convirtió en el ‘consigliere’ Tom Hagen en las dos primeras parte de ‘El padrino’. Para preparar el papel trató con matones de Harlem. En la tercera ya no apareció porque no le gustó que Al Pacino cobrara cuatro veces más que él.

‘Los aristócratas del crimen’, ‘Ha llegado el águila’, ‘Network, un mundo implacable’, ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’, ‘La conversación’, de nuevo bajo las órdenes de Coppola… Cuando a Robert Duvall le tocaba dar vida a militares, que conocía tan bien tras su paso por el Ejército, se inspiraba en personajes reales, como el general Patton. Así, por su piloto que combatió en Vietnam de ‘El gran Santini’ recibió de nuevo una nominación al Oscar. En los 90 siguió aportando lustre a títulos como ‘Días de trueno’, ‘Un día de furia’ y ‘The Paper (Detrás de la noticia)’.

El western de Kevin Costner ‘Open Range’, la magna ‘La noche es nuestra’ de James Gray y hasta el particular western que rodó nuestro Emilio Aragón en 2013, ‘Una noche en el viejo México’, contaron con Duvall como secundario de lujo. Gracias a ‘El juez’ fue el actor de más edad, 84 años, nominado al Oscar de reparto. Y en 2022 se retiró con dos pequeños papeles en sendas producciones de Netflix, la cinta de basket ‘Garra’ con Adam Sandler y la intriga detectivesca ‘Los crímenes de la academia’.

Loco por el polo, el tango y el fútbol, Robert Duvall se escapaba siempre que podía a su ciudad favorita del mundo: Buenos Aires. Fiel militante del Partido Republicano, había encontrado la estabilidad sentimental con su esposa Luciana, a la que conoció en una pastelería de la capital argentina: ella no sabía quién era y le invitó a la inauguración de un salón de tango. «Que esparzan mis cenizas, nada de fiestas», rogó en su última visita a Donosti.

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