Ucrania, Rusia y Estados Unidos han continuado este miércoles en Ginebra (Suiza) las conversaciones a tres bandas que iniciaron el martes para intentar acordar un alto el fuego que conduzca a un acuerdo de paz en Ucrania. Los negociadores trabajan en dos equipos: militar y político. A diferencia de las dos rondas celebradas en Abu Dabi (Emiratos) en las semanas previas, más centradas en cuestiones técnicas, esta vez están sobre la mesa asuntos espinosos, especialmente la cuestión de la cesión territorial. Una fuente rusa describió las conversaciones del martes como “tensas”. Y el propio presidente ucranio, Volodímir Zelenski, las ha calificado este miércoles de “realmente difíciles”.

La vuelta a la delegación del Kremlin de Vladímir Medinski, asesor del presidente ruso, Vladímir Putin, e ideólogo de la propaganda rusa, complica además el diálogo. Los discursos revisionistas de Medinski y sus lecciones de historia en las reuniones enfurecen a los ucranios.

Zelenski ha publicado un largo mensaje en la red social X en el que acusa a Rusia de intentar “prolongar negociaciones que podrían haber llegado ya a la fase final”. Y ha abogado por dar entrada a las potencias europeas aliadas de Kiev en las conversaciones: “Consideramos que la participación europea en el proceso es indispensable para la implementación exitosa de acuerdos plenamente viables; Ucrania no duda de que sus socios son capaces de garantizar el carácter constructivo del proceso de negociación y, por lo tanto, un resultado digno”, ha escrito. También ha precisado que en la sesión de hoy se abordarán, entre otros asuntos, “las medidas para el intercambio de prisioneros de guerra y la liberación de civiles”.

El próximo martes se cumplen cuatro años del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia. El frente está estancando en una guerra de desgaste con un enorme coste humano y material. Los avances sobre el terreno son limitados, aunque estos días se habla de una contraofensiva ucrania en el frente sur, en Zaporiyia, que supuestamente ha arrancado al enemigo unos 200 kilómetros cuadrados.

La pretensión estadounidense de que el acuerdo de paz se cierre esta primavera está en duda. La presión del presidente, Donald Trump, recae principalmente sobre Kiev: “Más vale que se siente a la mesa rápido”, dijo Trump el lunes en alusión a Ucrania, pese a que el país agresor es Rusia. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, consideró “injusto” en declaraciones a Axios que Washington solo les presione en público a ellos.

Ucrania depende de Estados Unidos tanto para mantener la guerra, con armamento irreemplazable de producción estadounidense, como para la paz, con unas garantías de seguridad que solo serán creíbles si las firma Washington. En el entorno de Zelenski empieza a haber división, según han publicado medios estadounidenses. Una parte teme que la ventana de oportunidad para conseguir un acuerdo con mediación estadounidense se acabe cerrando si no avanzan en las negociaciones.

El punto muerto de las conversaciones es el 22% del territorio de Donetsk, en la región de Donbás, que Rusia exige a Ucrania. Moscú controla ya el resto de esa región, junto con gran parte de Zaporiyia y Jersón, más la península de Crimea que se anexionó ilegalmente en 2014. Aún no ha logrado, sin embargo, capturar la totalidad de Donbás, un esfuerzo militar que los expertos creen que podría requerir entre uno y dos años y miles de pérdidas humanas.

Ucrania rechaza de plano ceder la región sin luchar, por motivos militares —estratégicamente, esa zona es un bastión crucial en su defensa—, sociales y políticos. Como ha dicho Zelenski, en ese espacio viven 200.000 ucranios, y decenas de miles de soldados han muerto para defenderla. La mayoría de ucranios, interpreta Kiev, no aceptarían la entrega del territorio a Moscú.

El asunto debería además someterse a un referéndum. Ucrania está dispuesta a celebrarlo, junto a las elecciones presidenciales que Moscú exige y EE UU espera que se convoquen antes del verano. Legalmente es complicado, porque la ley marcial prohíbe organizar comicios en tiempos de guerra; pero no es imposible. Zelenski está dispuesto, pero exige un marco de seguridad de al menos dos meses de alto el fuego, para organizar la complicada logística, la campaña electoral y la votación.

Otro asunto difícil es la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa, que se encuentra en zona ocupada por Moscú. Ambas partes aspiran a controlar su gestión, pero los negociadores buscan fórmulas intermedias, como una administración en manos estadounidenses que distribuya la producción eléctrica entre Ucrania y Rusia.

El establecimiento de garantías de seguridad que permitan a Ucrania pensar, en cierta medida, que Rusia se abstendrá de volver a atacar en un futuro también son un gran tema pendiente en las negociaciones. En la fórmula que se plantea, la seguridad de Ucrania dependería de su ejército, pero, ante una hipotética agresión rusa que incumpliese el acuerdo de paz, se activarían tropas aliadas desplegadas en Ucrania para aumentar la disuasión; y, en última instancia, estas contarían con respaldo estadounidense.

Rusia ha advertido de que la presencia de soldados de ejércitos extranjeros en Ucrania los convertiría en objetivo militar. En todo caso, el principal problema con estas garantías de seguridad es que Kiev quiere que Washington las firme antes de sellar ningún acuerdo de paz. Y Washington dice que no habrá garantías hasta que no haya pacto.