Durante la pandemia, miles de personas recibieron vacunas y, entre ellas, las basadas en adenovirus —como las de AstraZeneca y Janssen— fueron esenciales para frenar la mortalidad. Pero también generaron inquietud por un efecto adverso: la trombocitopenia inmunitaria inducida por vacunas (VITT), un trastorno grave caracterizado por coágulos sanguíneos acompañados de descenso de plaquetas.
Un estudio del The New England Journal of Medicine ha identificado por primera vez el mecanismo molecular exacto que provocó estos casos. El problema no estaba directamente en la vacuna, sino en una reacción inmunitaria excepcionalmente improbable en algunas personas. Cuando una vacuna entra en el organismo, el sistema inmunitario aprende a reconocer al virus fabricando anticuerpos.
El anticuerpo dejó de atacar al virus
En las vacunas de adenovirus, el cuerpo reaccionaba contra una proteína del propio vector viral: pVII. Este proceso forma parte del funcionamiento normal de las defensas y ocurre continuamente tras infecciones o vacunaciones. Sin embargo, en un grupo muy pequeño de individuos ocurrió un error biológico extraordinario.
Durante la «afinación» de los anticuerpos, una mutación microscópica denominada K31E cambió un solo aminoácido de la molécula defensiva. Eso provocó que el anticuerpo dejara de atacar al virus y pasara a reconocer una proteína propia de la sangre: el factor plaquetario 4 (PF4).
Al activarse contra el PF4, las plaquetas comenzaban a agruparse formando coágulos en lugares poco habituales, al tiempo que su número en sangre descendía. Ese fenómeno explicaba los trombos detectados en algunos vacunados y también por qué eran tan difíciles de prever. Los investigadores confirmaron que sin esa mutación concreta la reacción trombótica no aparecía.
¿Y por qué solo le ocurrió a unos pocos?
El estudio también aporta la respuesta a una de las preguntas más repetidas por los afectados: por qué solo le ocurrió a unos pocos. Casi todos los pacientes compartían una variante genética heredada llamada IGLV3-21*02. No provoca la enfermedad por sí sola, pero aumenta la probabilidad de que el sistema inmune cometa ese error cuando entra en contacto con el adenovirus, ya sea por vacuna o por infección natural.
Esto significa que el riesgo no dependía de la edad, el estilo de vida ni del estado de salud general, sino de una combinación improbable de genética y azar biológico. La gran mayoría de la población nunca desarrollará esa reacción aunque esté expuesta al virus o vacunada.