
En la biblioteca, detalle de una de las obras de la serie El canto del niño en la oscuridad.
Una imagen simbólica
Han sido intervenidos la biblioteca, el salón de baile, el salón de los Amores de los Dioses, el salón Estuardo y el salón del Gran Duque; pero junto al artista y Rumba (su perrita dachshund), los duques posan para AD en los salones de Eugenia de Montijo, tía de los Alba, que murió y aportó a este hogar vivo, no solo las piezas de su colección, sino esa valiosa aura energética que se masca entre sus paredes enteladas y que es el mejor ejemplo de lo que Sicilia quería conseguir con esta muestra de arte y densidad histórica. “En este salón hay una foto profundamente simbólica de la última emperatriz de los franceses. Aparece en el jardín del Palacio de Liria con gafas oscuras, junto al oftalmólogo Ignacio Barraquer, quien la había operado de los ojos. Poco después moriría allí, en 1920″, explica el artista.
“Esta escena concentra varios niveles de lectura: la mujer que encarnó el esplendor del Segundo Imperio, la estética de la visibilidad, del brillo, del espejo, aparece ahora protegida de la luz, recién intervenida en los órganos de la visión y a punto de morir. Hay algo casi órfico en esa imagen: la emperatriz que representó el apogeo de la escenificación imperial termina en un espacio cargado de retratos, espejos e historia, pero con la mirada cubierta. Sus gafas oscuras introducen una paradoja y al proteger su vista, también se la niegan. Es un gesto involuntariamente moderno, cuando el poder ya no mira; se retira de la luz. Aquí en este salón tenemos el ver, el espejo y la muerte. El espejo es tránsito, la mirada como riesgo y la visión como pérdida”.

Eugenia de Montijo y el doctor Barraquer, una fotografía icónica que puede verse en el palacio.
© Cortesía de la Fundación Barraquer