Cada vez que subimos una fotografía a la nube, enviamos un correo o consultamos una red social, activamos una infraestructura material de proporciones colosales. Los centros de datos, esos edificios herméticos que almacenan la información digital, produjeron 106 millones de toneladas métricas de CO2 en Estados Unidos durante 2023, acercándose peligrosamente a las 131 millones de toneladas que genera la aviación comercial doméstica, según un estudio de Harvard y UCLA publicado por MIT Technology Review, ocupan extensiones territoriales masivas y condicionan el desarrollo urbano de regiones enteras.
Marina Otero Verzier, arquitecta española galardonada con el Wheelwright Prize de Harvard y antigua directora de investigación en Het Nieuwe Instituut de Rotterdam, viene alertando desde hace años sobre la necesidad imperiosa de someter estas edificaciones a una revisión disciplinar. En una conversación reciente con la Casa de la Arquitectura, Otero cuestiona la inercia reactiva de la profesión: “La arquitectura muchas veces llega tarde y siempre vamos como cuando ha habido una transformación, pues luego ya nos intentamos adaptar y ver cómo intervenir ahí. ¿Por qué no lo vemos casi cuando está pasando y vemos desde la arquitectura cómo tenemos que trabajar en este contexto y adelantarnos incluso a ciertas innovaciones?”.