Presenta una selección de sus cuadros en la exposición ‘O latexo da luz’ (en castellano, ‘El latido de luz’), que puede contemplarse en la actualidad … en la Casa de Galicia. Sus obras representan «ese momento en el que recibes como un pequeño relámpago, una luz que te marca un camino que decides seguir». Así resume su proceso en el mundo de la pintura.
– ¿Qué puede ver el público que visite su exposición?
– Muchos paisajes. Empecé con el pincel, pero ahora uso la espátula, que le da una fuerza impresionante a las obras. Me inspiro en cosas que me rodean, como por ejemplo el faro de La Plata, la bocana del puerto de Pasaia y la naturaleza. Me gustan los árboles cuando tienen hojas y cuando están desnudos porque tienen su riqueza y unas formas interesantes a la hora de dibujarlos. Además, me da la impresión de que están esperando a la primavera con toda su paciencia.
«Le vendí cuadros a mi carnicero. Cuando me lo recordaba, yo le respondía que solo pude comprar un par de txuletas»
– ¿Y el mar? ¿Le inspira?
– Mucho. Me encantan el mar y el monte. En la exposición incluyo, además, escenas cotidianas, como unas sardinas o la ventana de un convento por la que entra la luz. Es uno de los primeros cuadros que pinté y representa la luz que encontré en mi camino. La fui siguiendo y me llevó a lo que ahora hago.
– Así que podría decirse que la exposición es un reflejo de su propio camino artístico.
– La verdad es que cuando empecé a pintar no quería hacer esto. Al principio, pensaba en pintar una manzana. Empecé en el Caserío Moneda pintando algún payasete. Luego quise saber más y me fui con Conchita Amato, que hacía una pintura muy suave, delicada. Me sirvió mucho. Aprendí que la manzana tenía más colores, aunque para mí, la sombra era negra. Más tarde, me fui a aprender con Julián Ugarte. Lo primero que hizo fue ponerme un problema. Casi no sigo con la pintura.
– Pero siguió…
– Gracias a Marisol Erice, que tiene su estudio en las faldas de Ulia. Allí estuve bastante tiempo. Fui muy feliz.
– ¿Por qué eligió la pintura?
– Estaba buscando ser persona. Desde que nació mi hijo, que es discapacitado, fui la esposa, la madre de la hija que está sana, la cuidadora del hijo que tiene un problema… ¿Y yo quién era?
– ¿Buscaba reencontrarse?
– Necesitaba darle salida a mi cerebro porque, de lo contrario, me habría hundido.
– ¿La pintura le sirvió de terapia?
– La pintura y la gente que me rodea. Buscaba socializar. En Ulia estaba tan contenta que le decía a Marisol Erice: ¿Si algún día me voy de Ulia, qué voy a hacer? Ella me tranquilizaba y me decía que siempre tendría Ulia.
– ¿Continúa pintando?
– Dejé de pintar cuadros durante un tiempo porque también supone un desembolso de dinero. Lo cierto es que no lo dejé del todo y me metí con la música. ¡Tocaba el acordeón y la gaita gallega!
– De un modo u otro, el arte se convirtió en su catarsis.
– Sí. Me ha servido mucho. Y después de un montón de años, retomé la pintura. A mi vecina de arriba se le murió la madre y me regaló un cuadro de ella. Era el típico que todos hemos tenido en el salón de casa, con árboles y agua. Aceptárselo me hizo volver a pintar.
– ¿Algo le removería por dentro?
– Debió de ser así. Al principio, tenía miedo. Pensaba que no iba a poder dar ni una pincelada.
– ¿Y pudo?
– Empecé a trabajar con la espátula con una seguridad increíble… ¡Y volví a Ulia!
– ¿De nuevo con su profesora?.
– Ahora ya es mayor, pero sigo yendo, aunque sea a hacerle compañía. Es una persona de la que he recibido tanto…
– ¿En qué está trabajando en la actualidad?
– Estoy transformando algunos cuadros que tengo de antes. Ya no hago la pintura tan lamida. En algunos mantengo la imagen, como en el caso de uno que hice inspirado en la sierra de Barbanza. Me parecía que no tenía garra y ahora no sé si me he pasado con ella. También tengo un muro con una buganvilla que parece que se va a caer. Le voy a meter la espátula de una forma…
– ¿Esta es la primera vez que expone su obra?
– Expuse hace tiempo en el bar Náutico. Cuando pintas, tienes la ilusión de mostrar tu trabajo. Recuerdo que Julián Ugarte me advirtió de que es un fracaso. Los cuadros gustan, pero a la hora de comprarlos… ¡No importa! La hice y me gustó. Sin embargo, para pintar, necesitas trabajar y trabajar. Fue así como le vendí cuatro cuadros a mi carnicero. Cuando me recordaba que pagó por mis obras, yo le respondía: «Calla, calla, que solo pude comprar un par de txuletas». Para sacar más dinero, también hice unas bailarinas copiadas en pastel que se rifaron en el bar Tximua de Trintxerpe.
– En definitiva, la pintura fue su salvación.
– La pintura me salvó a la hora de salir del agujero en el que me hundí. Me ha ayudado a encontrar una fuerza personal que me motivara para realizarme y cuidar de mi hijo. Ahora miro atrás y me siento bien. Me digo a mí misma: Qué valiente fuiste cuando decidiste cambiar.