Paquita López, uno de los rostros más conocidos por los transeúntes que recorrían a diario la Plaza de España de Palma, dejó este mundo el pasado día 9 de febrero.
Mujer de vida difícil, nunca perdió la sonrisa, como así explican quienes la conocían. «Era educada, nunca creó problemas. Si no podíamos darle nada, lo entendía», recuerdan desde uno de los establecimientos de la plaza, donde durante años fue una presencia habitual.
El pasado jueves la incineraron en el tanatorio de Son Valentí, situado junto al cementerio de Palma. Allí, su hermano Ramón pudo darle el último adiós antes de recoger sus cenizas al día siguiente. Emocionado, reflexionaba sobre su hermana: «La nobleza y la bondad nunca las perdió pese a las dificultades. No tuvo una vida fácil, pero siempre siguió siendo una gran mujer. Para mí ha sido la mujer más íntegra que he conocido».
Pero si alguien la conoció en su intimidad fue María —a quien Paquita llamaba siempre Mari— y su marido, David. Con ellos vivió durante años, primero en una caravana y después en una pequeña casa que levantaron «con nuestras propias manos», recuerdan.
«Ella me llamaba Mari. Siempre hemos estado juntos», cuenta María con la voz entrecortada. Se conocieron hace más de quince años, cuando Paquita aún vivía con su pareja. «Cuando él falleció, me dijo que se venía conmigo. Y así fue. Desde entonces no nos separamos».
Para María, Paquita era mucho más que una amiga. «Era como mi madre. Yo le he cambiado los pañales, la he vestido, le he comprado ropa… y lo he hecho con el corazón. Ha sufrido frío, hambre, malos tratos… pero era la mujer más guerrera y más resistente que ha existido».
En el último mes, la salud de Paquita empeoró. Fue operada en varias ocasiones —de un riñón, de la cadera— y, según explica María, «ella decía que tenía un tumor en la cabeza». Una ambulancia la trasladó desde su casa y, durante días, María no supo dónde estaba ingresada. «Pregunté, fui a hablar con la asistenta social, pero nadie me daba información. Y luego supe que, antes de morir, llamaba por mí. Eso me ha partido el alma».
Paquita falleció el día 9. La noticia llegó días después, a través de voluntarios de Cruz Roja. «Vino corriendo a decírmelo. Yo quería cumplir su voluntad, porque nadie la sabía mejor que yo», afirma María.
La imagen del DNI de Paquita.
Y su voluntad era clara: ser incinerada y que sus cenizas se repartieran entre el mar y Plaza España. «Quería que tirara la mitad al mar, porque decía que quería ser libre como los delfines. Y la otra mitad en Plaza España, cuando no hubiera nadie. Porque esa también era su casa. Y lo voy a hacer», promete.
Mujer luchadora
Su hermano Ramón comparte esa imagen de mujer fuerte y discreta. Adoptados cuando eran niños y separados durante años, el reencuentro entre ambos dejó una escena que él nunca olvidará. «Un día le dije: «¿Sabes quién soy?». Y me contestó: «Sí, eres mi hermano». Le pregunté por qué nunca me lo había dicho antes y me respondió: «Tú tienes tu vida y yo no tenía por qué inmiscuirme ni hacerte sentir avergonzado»». «Si eso no es de una mujer íntegra, que venga alguien y me lo explique», añade.
Ramón, que trabajó en ambulancias, se cruzó con ella en numerosas ocasiones sin saber que eran familia. «Le ofrecía un café o un cigarro como a cualquiera. Y cuando supe la verdad entendí muchas cosas». En 2015 sufrió un grave accidente de moto que lo mantuvo en coma casi un mes. «Mientras pudo, no falló ni un solo día en ir a verme al hospital. Con todas sus dificultades, venía cada día. ¿Cuánta gente con una vida cómoda hace eso?».
David también la recuerda como una mujer sociable y generosa. «Si cobrábamos nosotros o cobraba ella, nos íbamos los tres a desayunar o a comer algo. Y aunque no tuviéramos mucho, siempre sacaba 40 euros de donde fuera. Era cabezona, pero con un corazón enorme». Y destaca: «Su escuela era la calle, como la nuestra. Siempre lo repetía».
En Plaza España la escena se repitió durante años. Paquita se acercaba a las terrazas, hablaba primero, miraba a los ojos. «Prefería conversación antes que pedir nada», apuntan comerciantes de la zona.
María aún no se acostumbra a su ausencia. «Parece que la veo en todos sitios. Pero sé que está conmigo». Ya prepara una misa «como Dios manda» y conserva los folletos que repartirá en su memoria. «He vivido tantos momentos con ella… Nos hemos reído, hemos llorado, me contaba su infancia y yo la mía. Lo mejor que me pudo pasar fue conocerla».
Plaza España pierde con su muerte a uno de sus rostros más reconocibles. Una mujer que dejó una huella profunda en quienes compartieron con ella un café, una conversación o un gesto de humanidad. Prueba de ello, la gran conmoción que su fallecimiento causó en redes sociales. Y es que fueron muchos los mallorquines y turistas que tuvieron la suerte de compartir un rato con ella. DEP Paquita.