Paolo Galbiati salió a la carrera del parquet tras el bocinazo final, el saludo protocolario y respetuoso al entrenador rival y el abrazo con todo … su cuerpo técnico. Esquivó a los miembros de seguridad, el cordón que se empezaba a instalar y saltó a la grada. Salvó la valla y a todo aquel que se le abalanzaba les pedía un momento. «Luego, luego, por favor». Su objetivo estaba en sus padres. En abrazar a sus progenitores y cerrar el círculo de la final.

«Empecé mi carrera con muchos palos en las ruedas, pero hoy estoy muy emocionado», expresó después ante el micrófono de la televisión con derechos. «No sabes ni lo que significa. Es una sensación increíble», declaró. «Antes de empezar la Copa creía en que la ganaríamos porque es un muy buen grupo de jugadores. Los he tratado de convencer de pensar en un objetivo común. Soñaba esto desde el primer día», cerraba en su primer análisis.

Acudiría por dos veces a la sala de prensa. La primera, para esperar a Trent Forrest, el MVP de final. Se abrazó con un periodista italiano. «Cuando fiché por el Baskonia, me dijo que ganaría la Copa ante el Madrid. Es un visionario». Después se sentó, cogió el móvil, pidió la clave del wifi e hizo una videollamada con su exjugador en el Trento, Quin Ellis, ahora en el Milán. En 2025 ganaron la Copa juntos y en 2026 lo hacen por separado. Pero unidos por la tecnología.

Como Forrest no llegaba, los trabajadores del Baskonia se le llevaron al vestuario, a celebrar con el equipo todos juntos.