Llega esta película brasileña cargadita de premios: en Cannes al mejor director (Kleber Mendonça Filho) y mejor actor (Wagner Moura), dos distinciones en los Globos … de Oro, cuatro candidaturas al Oscar… Y basta con asistir a su primera escena para concluir que sí, que se merece todos los premios, y para olvidarlos y dedicarse a disfrutar con un cine de alta densidad.

En esa primera y magistral escena hay un hombre, el protagonista, que vuelve, o huye, o más bien las dos cosas, con su cuatro latas amarillo y aparca en una gasolinera perdida. Hay un cadáver sobre el suelo cubierto con un cartón. Nadie ha ido a recogerlo, porque es Carnaval. Nadie le hace caso, menos el gasolinero, por motivos comerciales. Tampoco los policías, que llegan y se desentienden del cuerpo. Ellos sólo van a sacarle algo al protagonista, si no puede ser una multa, por lo menos un donativo para «el Carnaval de la Policía». Ahí, en ese ambiente, en esa gasolinera con las moscas revoloteando sobre un cartón, está todo, la cotidianidad inquietante de un país, la desidia inmoral de un mundo.

‘El agente secreto’ toma los moldes del thriller de espionaje, aunque propiamente no pueda adscribirse a tal género. Hay alguien con una doble identidad (Marcelo / Armando), una red de apoyo a un grupo de gentes que huyen, carnets falsos, alguien que encarga el asesinato de otro alguien… pero a Kleber Mendonça Filho (‘Aquarius’) le interesa más la descripción de una época, los años 70 en Brasil, y de las cicatrices que deja toda dictadura.

Incluso cuando parece irse de tema y de tono (¿la pierna peluda?), Mendonça ofrece un cine con intención, trabajado, absorbente, con su propia cadencia, alrededor de una memoria esquiva que nos hace buscar como quien sigue huellas de sangre sobre el suelo.