Todo ocurrió a la velocidad de un suspiro. «¡Quieto todo el mundo, al suelo!». Así, a voces y pistola en mano, accedió al Congreso de los Diputados el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero el 23 de febrero de 1981. Y así arrancó … un golpe de Estado que, creía el oficial, daría un giro de timón a España con ayuda de una supuesta «autoridad militar competente» que nunca se personó en el Hemiciclo. Un gran traidor a la democracia que hoy ha vuelto a ser alumbrado por los focos de la actualidad después de que el Gobierno haya confirmado que desclasificará, este mismo miércoles, documentos sobre el episodio. ¿Sabremos, por fin, quién era el ‘elefante blanco’?

Dicen los expertos que, por aquel entonces, el ruido de sables de España (descontento castrense, que diríamos hoy) era ensordecedor. En nuestras fronteras morían de media al mes más de una decena de militares por los atentados de ETA y se vivía una fuerte crisis económica y política. Suárez tampoco ayudó a rebajar la tensión al firmar la legalización del Partido Comunista en 1977, una línea que, entre bambalinas, había prometido no cruzar a los sectores más reaccionarios de las altas esferas. «La legalización del PCE fue uno de los acontecimiento más relevantes, tensos y decisivos de la Transición. Las reacciones más virulentas vinieron de la derecha y de la cúpula militar», explica Juan Andrade en ‘El PCE y el PSOE en (la) Transición’.

Por todo ello, y por otras tantas cosas, el líder de Unión de Centro Democrático fue tajante cuando anunció su dimisión el 29 de enero de 1981. «No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos, en los que uno debe preguntarse serena y objetivamente si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él», dijo en su discurso de despedida . Suárez sabía que pintaban bastos. De hecho, por entonces ya había dicho que no le extrañaría que el país sufriese un nuevo golpe de Estado. «No descarto que lo haya. Y si lo hay, Armada habrá sido su inductor», proclamaba. Se refería al entonces segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército: Alfonso Armada, antiguo secretario del monarca.

Los temores de Suárez se cumplieron el 23 de febrero cuando, de dos autobuses alquilados, bajaron una cuarentena de Guardias Civiles al mando del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. El mismo sujeto que, apenas un año antes, había sido condenado por urdir otro complot contra la democracia en la llamada ‘Operación Galaxia’. A las seis de la tarde, oficial se subió al estrado del Hemiciclo del Congreso de los Diputados ante el asombro de unos y la resignación de otros. Como un resorte, el vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado, se levantó para llamar al orden al invasor. Indignado, se encaró con Tejero. Hicieron falta varios golpistas para hacerle cejar en su empeño.

Locura en el Congreso

Los siguientes minutos los pasaron sus señorías de cara al suelo. Las armas son las armas. El trasiego de uniformados se generalizó en la sala, y su obsesión por el silencio informativo quedó claro. «No intentes tocar la cámara, que te mato», espetó uno. A pesar de todo, la valentía de los periodistas permitió que, a posteriori, todo el mundo escuchara las palabras del capitán Jesús Muñecas Aguilar, subordinado de Tejero: «Buenas tardes, No va a ocurrir nada, pero vamos a esperar un momento a que venga la autoridad militar competente para disponer… lo que tenga que ser y lo que él mismo diga a todos nosotros. O sea que estense tranquilos. No sé si será cuestión de un cuarto de hora, veinte minutos, media hora.. me imagino que no más». Esa autoridad militar jamás se personó.

Mientras los muchísimos militares y policías leales al gobierno rodeaban el Congreso al mando de José Luis Aramburu Topete (director general de la Guardia Civil), Juan Carlos I inició una extensa ronda de llamadas a todas las Regiones Militares dejando claro su total apoyo a la democracia y tratando de evitar una posible sublevación general favorecida por el desconcierto. En esa ruleta de contactos también entró Jaime Milans del Bosch, quien no hizo caso en primer momento a sus órdenes. La tensión iba en aumento. Y desde la Zarzuela solo podían pensar en la División Acorazada Brunete, la principal fuerza mecanizada ubicada en Madrid. Si esta unidad movilizaba sus carros de combate, sería más que difícil parar el envite.

En busca del ‘elefante blanco’

¿Quién era esa autoridad militar competente? Fuera de los papeles oficiales se cree que Alfonso Armada, un militar que presuntamente intentaba, desde hacía meses, posicionarse como futuro líder de un gobierno de concentración. Es decir, de un conglomerado formado por militares y civiles tras un posible golpe de Estado. La versión más extendida sobre quién fue el verdadero arquitecto del 23-F dice que este oficial tejió una intrincada tela de araña que le permitiera tomar el poder del país por la puerta de atrás. Y todo ello, traicionando de paso a Juan Carlos I, con quien había trabajado durante casi dos décadas. Su primer paso habría sido fomentar las ansias del impulsivo Tejero por dar un golpe de timón quitándose de en medio a los políticos.

¿Cómo les convenció de que era posible cambiar el rumbo del país mediante la fuerza? Al parecer, confirmándoles que su gran amigo, el Rey, estaba de su lado y que ambos dirigirían juntos la ofensiva del 23 de febrero desde Palacio. Una teoría que quedó destrozada cuando el general José Juste, el oficial al mando de la Brunete, llamó a la Zarzuela para preguntar por él: «¿Armada? Ni está, ni se le espera», le explicaron. Les faltó decir también que había pedido ver a Juan Carlos I en reiteradas ocasiones ese día y que este se había negado. No le dejó estar a su lado, pues cada vez sospechaba más de que era uno de los artífices de todo aquel jaleo. Dicha respuesta valió que los carros no salieran a las calles de Madrid.

«Buenas tardes, No va a ocurrir nada, pero vamos a esperar un momento a que venga la autoridad militar competente para disponer… lo que tenga que ser y lo que él mismo diga a todos nosotros»

Esta misma versión afirma también que Armada, herido por no poder seguir adelante con el plan, se presentó en la puerta del Congreso por voluntad propia, y sin el beneplácito del monarca, para negociar con Tejero su abandono del Hemiciclo. A eso de las 23:50 accedió al edificio junto a Aramburu Topete, que salió en solitario de allí media hora después. En el interior, el supuesto artífice del golpe habría propuesto a Tejero formar un gobierno de concentración militar y civil dirigido por él mismo, tal y como ansiaba desde hacía tiempo. Sin embargo, la respuesta del teniente coronel habría sido negativa, pues no andaba deseoso de compartir el poder con los comunistas contra los que tanto había combatido.

Así fue como el sueño de Armada de tomar la poltrona habría sido destruido. Su plan de quedar al frente de España pareciendo un héroe (ayudando al país cuando su poder democrático se hallaba preso) se habría esfumado. Con todo, esta es una teoría que el general siempre negó antes de fallecer en 2013, después de cumplir a medias su condena. El secreto de lo que verdaderamente sucedió murió con él. Lo mismo que las teorías que afirman que ese ‘elefante blanco’ era Juan Carlos I. Con todo, también se barajaron otros nombres como el del propio Jaime Milans del Bosch o el general Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, un destacado de Suárez que escribió un artículo poco antes del 23-F llamando al alzamiento. Incluso se llegó a nombrar a algunos civiles que podrían haber pisado la sala aquella fatídica jornada, algo que no tendría mucho sentido debido a que Muñecas afirmó que sería una «autoridad militar».