Perderse o encontrarse. Adentrarse en las composiciones y no saber hacia dónde llevan los pasos. «De eso va un poco esta exposición», dice Lau Rodríguez. … Ella es la mano y la mente tras ‘Dreams, lights & gods’, la muestra que hasta comienzos de marzo se puede visitar en la santanderina Galería Siboney.

Con diversas representaciones, que van del lienzo al dibujo, la escultura y la instalación, la selección de obras, nada sencilla, «sigue la línea de los trabajos anteriores», sin una frontera definida cual muro conceptual. «O quizá –explica– yo sigo estando en ese mundo de naturaleza y seres que ahora juega más con lo onírico». Define senderos hacia bosques «llenos de vida», frondosos, «pero también oscuros».

Un niño, de espaldas, observa uno de esos bosques, quizá inconsciente, quizá valiente, «se atreve a entrar a ver qué es lo que encuentra, entre todos esos seres que juegan con los sueños, con las pesadillas, con la mitología». No hay demasiado de autobiográfico en los escasos humanos representados. «Todo lo que ha salido no es fruto de elegir premeditadamente de qué voy a hablar».

En el trabajo de Rodríguez influye mucho el proceso del tiempo. «Soy muy lenta y, cuando comienzo, no tengo ni idea de qué va a salir, si va a funcionar; me siento a pintar, me enfrasco en ello y se van desarrollando cosas que parten del subconsciente». Así, hasta que no lo reúne todo para enseñárselo a otros ojos, no sabe qué hilo conductor tiene.

Como el niño frente al bosque, a cada obra, un paso más que lleva a las siguientes. «El dibujo es mi lenguaje» –afirma la pintora que, de hecho, se comunicaba sobre papel desde muy pequeña– Irá evolucionando, enriqueciéndose, transformándose, porque estoy viva».

Siempre ha trabajado con la naturaleza, y desde que se instaló en Cantabria, esa fuente de inspiración ha crecido con más fuerza e intensidad. «Antes figuraba de una forma más ornamental, más en segundo plano y aquí se ha vuelto rotunda». Toma su lugar «como una explosión de esa exuberancia y de cómo de un palo seco brotan infinidad de cosas, van mutando y generando nuevos seres», detalla mostrando sus pinceladas.

En paralelo, desaparecen las palabras, las frases veladas o evidentes que acompañaban a sus personajes. «No eran necesarias porque es más narrativo sin serlo; paseas encontrando nexos en un solo ambiente».

Flexibilidad y criterio

Al ir permitiendo que las ideas cobren vida sin ponerles cercos, las obras también eligen el soporte en el que van a mostrarse. Quizá comienzan siendo un dibujo, fluido, que se va desarrollando y pasa a un lenguaje más complejo y tridimensional. Y viceversa. El espectador podrá observar varios ejemplos de esta multiplicidad. Lau Rodríguez no trabaja con bocetos, combina creaciones que evolucionan al ritmo del aire que las va secando. Puede volver a retomarlos «después de años» y es «una intuición» la que le dice cuando parar. Del inicio al final ella misma se lleva sorpresas mientras «van mutando en el proceso».

Frente a esa flexibilidad, la creadora madrileña da «mucho valor al proceso técnico», a los materiales; «estoy muy encima del tipo de telas, su preparación, los barnices y sus técnicas, de experimentar». Para ‘Dreams, lights & gods’, añadió la cerámica «que no había hecho en mi vida». Reconoce que cada vez le gusta más «todo lo que es el oficio artesanal». Reutiliza y reinventa multitud de soportes, tratando de que sean naturales. En su horizonte está, de hecho, trabajar con textiles y tiene ya un buen montón de lanas listas para una nueva vida. «Puede que me lleve a trabajar más con la materia, pero todavía soy demasiado figurativa», afirma sin prisas.

Madrileña asentada en Cantabria, Rodríguez pasó varios años en México. Allí su tendencia al dibujo en blanco y negro dejó paso a un universo cromático, impregnado además de alebrijes y artesanía, fantasías que hoy son parte de sus creaciones, alejadas de tendencias. «Trabajo con colores muy saturados, con muy poca pintura y mi soporte de mezcla es el propio que pintar».

Sobre uno de sus dibujos ya terminados, decidió verter cera caliente. Con cierto susto al ver cómo el papel se iba combando al endurecerse la cera, pero satisfecha con el efecto resultante, que, de hecho cuelga de la pared de Siboney. «Eso es lo bonito; de los accidentes salen grandes sorpresas muchas veces y si no te atreves, nunca vas a descubrir que puedes llegar más allá». Esa es, a su juicio, la clave para un creador: «Seguir investigando, observando, probando, porque si sigues siempre con la misma fórmula, estás produciendo más que creando», argumenta.

Recurrente en los últimos tiempos, aparece en la conversación la inteligencia artificial, que valora como «una herramienta potentísima» no solo en el arte sino en campos como la medicina o la ingeniería. Considerarla una amenaza «depende del proceso de cada uno –señala– Si a alguien solo le interesa el resultado la IA le va a facilitar llegar, pero si para tener ese resultado necesitas un proceso de investigación, de divagación, el fruto de lo que tú has caminado, ahí no sirve de nada».

En el intercambio entre creador y espectador que representa una exposición, le parecería interesante que hubiera un vídeo o entrevista documental que plasmase ese trabajo previo, dando contexto a las piezas terminadas, «que son como capas de cebolla y aunque se vayan cubriendo unas con otras dejan unas veladuras, que si uno sabe observar, se pueden ver».

El montaje es una etapa fundamental. «Es cuando ves realmente la obra», fuera del estudio, donde habita con otros trabajos previos. «Como si fuera un cubo blanco que vas a moldear, lo que estaba dando vueltas en tu cabeza, se asienta». Todas las piezas que se pueden ver en Siboney «tenían que estar». Solo hay que cruzar la puerta y adentrarse en su universo de sueños, luces y dioses.