Para un internista pocas cosas resultan más frustrantes que tener que responder a esta incómoda pregunta: «Oye, ¿a qué os dedicáis exactamente los internistas?». Sí, se puede hablar de la visión integral del paciente, del enfermo pluripatológico o incluso del Dr. House, pero convengamos que es más fácil explicar qué hace …
Para un internista pocas cosas resultan más frustrantes que tener que responder a esta incómoda pregunta: «Oye, ¿a qué os dedicáis exactamente los internistas?». Sí, se puede hablar de la visión integral del paciente, del enfermo pluripatológico o incluso del Dr. House, pero convengamos que es más fácil explicar qué hace un cardiólogo o un traumatólogo. Creo que esa dificultad en la definición de lo que somos es una de las razones por la que los internistas reciben menos atención de la que merecen.
Sin embargo, más allá de las percepciones están los datos, y estos reflejan la creciente relevancia de los internistas en nuestro sistema sanitario. En la actualidad, más de una de cada cinco altas hospitalarias en España se produce en los Servicios de Medicina Interna. Y la tendencia sigue al alza: desde el año 2000, el crecimiento anual medio de las altas en estos servicios ha sido del 3,8 %, frente al 1,5 % del conjunto del Sistema Nacional de Salud.
Esta evolución no responde a ninguna decisión administrativa ni corporativa. Simplemente, los pacientes ancianos, frágiles, con varias patologías crónicas y polimedicados ingresan cada vez con más frecuencia en nuestros hospitales, y encuentran una mejor respuesta a sus problemas de salud en el entorno de la Medicina Interna. Esto no significa que otras especialidades no atiendan a estos pacientes en muchas circunstancias. De hecho, un buen internista aprende pronto la necesidad de integrar a otros especialistas en el manejo de sus enfermos. Pero no cabe duda de que la formación y las habilidades clínicas del internista se adaptan especialmente bien a este nuevo escenario.
No parece que esta tendencia general vaya a revertir en el futuro; más bien al contrario, todo apunta a que se intensificará. Conviene recordar que España tiene una de las esperanzas de vida más altas del mundo y que las generaciones del «baby boom» nacieron entre ocho y diez años más tarde que en la mayor parte del mundo occidental y, por tanto, todavía no han alcanzado plenamente la franja de los 65-70 años.
Creo que estamos en un momento crítico, en el que la sostenibilidad de nuestro sistema sanitario está amenazada. En este contexto, los internistas tenemos mucho que aportar. Nuestra versatilidad, flexibilidad y capacidad de integración en equipos multidisciplinares forman parte de nuestra esencia. El papel que muchos internistas españoles desempeñaron en los inicios de la epidemia de SIDA o, más recientemente, durante la terrible pandemia de COVID 19, es buena prueba de ello.
Además, cada vez con mayor frecuencia los Servicios de Medicina Interna ofrecen programas de asistencia compartida en áreas tanto médicas como quirúrgicas, rompiendo las tradicionales barreras entre servicios. Estas experiencias apuntan en la dirección correcta: concentrar los recursos disponibles en lo que aporta valor real a los pacientes.
En cualquier caso, desde mi posición actual como jefe de un Servicio de Medicina Interna, no saben cuánto valoro estar rodeado de un grupo de excelentes médicos que nunca dicen: «Este paciente no es de lo mío». Ojalá nuestras autoridades sanitarias sepan valorarlo del mismo modo.
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