Ahora hace ya un tiempo que apenas se la ve, pero hubo una época en la que Carmen Martínez Bordiú, nieta del dictador Franco, aparecía un día sí y otro también en los medios. Las cuatro revistas clásicas del corazón siguieron de cerca los primeros pasos de aquella joven, nacida en el Palacio de El Pardo hace ahora justo 75 años y criada entre algodones, cuya infancia y adolescencia iban a formar parte de la maquinaria propagandística del franquismo. La madrileña, la mayor de los siete hijos de Carmen Franco y Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, ha comentado alguna vez que estaba mimada por su abuela, Carmen Polo, y que no veía demasiado a sus progenitores, que entonces tenían una vida social muy activa, por lo que quien realmente hizo el papel de educadora fue su nanny británica. “Mis hijos dicen que no estuve a su lado lo suficiente”, reconocería luego la propia Carmen Franco. “Seguramente no fui la madre que ellos esperaban. Reconozco que no he sido cariñosa, no tengo ni idea de cómo serlo. No me enseñaron. Descargué toda la responsabilidad en Nani, que ha sido la madre y el padre de mis hijos”.

La nietísima fue educada en casa y, más pronto que tarde, decidió escapar de aquella especie de jaula dorada en que se convirtieron para ella los muros de El Pardo. Tras pasar una temporada estudiando en Suiza e Irlanda, regresó a su país natal, donde hizo un curso de secretariado internacional y trabajó en las oficinas de Iberia. A finales de los sesenta fue presentada en sociedad, en el transcurso de una velada celebrada en la finca de Valdefuentes, y no mucho después encontró la amistad en una joven filipina, recién llegada a Madrid desde Manila, que respondía al nombre de Isabel Preysler y entonces salía con el cantante Julio Iglesias. En aquellos tiempos, Carmen empezó a verse con el atractivo jinete Jaime Rivera, su primer novio, pero esta historia no le hizo gracia a su padre, que veía mal que su hija saliera con un hombre sin título nobiliario. Después de eso, se escapó a la Costa Azul con un príncipe, Fernando de Baviera, que sin embargo estaba casado, lo que según Pilar Eyre en su libro La reina de la casa enojó a su gente: “Franco envía a buscarla a su yerno, el marqués de Villaverde, que se la trae cogida de la oreja mientras amenaza a Fernando de Baviera con una denuncia por rapto y adulterio”.

El marqués de Villaverde resolvió llevar a su hija a visitar a un buen amigo de la familia a Estocolmo. Se trataba del aristócrata Alfonso de Borbón, nieto de Alfonso XIII, que en esos tiempos ejercía como embajador español en la capital de Suecia (algo así como un premio de consolación de Franco por haber elegido a don Juan Carlos y no a él “sucesor a título de rey”). Alfonso y Carmen empezaron a salir enseguida y su boda, celebrada en marzo del 1972, supuso la culminación de una historia que fue objeto de muchas especulaciones por parte de periodistas para los que aquello obedecía a un plan orquestado por dos familias hambrientas de estatus. “Durante años, Carmen Martínez Bordiú, al ser preguntada por los intereses políticos detrás de su enlace con Alfonso de Borbón, los negó”, apunta el periodista de investigación David González en su libro La familia Franco, cincuenta años después. “Puede que en su fuero interno a Carmen se le escaparan las circunstancias de esa boda. Tenía veintiún años y vivía una relación que, por primera vez, era apoyada por su padre. Además, como muchas mujeres de su generación veía en el matrimonio la única posibilidad de salir de casa y hacer su vida”.

La pareja tuvo dos hijos, Fran y Luis Alfonso, y antes de que naciera el segundo abandonó El Pardo y se instaló en un piso en la calle San Francisco de Sales, regalo de la abuela, lo que convirtió en vecinas a Carmen e Isabel Preysler. Alfonso, que tras contraer matrimonio fue beneficiado con el título de duque de Cádiz, mantuvo por un tiempo la esperanza de que Franco cambiara de opinión respecto a lo decidido para su sucesión. Pero aquello no llegaría a suceder. De hecho, apenas unos meses después de que viniera al mundo Luis Alfonso, mientras se encontraba en un crucero, la nietísima posaría sus ojos en un anticuario francés, Jean Marie Rossi, y al regresar a su casa madrileña, estando a punto de trasladarse a un chalé en la lujosa zona de Puerta de Hierro, le dijo a su esposo que se había enamorado de otro. Escuchar eso de “me marcho a vivir a Francia con él” le rompió el corazón a un Alfonso que nunca superaría la sensación de que las amigas divorciadas que frecuentaba su mujer tuvieron mucho que ver en sus confesas ansias de libertad. “No me encontraba suficientemente madura ni preparada”, diría ella ante el juez que anuló su matrimonio religioso. “Yo he tenido tantos problemas y tantas dificultades por parte de mi padre al salir con un chico normal que, no conociendo yo personalmente a Alfonso en la intimidad, al dársele tantas facilidades, me vi como liberada. Me he movido, o mejor dicho, me han hecho moverme en una atmósfera ficticia e irreal, aunque mi educación fue normal”.