El Museo de Bellas Artes de Murcia (Mubam) ha prorrogado hasta el 8 de marzo la retrospectiva del pintor y escritor Fulgencio Saura Mira (Murcia, … 1938), «la mejor exposición sobre mi trayectoria», defiende el artista en una conversación este jueves con LA VERDAD. Estamos ante un capitán de fantasías, cautivado desde siempre como veraneante por la Huerta y el Mar Menor, con su caprichoso telón de fondo renovado a diario por la aparición y huida de la estrella luminosa. Saura Mira está, a sus 87 años, con el corazón roto: hace siete meses falleció Mila su compañera por más de seis décadas, testigo y protagonista de su trayectoria y con la que vivió «una felicidad envidiable». A ella le dedica en el catálogo de la exposición un texto imprescindible para comprender su historia. Ella duerme en cada pincelada.
Saura Mira es un hombre con una querencia poco común por la gran cultura. Sus referencias literarias y pictóricas suelen andar por bibliotecas, archivos y museos. No se prenda de cualquiera. Esta retrospectiva, comisariada por Martín Páez, director de la Real Academia de Bellas Artes Santa María de la Arrixaca de Murcia, y coordinada por Juan García Sandoval, sorprenderá a los que esperan encontrar en el Mubam sus escenas costumbristas, pues estamos ante un taumaturgo del color y aquí hay muchas obras de reflejos impresionistas. «En mi piscina de la casa de campo de Los Conejos he trabajado esos cuadros grandes de color, como si fueran mosaicos de color rectangulares y horizontales. A mí me ha encantado siempre el impresionismo, la pincelada ovalada de Vincent van Gogh, o las páginas de las obras de Marcel Proust, que en su manera de describir el mundo parece Manet». Dice que eso a la gente ya no le gusta, «y es quizás porque no saben saborear una melodía musical».
–Hubiera encajado muy bien en ese grupo de los impresionistas…
–Me hubiera encantado, yo he sido muy incomprendido entre la gente. Pintar no es copiar del natural hasta el último detalle, sino ser uno mismo; pintar es más bien reflejar lo que a ti te interesa.
–Un crítico le dijo a su padre [Saura Pacheco, su maestro, junto a Almela Costa] que su hijo, refiriéndose a usted, le estaba pisando los talones… sabía de su talento.
–No sé si fue Antonio de Hoyos, y aunque se lo decían cariñosamente, mi padre le contestaba, «menos mal que es mi hijo y que no es otro, porque si no me da envidia, pero mi hijo puede hacer lo que quiera en el arte». Efectivamente, yo he hecho todo lo que he querido, incluso pintura negra o goyesca, y me he movido por distintos estilos sin miedo. Simplemente llevado por mi sentimiento. Es verdad que he hecho mucha obra costumbrista, toda Murcia debe tener una acuarela mía. He hecho muchas obras de catedrales, sí, y eso sé hacerlo. Pero me gusta hacer obras con manchas, como hacía Monet en Rouen.
–¿Todo es pintable?
–Sí, todo. Un bello atardecer en San Javier, una pared o una higuera. Eso lo he aprendido a base de pintar, y saliendo mucho a la naturaleza. Martín Páez dice que yo puedo pintar cualquier cosa. Y ahora me gusta hacer cosas más sencillas, no estar tan apegado al árbol y a la casa. Hay gente que echa de menos en la retrospectiva que no haya pintura costumbrista, con anotaciones decimonónicas, y no está porque lo he querido hacer yo de mala fe. Porque la pintura no es aburrirse, sino jugar. Ahora tengo ya otras ideas. Hay gente que se ha quedado en lo otro porque tengo otras cosas que decir a la gente. A mí esos reflejos, esas manchas, me dicen cosas.
–La muerte de Mila le ha dejado con el corazón roto. ¿Cómo está?
–Hay días que se me cae la casa encima. Porque, como digo en el texto del catálogo, ella fue amiga, esposa y musa, y sé que donde te encuentres siempre estarás en mi corazón. Hay que seguir viviendo, no me queda otra.
–Dice usted que el color es la base, como una nota musical.
–Yo he jugado con el color, la naturaleza es color, y yo me siento muy próximo a ella. Delacroix decía que el cuadro es una fiesta de color, y cuando el cuadro no es una fiesta es que no dice nada. El arte, ciertamente, lo supera todo. Hay unas acuarelas que hice en París, tengo 15 o 20, y que le encantan al comisario, y he pintado días de nieve, muchachas en los balcones, bodegones… yo he trabajado libremente, y he buscado siempre mi autosatisfacción.
–Sigue pintando a diario.
–Sí, sigo haciendo acuarelas, investigando con el color. Busco temas ya muy concretos, una pareta por ejemplo y el detalle del sol en una rama, voy buscando la síntesis, los contrastes del verde, cosas así. Puedo decir que yo he vivido la vida estéticamente, viendo arte donde la gente no veía nada. Mila, mi mujer, se llenó de mí, y he sentido un desgarro, tanto dolor, que no he podido aguantarlo por momentos, hubo momentos en que quería irme, no tomaba las medicinas, no comía… Ahora estoy mejor, trabajando en un lienzo sobre los humedales de Fortuna y la Rambla Salada para una muestra de humedales de la Región de Murcia que se está montando.
–Cuando salía a pintar por ahí, ¿qué es lo que solía hacer Mila?
–Si salíamos en coche al mar, mientras yo pintaba ella buscaba en la playa piedras con forma de corazón. Tengo muchísimas, no sé qué hacer con todas ellas. Hemos viajado mucho por Europa, yo montaba el caballete en las esquinas. En París la policía me pedía que me apartara del gentío que se arremolinaba alrededor.
–Usted pensó en vivir del arte en París. Probó suerte con José María Párraga. Y no aguantaron.
–Nos dieron una beca, aguantamos quince días. Fue duro. Nos volvimos porque no nos daba para más.
–La sociedad hoy no aprecia la belleza. Parece que no importa.
–Falta en la sociedad de hoy, tan poco dada a la ética y la estética, que aprecie la belleza de las cosas. Yo me considero un romántico, porque me gusta el árbol viejo, la gaviota que pasa, el sonido del mar de noche, la ópera… en ese sentido soy muy proustiano, estoy apegado a la memoria más inmaterial. Me gusta lo sentimental, la metáfora, la descripción de las cosas…