Antes de empezar a trabajar en Manon Lescaut, Giacomo Puccini era un compositor con talento, pero con un futuro incierto. Pero justo después de su estreno en 1893, y sin haber cumplido todavía treinta y cinco años, su perfil cambió: Puccini emergió como la nueva superestrella mundial de la ópera, el heredero natural de Giuseppe Verdi. Fue entonces cuando desplegó por primera vez todo su poder y los rasgos más reconocibles de su estilo: melodías inmortales, gran fuerza orquestal, un poderoso sentido dramático y personajes creíbles, con un énfasis especial en la dimensión heroica y trágica de sus protagonistas femeninas. La producción de Manon Lescaut que ahora llega al Liceu, con la firma de Àlex Ollé, actualiza esta historia apasionante y renueva la figura de Manon como arquetipo válido en el siglo XXI.

“Manon Lescaut, estrenada en 1893, fue el primer gran triunfo de Giacomo Puccini, la obra de impacto con la que comenzó una larga carrera de treinta años de éxitos continuos”

No es ningún secreto que el público siente, y sentirá para siempre, un amor incondicional por las óperas de Giacomo Puccini. La explicación es sencilla: sus melodías llegan al fondo del alma, su música es cálida y rica en colores orquestales, y sus historias están llenas de pasión, dolor y muerte. Pero hay un hilo conductor que unifica todas sus obras maestras: el gran cuidado que siempre puso en sus personajes femeninos, heroínas que amaron como nadie y pagaron trágicamente el alto precio de sus emociones. Pero antes de que nacieran Mimì, Tosca o Butterfly, hacía falta que hubiera una primera mujer que sentara las bases del modelo pucciniano. Y esa mujer fue Manon Lescaut, la protagonista de su primer gran éxito en 1893, el comienzo de un reinado de más de treinta años en la lírica mundial.

Una Manon a la italiana, de carne y hueso

En 1889, después del estreno de Edgar —su segunda ópera, un fracaso moderado que estuvo a punto de truncar su prometedora carrera como sucesor de Giuseppe Verdi, y que él atribuyó a la debilidad del libreto—, el joven Giacomo Puccini tomó una decisión drástica: ya no trabajaría más por encargo, sería él quien decidiría en qué historias pondría música, y planteó a su editor, Giulio Ricordi, una jugada arriesgada: volver a contar la historia de Manon Lescaut, una novela francesa de principios del siglo XVIII escrita por el abad Prévost, llena de aventuras y de amor prohibido, y que aún tenía un gran éxito.

El riesgo era que Manon Lescaut ya se había llevado a la ópera unas cuantas veces, y la última, en 1884, con el título abreviado de Manon y la firma de Jules Massenet, había obtenido un triunfo clamoroso. Nadie con juicio habría llevado adelante este plan, pero Giacomo Puccini lo tenía claro: estaba obsesionado con la protagonista de la novela, consideraba que Massenet la había presentado como una joven de carácter volátil, y él se veía capaz de presentar otra Manon, más fuerte, atormentada por sus pasiones, y que tendría una muerte inolvidable. Quiso presentarla “a la italiana”, de carne y huesos, conflictiva y real. Contra todo pronóstico, Puccini triunfó y superó a Massenet. Su ópera siguiente ya fue La bohème (1896), la confirmación completa de su genialidad, y una muestra más de su talento especial para expresar la fuerza de los primeros amores de juventud.

Fidelidad absoluta a la historia

Uno de los aspectos en los que Giacomo Puccini se mostró inflexible al abordar Manon Lescaut fue el libreto, que quería que fuera fiel a la novela de Prévost, algo que Massenet no había respetado. La creación del texto fue toda una aventura: en la redacción participaron más de cinco personas, Puccini pidió cambios sin parar —una constante en su manera de trabajar que se mantuvo hasta Turandot—, e incluso lo revisó en 1924, poco antes de morir. Lo que más le interesaba de la personalidad de Manon era su mezcla de fidelidad e irresponsabilidad: como personaje, representa a la mujer que busca el placer, y por ello es apasionada en el amor, pero a veces no se da cuenta del daño que provoca con sus acciones.

La producción de Àlex Ollé se pregunta qué tipo de mujer sería hoy Manon Lescaut, y nos la presenta como una refugiada sin papeles, que busca seguridad en un nuevo país.

La historia comienza con el encuentro de la pareja principal, el caballero Renato Des Grieux —un joven temperamental de buena familia— y Manon, una joven también indisciplinada que su padre ha enviado a Rouen para que entre en un convento. En el viaje la acompaña su hermano, Lescaut, y un hombre mayor, Geronte, que intenta atraerla con el dinero que posee. Pero Des Grieux se le adelanta: se enamora de Manon, le pide que huyan juntos y se lanzan a la aventura. Aun así, ella tiene una debilidad: le apasiona el lujo, codicia la seguridad y la estabilidad económica. Y en el segundo acto, sabemos que ha cambiado a Des Grieux por el rico Geronte. Ella, sin embargo, echa de menos la pasión del primer amor y busca la manera de reunirse con Des Grieux. Cuando se ven, él la perdona y vuelven a huir juntos, llevándose algunas joyas y dinero de Geronte, pero con la mala fortuna de ser detenidos por la policía.

En el tercer acto, Manon está en la cárcel y ha sido condenada al exilio en Luisiana, la posesión colonial francesa en América del Norte, donde se enviaba a delincuentes y prostitutas. Des Grieux no puede vivir sin Manon, así que soborna al capitán del barco que cruzará el Atlántico para que también lo lleve a bordo. Sin embargo, será un viaje catastrófico: en el último acto, la pareja atraviesa un desierto para llegar a territorio inglés y alcanzar la libertad, pero llevan días sin comer ni beber. Manon está débil y muere; lo hace en los brazos de su amado, finalmente fiel y constante en el amor.

Asmik Grigorian, una Manon perfecta

Manon es un personaje de gran complejidad, que en la versión de Giacomo Puccini tiene momentos líricos de alto voltaje emocional —el aria del cuarto acto, “Sola, perduta, abbandonata”— y que, además, debe mostrar su carácter cambiante, desde la inocencia juvenil hasta la toma de conciencia de su trágico destino. Requiere, por tanto, cantantes de gran fortaleza física, de timbre bello y de alto nivel dramático, y estas características las reúne la soprano dramática lituana Asmik Grigorian, una de las estrellas más rotundas del firmamento operístico actual, que ya deslumbró en el Liceu en junio de 2025 con Rusalka. Con ella habrá un elenco equilibrado y experimentado, que completan el tenor norteamericano Joshua Guerrero en el papel de Renato Des Grieux, el barítono bielorruso Iiurii Samoilov como el hermano Lescaut y el bajo italiano Donato Di Stefano como Geronte di Ravoir, un papel reservado para cantantes veteranos. En esta ópera hay tres papeles menores —Edmondo, un maestro de baile y un músico— que interpretan, respectivamente, el tenor croata Filip Filipović, el tenor valenciano Álvaro Diana y la soprano argentina Mercedes Gancedo. En conjunto, un reparto a la altura del reto, porque Puccini, aunque su música entre con facilidad y provoque placeres sensoriales inmediatos, nunca es fácil de cantar.

“La soprano Asmik Grigorian, después de deslumbrar con Rusalka, vuelve al Liceu para presentar el lado más desesperado y la complejidad psicológica del personaje de Manon”

Una ópera contra la ley de la gravedad

Puccini llegó a la madurez como compositor en un tiempo de grandes transformaciones en la ópera. Justo cuando se estrenó Manon Lescaut —en el Teatro Reggio de Turín—, Verdi estaba ensayando en La Scala de Milán la que sería su última ópera, Falstaff. En aquel tiempo, también se había dejado atrás el romanticismo y había comenzado el período de madurez de la llamada Giovane Scuola (en la que había compositores como Cilea, Mascagni, Leoncavallo, Giordano, Catalani y el propio Puccini), que proponía historias más realistas y crudas, lo que se acabaría conociendo como ópera verista. Al mismo tiempo, Puccini había recibido una gran influencia de la orquestación densa del último Verdi (el de Otello), pero sobre todo de la ópera germánica posterior a Wagner. Esto hace que su estilo, desde Manon Lescaut en adelante, se pueda resumir en una lucha permanente contra la ley de la gravedad: orquestaciones densas, llenas de detalles, con un peso sonoro notable, y que a pesar de ello buscan una elevación hacia lo sublime, acompañando con timbres cálidos la belleza de las voces. Puccini también fue un gran exponente de la nueva manera de presentar las óperas: como una acción sacada directamente de la vida, sin obertura ni preámbulos, donde los momentos sublimes —arias y dúos de una belleza estremecedora— emergen de la acción con total naturalidad.

Una producción que redefine Manon en el siglo XXI

De la misma manera que Puccini quiso ser rabiosamente contemporáneo, la producción que presenta ahora el Liceu, firmada por Àlex Ollé —y estrenada originalmente en la Ópera de Frankfurt—, propone una versión de Manon Lescaut adaptada al siglo XXI. Si Manon es un arquetipo femenino universal que, tal como dijo el escritor francés del siglo XIX Guy de Maupassant, es comparable a los de Eva o Cleopatra, ¿qué nos tiene que decir actualmente? Cuando planteó su producción, Ollé partió de la siguiente idea: Manon es una mujer que busca seguridad, pero está rodeada de hombres hostiles que buscan comerciar con ella, excepto Des Grieux, el único que la ama de verdad. Así, encontró un paralelismo con la situación que sufren actualmente muchas mujeres refugiadas y exiliadas en Europa. En esta versión, Manon llega a Francia de manera irregular desde otro país, buscando seguridad, pero es víctima de abusos. Solo el amor la salvará, y por eso un elemento estético conductor de la obra —junto con el vestuario actual y una iluminación impactante— es la presencia, en los cuatro actos, de una estructura escénica que reproduce la palabra love, y que es la única que permanece en pie cuando ella muere.

Manon Lescaut es, en el fondo, una historia cruel. Todas las esperanzas y los deseos de la protagonista acaban aplastados por sus errores, pero también por la maldad de la gente que la rodea. Tiene una posibilidad de redención en el amor, pero siempre encuentra un obstáculo, y la música de Giacomo Puccini se adapta como un guante a este tormento emocional de Manon y Des Grieux. Su primer gran éxito no fue un accidente: fue el resultado de abordar con genialidad una historia universal de amor trágico, que casi 130 años después sigue conmoviéndonos. Antes de Puccini, Manon era un arquetipo importante. Después de Puccini, se afirmó como un mito eterno.

Momentos musicales clave

Acto I, Renato Des Grieux
“Donna non vidi mai”

Esta aria breve del tenor corresponde al enamoramiento a primera vista de Des Grieux cuando está por primera vez delante de Manon en el momento en que ella baja de un carruaje (en la producción de Ollé es una furgoneta). Des Grieux es un joven temperamental, pero sin experiencia, que siente la flecha fatal del amor y expresa sus emociones súbitas en un fragmento lírico de gran belleza, que se eleva hasta alcanzar unos agudos fabulosos, y que dejan constancia de su transformación: a partir de ahora, la emoción que lo dominará es el ardor amoroso, y hará cualquier cosa por estar con Manon, incluso morir por ella.

Acto IV, Manon Lescaut
“Sola, perduta, abbandonata”

Mientras Manon y Des Grieux caminan por una llanura árida de Luisiana, sin haber comido ni bebido desde hace días, a ella finalmente la abandonan las fuerzas. Manon siente que ya no alcanzará ni la libertad ni una vida feliz con su amante, y se prepara para morir. En la hora final expresa la soledad y el abandono que siente, en una tierra hostil, después de haber sufrido toda clase de decepciones y humillaciones. Esta gran aria fue un añadido posterior de Giacomo Puccini en la revisión de la partitura de 1924, y es uno de los momentos más desoladores y bellos de su carrera, una pieza central del repertorio para soprano dramática.