Faltó un suspiro para que su ingenio le condenase. Corría 1799 cuando Francisco de Goya, un tipo influyente como pintor de cámara que era, publicó ‘Los Caprichos’. Aquellos 80 grabados fueron un renglón torcido en su carrera, pues cargaban contra los excesos de la … sociedad de la época… y entre ellos, contra los del clero. El resultado fue el esperado: el inicio de un proceso por parte del Tribunal de la Santa Inquisición que el escritor Luis Zueco ha novelado en ‘El juicio’ (Ediciones B). Una obra que, a pesar de contar con una pátina de ficción, se erige sobre una concienzuda investigación histórica. «Sabemos con certeza que existió un proceso. Se conserva un expediente inquisitorial fechado en 1803, custodiado en Toledo», explica a este diario. Con todo, el autor defiende que existen más oscuros que claros en este episodio. Y hoy, los narra en ABC.
–¿Quién era Goya en 1799?
En 1799, Francisco de Goya era el pintor de cámara del rey, es decir, el pintor oficial de la corte. Se encontraba en el momento de mayor prestigio de su carrera. Acababa de pintar los frescos de San Antonio de la Florida en Madrid y había recibido importantes encargos, como trabajos para la Catedral de Toledo. Poco después iniciaría uno de sus cuadros más famosos: ‘La familia de Carlos IV’. Había alcanzado esa posición tras un largo camino, ya que procedía de una familia humilde y no pertenecía a la nobleza.
Sin embargo, en 1799 era un auténtico cortesano. Trataba habitualmente con los reyes, con Godoy, con la duquesa de Osuna, con la duquesa de Alba y con las principales figuras de la aristocracia madrileña. Era una persona influyente, conocida por todos, y todo el mundo quería un retrato suyo. En una carta a su amigo Martín Zapater, el propio Goya comenta que en Madrid ‘todos están locos con tu amigo’, reflejando su enorme fama en ese momento.
–¿Cuál era su importancia real en la corte?
Goya no era solo un pintor más: era el pintor oficial del rey y, por tanto, una figura de gran prestigio dentro del entorno cortesano. Tenía acceso directo a los círculos de poder y mantenía relaciones personales con los personajes más influyentes del momento. Sus retratos definían la imagen pública de la monarquía y de la nobleza, lo que le daba una posición social y cultural muy relevante.

‘Estan calientes’ de los Caprichos de Goya.
(ABC)
–¿Qué sentido tenía para la Inquisición cargar contra él?
La razón principal fue la publicación de ‘Los Caprichos’ en 1799. Esta serie de grabados constituye una crítica feroz a los vicios, abusos y supersticiones de la sociedad española del Antiguo Régimen. Lo verdaderamente subversivo era que esa crítica procedía de alguien que formaba parte del sistema: un cortesano, el pintor de cámara del rey.
En los grabados se atacaban múltiples aspectos de la sociedad, incluida la ignorancia, la superstición y, de forma indirecta, instituciones como la Inquisición. Goya era un hombre cercano a las ideas ilustradas, y en aquel momento la Inquisición tenía como una de sus funciones principales impedir la difusión en España de las ideas revolucionarias procedentes de Francia.
Por eso, la obra de Goya resultaba peligrosa: transmitía un mensaje crítico y moderno desde el interior mismo de la corte. Actuar contra él también tenía un valor ejemplarizante: demostrar que ni siquiera el pintor del rey podía desafiar el orden establecido.
–¿Qué opina de esta segunda etapa de la Inquisición? ¿Debemos creer en la leyenda negra que se arrastra desde el siglo XV?
A finales del siglo XVIII, la Inquisición era ya una institución en gran medida anacrónica. Europa estaba entrando en la época de la Ilustración, con nuevas ideas sobre la razón, la ciencia y la libertad, y la existencia de un tribunal religioso de estas características dañaba seriamente la imagen de España en el extranjero y complicaba sus relaciones internacionales. En el fondo, su función histórica había perdido sentido.
Sin embargo, no era fácil abolirla. Era una institución con varios siglos de historia, profundamente arraigada en la sociedad y en el aparato del Estado. Podría compararse con un gran árbol cuyo tronco está seco, pero cuyas raíces siguen siendo muy profundas y se extienden muy lejos. Eliminarla implicaba enfrentarse a una tradición, a intereses y a estructuras de poder muy consolidadas.
«No estamos ya ante la Inquisición más dura y violenta asociada a la llamada leyenda negra de los siglos anteriores. Esa imagen responde en gran parte a una construcción propagandística y a etapas anteriores del tribunal»
Además, en ese momento tenía todavía una utilidad política. Ante la llegada de las ideas ilustradas y el temor a que se extendieran en España los acontecimientos revolucionarios de Francia, la Inquisición servía como instrumento de control ideológico. Permitía vigilar y frenar a los ilustrados y a quienes defendían reformas y una España más moderna.
Por tanto, no estamos ya ante la Inquisición más dura y violenta asociada a la llamada leyenda negra de los siglos anteriores. Esa imagen responde en gran parte a una construcción propagandística y a etapas anteriores del tribunal. Sin embargo, eso no significa que fuera inocua: socialmente seguía teniendo un enorme poder. Una denuncia inquisitorial podía arruinar la carrera de un político, de un intelectual o, como en el caso de Goya, incluso del propio pintor de cámara del rey. Su capacidad de presión y de castigo, aunque distinta a la de épocas anteriores, seguía siendo muy real.
–¿Qué documentos se conservan de la investigación que la Inquisición hizo sobre Los Caprichos? Da la impresión de que son pocos y parciales.
Efectivamente, la documentación conservada es escasa y parcial, pero sabemos con certeza que existió una investigación. Se conserva un expediente inquisitorial fechado en 1803, custodiado en Toledo, lo que demuestra que se abrió un proceso contra Francisco de Goya.
Es verdad que la documentación es muy limitada. Gran parte de los papeles del proceso se ha perdido con el tiempo, por lo que no conocemos todos los detalles del caso. Sin embargo, la existencia de ese expediente es una prueba clara de que la Inquisición actuó contra él.
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El juicio

Además, contamos con testimonios del propio Goya. Años más tarde, cuando vivía en Burdeos y atravesaba dificultades económicas, un conocido le sugirió volver a estampar ‘Los Caprichos’ para obtener ingresos. Goya respondió que no podía hacerlo, en parte porque ya no tenía las planchas, pero también porque ‘la Santa’ –refiriéndose a la Inquisición– le había perseguido por esa obra. Por tanto, aunque la documentación es fragmentaria, sabemos con seguridad que Goya fue investigado por la Inquisición al menos en dos ocasiones.
–En 1811, un escritor afirmó que la finalidad de algunas estampas de ‘Los Caprichos’ era burlarse de la Inquisición. ¿Está de acuerdo? ¿Por qué la institución cargó contra estos grabados?
Sí, es razonable estar de acuerdo, aunque con matices. En ‘Los Caprichos’ hay al menos dos estampas que pueden interpretarse claramente como una crítica a la Inquisición. Sin embargo, la obra en su conjunto va mucho más allá: es una sátira amplia de los abusos, supersticiones y vicios de toda la sociedad del Antiguo Régimen, incluyendo al clero, la nobleza y otras estructuras de poder.
Precisamente por eso resultaba tan peligrosa. No se trataba de una crítica puntual, sino de una ‘carga de profundidad’ contra el sistema en su conjunto, realizada además por alguien que formaba parte de ese mismo sistema: el pintor de cámara del rey. La Inquisición no reaccionó únicamente ante unas estampas concretas, sino ante el conjunto del mensaje de Goya: crítico, ilustrado y profundamente incómodo para las estructuras de poder tradicionales.
–¿No resulta extraño que Los Caprichos se vendieran en una perfumería? ¿No parece algo poco digno de un pintor de cámara real?
A primera vista puede parecer chocante, pero en realidad fue una decisión muy inteligente por parte de Goya. La tienda vendía perfumes, licores y otros productos de alto precio, no era un establecimiento cualquiera. Estaba situada en los bajos de su propia casa, en la calle del Desengaño de Madrid, lo que le permitía controlar directamente la distribución de la obra.
«La Inquisición no reaccionó únicamente ante unas estampas concretas, sino ante el conjunto del mensaje de Goya: crítico, ilustrado y profundamente incómodo para las estructuras de poder tradicionales»
Además, no debemos fijarnos tanto en los productos que se vendían allí como en su clientela. Era una tienda frecuentada por personas de alto nivel social, precisamente el público al que podían interesar los grabados: gente culta, con recursos y cercana a los círculos ilustrados. Por otro lado, se trataba de un establecimiento que ofrecía productos de importación, lo que indica que tenía conexiones con el exterior. Esto abría la posibilidad de que ‘Los Caprichos’ circularan también fuera de España, ampliando su alcance.
No era una elección menor ni inapropiada. No estamos ante una tienda modesta, sino ante un espacio de consumo de lujo, frecuentado por las élites. Y eso encaja perfectamente con la estrategia de Goya: difundir su obra entre un público selecto, capaz de entender –y quizá compartir– su crítica a la sociedad de su tiempo.
–¿Por qué la Inquisición esperó un lustro para volver a actuar contra Goya?
La clave está en que el foco del problema cambia. Tras la retirada de ‘Los Caprichos’, Goya logra esquivar, al menos en parte, la presión inquisitorial. Sin embargo, poco después surge un nuevo frente mucho más delicado: La maja desnuda.
Esta obra era profundamente transgresora para su tiempo. En la España de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el desnudo femenino estaba prohibido. Y en el resto de Europa solo se permitía fuera de contextos muy concretos. El desnudo solo se toleraba si aparecía ‘justificado’ mediante temas mitológicos –como Venus– o religiosos, que servían de coartada cultural y artística.
Pero Goya rompe completamente con esa tradición. La maja desnuda no es una diosa, ni un personaje mitológico: es una mujer real, contemporánea, que mira directamente al espectador sin ningún tipo de disfraz simbólico. Esa ausencia de justificación convierte la obra en algo especialmente provocador.

La maja desnuda, de Goya.
(ABC)
Además, implicaba un riesgo para todos los implicados. Para el pintor, por realizarla. Para la modelo, por su exposición. Y para quien la encargó para un gabinete privado. De hecho, el cuadro estaba destinado a un espacio íntimo y oculto, donde convivía con obras de maestros como Tiziano o Velázquez, que sí representaban desnudos bajo el amparo de la mitología. En ese contexto, la obra de Goya destaca aún más como una ‘Venus moderna’, despojada de cualquier excusa narrativa.
Por tanto, la Inquisición no retoma la persecución por ‘Los Caprichos’, sino porque aparece una nueva obra igualmente –o incluso más– problemática. La maja desnuda suponía una ruptura frontal con las normas morales y artísticas del momento, y por eso se convierte en un nuevo motivo de investigación contra Goya.
–¿Por qué Goya entregó ‘Los Caprichos’ al monarca? ¿Cree que pudo haber algún tipo de acuerdo?
En realidad, Goya no los vende, sino que los ofrece como un regalo al rey. En 1803 entrega a la Corona no solo los ejemplares que aún quedaban sin vender, sino también las planchas de cobre originales, con las que podían estamparse miles de copias. Este gesto, sin embargo, no fue desinteresado. Goya actuó con gran inteligencia: a cambio de esa cesión, solicitó una pensión para su único hijo. Y la consiguió.
La operación fue, en ese sentido, una jugada maestra. Por un lado, se deshacía de una obra que le había generado problemas con la Inquisición y que podía seguir comprometiéndole. Por otro, aseguraba el futuro económico de su hijo mediante una pensión oficial. Más que un simple regalo, puede entenderse como un acuerdo implícito beneficioso para ambas partes: la Corona adquiría una obra importante, y Goya resolvía una situación delicada mientras protegía los intereses de su familia.
–¿Cuáles son los principales misterios que rodean este proceso?
Son muchos, y precisamente esa falta de información es lo que hace este episodio especialmente fascinante. En primer lugar, el expediente conservado es incompleto. Sabemos que existió un proceso inquisitorial contra Goya, pero gran parte de la documentación se ha perdido. Esto nos deja sin respuestas claras sobre aspectos fundamentales del caso.
Uno de los grandes interrogantes es por qué Goya retiró ‘Los Caprichos’ de la venta en 1799. Todo apunta a que pudo deberse a una denuncia ante la Inquisición, pero no tenemos pruebas definitivas. Si realmente hubo una acusación, desconocemos quién la hizo y por qué: ¿fue por motivos políticos?, ¿por rivalidades personales?, ¿por presión ideológica?
Otro misterio importante es la desaparición de parte del expediente. No sabemos quién sustrajo o hizo desaparecer esos documentos. Las hipótesis son muy sugerentes: ¿pudo ser alguien dentro de la propia Inquisición que admiraba a Goya?, ¿hubo intervención desde el poder, quizá de Godoy o incluso del propio monarca, para protegerlo?
En definitiva, estamos ante un proceso lleno de lagunas documentales que abren la puerta a múltiples interpretaciones. Y es precisamente en esos vacíos –en lo que no sabemos– donde surge el mayor interés histórico… y también el literario.