Hoy acaba ARCO en Madrid y uno duda de quién se beneficia del negocio que reúne cada año a cientos de galeristas, creadores y marcas que aprovechan la feria para darte champagne. De hecho, se puede decir que en ARCO solo queda champagne y … poco arte. Burbujas y cosas. Pero, quizá, lo más ‘underground’ que queda de esta feria sea todo lo que no ocurre en la feria. Puede decirse que ARCO ha sucumbido a la turistificación de su propio éxito. Y cuando algo se hace de este modo, lo del arte es lo de menos. Así, sucede que fuera de las paredes de Ifema, Madrid ofrece multitud de ferias paralelas donde sí se cuecen propuestas arriesgadas, distintas y alternativas. Just Mad, Art Madrid o CAN son algunos ejemplos de contraofertas que se pueden ver en lugares como Matadero, el Palacio de Neptuno o en naves y espacios que muchos alquilan por Tetuán, Lavapiés o Carabanchel. Una de las causas de esta diáspora es que el metro cuadrado que paga el galerista es tan caro, que se aseguran la rentabilidad llevando cosas caras en vez de obras. Pero hay más.
Lo de ARCO en Ifema se ha convertido en una especie de safari cultural donde observar en libertad a los artistas contemporáneos, que son criaturas fascinantes. Hablan mucho de «procesos», de «territorios emocionales» y de «deconstruir el relato», pero jamás de pintar un cuadro sin más, lo cual sería de una vulgaridad insoportable. He paseado por todos lados. Las propuestas me parecen pobres, aburridas, obvias e incluso feas. Una feria de arte que tiene mucho de burbuja y no solo por la obscena cantidad de estands que se dedican a darte una copa de plástico. Nadie provoca. Nada te incomoda. Y eso, queridos amigos, hablando de arte contemporáneo, supone una mediocridad aplastante.
En una de las galerías me topo con una escultura hecha con dos conos naranjas, una cuerda y un ventilador olvidado y pienso que es el resultado de un accidente de tráfico. Craso error, Al. Me dice el galerista, con cara de serio, que se trata de una «instalación sobre la ansiedad estructural del mundo postindustrial». Y el tipo se queda tan ancho. Me fijo en la lista de precios y cuesta lo equivalente a una hipoteca mediana entre la M-40 y la M-50. Ante su insistencia le respondo que me parece interesante. No sé cómo huir sin ofender. Porque en ARCO todo es interesante. Nadie se atreve a decir «esto es un disparate», porque esa frase podría delatar una peligrosa tendencia al sentido común, que es una enfermedad muy mal vista en el ecosistema artístico de hoy en día. Ni rastro de la emoción, de la inquietud o de la ejecución asombrosa. Todo se parece a una canción de Coti.
Ahora los galeristas se pirran cuando aparece un/a ‘influencer’. Antes lo hacían cuando llegaba un coleccionista, pero ahora se intuye que es más importante alguien que no sabe de arte, pero sube videos molones a sus cientos de miles de seguidores. Los artistas ya no son el centro: lo son el marketing, los espacios ‘special guest’ y las colas para comerte una flauta de jamón tiesa y cara. Y no me malinterpreten: me gusta el arte contemporáneo, pero este año la oferta es triste. Uno sale de la feria con una sensación muy particular, como con la sospecha de haber asistido a una inmensa broma intelectual, en la que todo el mundo se toma muy en serio no reírse.
Para que ARCO vuelva a ser aquel referente del arte que fue, son necesarias varias cosas. La primera es que deje de venderse a marcas. La segunda y no menos importante, que las galerías no tengan un modelo de negocio basado en explotar los contactos de los artistas que representan. Y la tercera y quizá, más importante, que los creadores pierdan el complejo y recuperen su manera inconformista de mirar el mundo que nos rodea. Que provoquen, que molesten, que sorprendan y que emocionen. Se dedican a eso. Y por eso nos gustan.
Ifema, galeristas, marcas: dejen de acorralar a los artistas. Lo único que están consiguiendo es que ARCO se parezca a un parque temático en el que lo que menos importante son las obras.