Bajo el epígrafe de ‘Musas’, la escultura y la mujer se funden en la exposición de José Antonio Andrés Vera. Son obras que nacen … del diálogo entre la mano y la madera. «La mujer es el origen de la materia prima y la madera es memoria, por eso la forma emerge y es vida». Comisariada por Celestina Losada, artífice de numerosas iniciativas sobre patrimonio, directora académica de Ciese-Fundación Comillas, la cita en el centro cultural de Quijano (Piélagos) ha contado con el apoyo incondicional de ese Ayuntamiento. Son esculturas que «nacen de un gesto lento, de retirar para comprender, de dejar aparecer. Aquí, el trabajo es cuidado, y la forma, un acto de respeto hacia lo vivo». La mujer emerge en las piezas como origen: no ideal, o simbólico, sino como presencia orgánica. La madera y el cuerpo femenino comparten una misma verdad: «Ambos han sido raíz, ambos conocen el tiempo, ambos permanecen en estas esculturas».

La exposición de Andrés Vera propone la escultura como «un acto de revelación que permite que emerja aquello que ya existe en potencia. Así como la naturaleza modela sin prisa y la mujer engendra desde el interior, la escultura aquí se presenta como un proceso orgánico, íntimo y esencial».

La figura femenina no aparece como objeto de contemplación, sino como principio creador. Es origen, estructura y transformación. Su cuerpo -arquitectura viva- concentra memoria, equilibrio, tensión y armonía; contiene el gesto primigenio y generador del que surgen todas las formas».

El trabajo del escultor pretende emular esa naturaleza femenina, creadora. «Busca que la materia recupere su vocación de ser. La escultura dialoga con la naturaleza. Ambas trabajan por sustracción y espera, por capas y erosiones. Como la tierra, la mujer es territorio fértil: no representa la creación, es creación en acto. Así como el cuerpo femenino gesta desde el interior, la madera guarda en su interior la forma posible». El artista explica que cada obra es así un vestigio de ese vínculo profundo entre cuerpo y materia, entre forma y vida.

La madera, de haya, tejo y olmo, entre otras, domina las piezas de la muestra que se exhibirá hasta final de abril, tras una inauguración marcada por la presencia masiva de público. También destaca la inclusión de algunos retratos homenaje a artistas y esculturas realizadas con fragmentos de una viga de roble de 300 años de antigüedad. Andrés Vera, médico rural durante cuatro décadas, ha expuesto su obra en espacios como la Fundación Bruno Alonso y el Hospital Valdecilla.

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Además es artífice de una iniciativa singular, Aselart, Arte en el pueblo, en lo Rural, que desarrolla intervenciones artísticas en los pueblos del municipio de Mazcuerras, que acoge el arte al aire libre a lo largo de los meses del verano. El proyecto surgió de la idea de unir arte y pueblo con la participación de sus gentes que aportan «espacios, huertas, patios, porches y muros».

Su nueva muestra en Quijano también es una evocación fundamentada en una verdad histórica: «La mujer ha sido, desde siempre, una presencia fundacional en el arte. Musa, cuerpo, origen, volumen, energía. Pero aquí no aparece como imagen distante, sino como forma que emerge de la materia. Esculpir en madera es un acto de escucha. La forma no se impone: se descubre». Como escribió Henry Moore, «La escultura no representa a la mujer, la hace presente».

En sus muestras, el artista invita siempre al espectador a la contemplación y a la conexión emocional, al tiempo que le emplaza a explorar las interacciones entre las formas de las piezas que representan la belleza del mundo natural y que sugieren un viaje interno. En el volumen habita la presencia, no como masa cerrada, sino como espacio sensible, respirable.

Para Rodin, «el cuerpo femenino es el más perfecto instrumento de expresión», no por su idealización, sino por su capacidad de contener emoción, peso y silencio. Aquí, el cuerpo es territorio: «Una forma esencial donde la materia aprende a decirse». Como recuerda Griselda Pollock, «durante siglos, las mujeres fueron musas cuando lo que querían era ser creadoras». Las esculturas de Andrés Vera se sitúan en ese umbral: «Entre la musa heredada y la presencia consciente».