Compuesta a contrarreloj, fiel casi con escrúpulo al texto de Shakespeare y repleta de subversiones silenciosas, ‘El sueño de una noche de verano’, de Britten, es una de esas obras que desmienten la idea de que el tiempo y la comodidad son condiciones necesarias para la maestría. A veces, la urgencia posee su propia magia. La nueva producción estrenada por el Teatro Real y con dirección escénica de Deborah Warner bebe de la mítica propuesta del genio del teatro Peter Brook y termina siendo un canto al minimalismo más crudo.
En agosto de 1959, Britten tomó la decisión de componer una ópera para la reinauguración de la renovada Jubilee Hall, en Aldeburgh, localidad en la que residía el compositor y que dio nombre a un prestigioso festival de verano, prevista para junio de 1960. El plazo era absurdamente corto para una obra de semejante envergadura. Como el propio Britten confesó, no tenía el tiempo necesario para encargar un libreto nuevo, así que recurrió a uno que ya tenía a mano: El sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Britten y su pareja, el tenor Peter Pears, adaptaron directamente el texto de Shakespeare, reduciendo las cinco jornadas originales a tres y suprimiendo aproximadamente la mitad del texto original. Durante la composición de la obra, fundamentalmente en el invierno de 1959, Britten sufrió de gota, bursitis, tendinitis y depresión, pero logró componer una obra maestra que cosechó un éxito rotundo el día de su estreno.
La puesta de largo, el pasado martes, de la nueva producción del Teatro Real llegaba con unas expectativas altísimas y una presión en cierto modo autoimpuesta por los dos principales implicados en su construcción: el director musical Ivor Bolton y, sobre todo, la directora escénica Deborah Wagner. Sus versiones de Billy Budd en 2017 y de Peter Grimes en 2021 habían dejado el listón a un nivel estratosférico. Tanto que el público madrileño, según palabras de Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, había pasado por taquilla con una curiosidad mucho más alta que en sus predecesoras.
Cuando Warner asumió el reto de dirigir Billy Budd en el Teatro Real, ya llevaba a sus espaldas otras tres óperas de Britten: Otra vuelta de tuerca, La violación de Lucrecia y Muerte en Venecia. Su propuesta para la obra basada en un relato inconcluso de Herman Melville contó con el diseño de escenografía de Michael Levine y fue un éxito instantáneo. La masculina y trágica historia de amor pasional que se vivió en el buque de guerra Indomitable vista desde los ojos de Warner recibió el galardón a la mejor nueva producción en los International Opera Awards de 2018, y ese mismo año se llevó el premio Oliver a la mejor producción operística.
Warner contó también con Levine para la escenografía de su siguiente encargo en el Real: una sobrecogedora y poética producción de Peter Grimes. En este caso, el galardón se lo llevó Ivor Bolton, que recibió el Premio Opera XXI en 2022 a la mejor dirección musical. Pero la crítica se deshizo en elogios ante la construcción del drama de ese inadaptado que sufre una persecución, víctima del miedo en una ópera que habla del odio al diferente, de los rumores y las noticias falsas, de la incultura y la pobreza, del linchamiento público, del peligro de la masa desinformada que opta por tomarse la justicia por su mano.
Para esta nueva aventura junto a Britten en el Teatro Real con El sueño de una noche de verano, la directora británica ha decidido cambiar de escenógrafo y le ha encargado la tarea a Christof Hetzer (autor, por ejemplo, de la escenografía en la potente producción de La Sonámbula en el Teatro Real la temporada 22/23 y que actualmente tiene en cartel una polémica Tosca en la Ópera de París). En este Sueño, Hetzer se decanta por un minimalismo que se sitúa más cerca de la instalación artística que de la escenografía al uso, probablemente influido por las peticiones de Warner. En rueda de prensa, la directora aseguró que su propuesta estaba influenciada, en cierto modo, por la mítica producción que Peter Brook estrenó en el Royal Shakespeare Theatre de la localidad natal de William Shakespeare en 1970 y que llegó el año siguiente al Aldwych Theatre en el West End londinense. Warner aseguró que la había visto cuando tenía nueve años, pero que probablemente le marcó para toda la vida.

Un momento de la representación de ‘El sueño de una noche de verano’, de Britten, en el Teatro Real de Madrid. Foto: Javier del Real.
En aquel espectáculo, Brook situaba toda la acción en una caja blanca e incluía elementos circenses y malabares. Su empeño era rechazar las tradiciones del siglo XIX basadas en el realismo y el ilusionismo teatral y situar la obra en lo que él denominó “el reino elevado de la metáfora”. Warner parece hacer algo semejante. Sobre todo al mezclar de forma cruda y brutal el reino de las hadas con el reino de los hombres. Es potentísima la imagen de ese hombre cercano a los 60, Bottom, que retoza en calzoncillos, con unas orejas de asno junto a la reina Tytaina, interpretado con gran maestría por la soprano Liv Redpath, mientras unos niños le limpian las axilas y le rascan las pantorrillas. ¿Realidad o sueño? Bottom, por cierto, interpretado por el bajo Clive Bayley, logró arrancar al público una de las ovaciones más sonadas de la velada, como ya ocurriera con su personaje de Swallow en Peter Grimes en la producción de 2021 de la que ya hemos hablado.
Probablemente sea en el tercer acto, el momento en que parte de la escenografía se convierte en un escenario blanco donde tiene lugar la obra de teatro dentro del teatro ideada por Shakespeare, cuando el eco de Brook resuene más fuerte. Pero también lo sentimos durante el resto de la obra con los columpios y esa hamaca que sube y baja, en la que la reina Tytania duerme sobre un lecho de flores. Y en los bailarines y acróbatas. Uno de los mejores hallazgos de Warner en esta puesta en escena es la de desdoblar al personaje del duende Puck en dos actores. Uno de ellos vuela por toda la escena desafiando las leyes de la realidad (el bailarín aéreo Juan Leiba) y otro, como en un raro espejo deformante, actúa sobre las tablas (David Abelson). Todo se ve elevado al mundo de la metáfora, como ese árbol que flota ingrávido e invertido durante gran parte de la representación mostrándonos sus raíces como hojas y sus ramas como raíces y viceversa. Hay un momento de la representación en el que esa sensación de pérdida de las dimensiones se siente de forma muy vívida, pero es solo un momento.
Con una ironía que roza lo genial, Britten incluyó en su partitura una parodia de la gran tradición operística del siglo XIX. La representación cómica de Píramo y Tisbe a cargo de los artesanos en el acto final adquiere la dimensión de una burla de la ópera italiana decimonónica: el lamento de Tisbe, acompañado por una flauta obbligato, parodia directamente la célebre “escena de locura” de Donizetti en Lucía de Lammermoor. Es uno de los mejores momentos de este montaje de Deborah Warner.
Quizás una de las decisiones más audaces de toda la partitura fue la elección vocal para el personaje de Oberón. Es extraordinariamente inusual en la ópera contemporánea que el papel masculino protagonista esté escrito para voz de contratenor. El papel de Oberón remite al esplendor y el drama de la ópera barroca, emparentando al rey de las hadas con los castrati del siglo XVIII. Una decisión que dota al personaje de una ambigüedad perturbadora, a la vez sobrenatural y anacrónica. El contratenor Iestyn Davis exprime el papel hasta la última gota. Es un cantante extraordinario y su capacidad actoral queda fuera de toda duda. Fue uno de los más aplaudidos de la noche.
Pero, sin duda, uno de los triunfadores de la velada fue Ivor Bolton, director musical de esta producción, que supo llevar las riendas de la partitura por los tres universos creados por Britten con su mundo sonoro diferenciado. Musicalmente, el bosque se convierte en un lugar que escapa a toda lógica y en el que habitan las hadas. Los enamorados transitan en una música dominada por cuerdas cálidas y vientos, mientras que los metales y maderas graves se eligen para los artesanos. Una arquitectura sonora que Bolton supo llevarse a su terreno con una orquesta que cada día es capaz de superarse a sí misma.
En definitiva, este estreno viene a apuntalar a Britten como uno de los compositores más valorados por el público madrileño y a completar la, hasta el momento, trilogía de Bolton/Warner, que en lo escenográfico, tal vez, no haya logrado superar el altísimo listón de sus dos predecesoras, pero que conforma un espectáculo imprescindible.
Relacionado
El 12/12/12 decidió poner en marcha esta revista después de una experiencia profesional de 17 años en el diario EL PAÍS, donde se convirtió en un periodista todoterreno. Se licenció en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el máster en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS. Periodista convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, cubrió el 15 M por Twitter y otras redes sociales. Puedes seguirme en mis cuentas personales de Twitter, Facebook e Instagram. Gracias.
¿Quieres leer más artículos de este autor?


