Sábado, 14 de marzo 2026, 00:14
| Actualizado 01:38h.
La piel de las ciudades cambia y así crecen. Se renueva, extiende su espacio creando nuevas capas que a veces se superponen. De esa manera construyen su fisonomía: los edificios, las calles, las plazas… Unas veces las novedades llegan en espacios hasta entonces sin colonizar, otras surgen como hidratantes que consiguen la revitalización dérmica fundiendo el pasado con el presente sin heridas. No faltan ocasiones en las que la piel cambia con brusquedad, como si la arrancaran a tiras. Y eso deja cicatrices que duelen.
En la tercera opción, a juicio de los arquitectos consultados por este diario, ha caído la remodelación del edificio de la Jefatura de la Policía Nacional, una construcción racionalista tardía que cuando hace unos días se liberó del velo de las obras descubrió una fisonomía que causó perplejidad entre los ciudadanos y entre los especialistas en arquitectura, desde cuyas filas se han escuchado voces que cuestionan, sin disimulos, la intervención. Ha disgustado la nueva cara, como también la justificación dada al drástico cambio que le ha dado una fachada negra con una línea entre blanca y plata. Hablan también de que la Gran Vía de Ramón y Cajal, una avenida poblada por edificios que se fueron levantando en la misma época que la Jefatura original, sufre la ruptura de la unidad estética.
¿Qué ha pasado? ¿Qué interés encerraba la Jefatura, edificio incluido en el Docomomo tal como la ha conocido Valencia desde 1962? ¿Por qué a los arquitectos no les gusta cómo ha quedado?
«Es una pena. Ha habido falta de sensibilidad ante una construcción representativa de una época»
La «falta de sensibilidad por parte del Ministerio» ante una construcción con una fachada que encerraba valores interesantes desde el punto de vista de la creatividad en la construcción es el punto de partida del arquitecto Javier Domínguez cuando responde a LAS PROVINCIAS. El especialista considera «una pena» lo sucedido. Se ha actuado sobre una construcción «representativa de una época en la obra oficial en España». Domínguez, se detiene en la excusa que se ha dado: «La eficiencia energética», algo que no comprende. Considera «gratuito» que se haya intervenido como se ha hecho «para renovar o resolver el aislamiento energético» en un inmueble que, junto al interés constructivo encierra un valor histórico que descubre Domínguez. «Se levantó sobre el solar donde estuvo el cementerio de la epidemia del cólera. Era suelo público y allí nadie quería construir».
Jefatura, como se conoce popularmente la construcción entre los valencianos, «se terminó en 1962, a partir de un proyecto de 1956 de Javier Lahuerta inspirado en el expresionismo alemán que llegó a España en una segunda fase de la arquitectura moderna», apunta Málek Murad, miembro de la junta de gobierno del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia. Este experto refiere que el inmueble «está incluido en la Guía de Arquitectura del colegio de Valencia». Esta circunstancia, que si bien no determina grado de protección alguno, sí advierte de que nos encontramos ante un edificio de interés. Y al igual que Domínguez, habla de que «lo que se ha hecho carece de cualquier sensibilidad».
«Lo que ha sucedido es que han entrado como elefante en caharrería»
Tampoco Murad comprende la justificación. «No era necesaria» una obra tan radical «para el ahorro energético» porque para alcanzar soluciones están «los arquitectos e incluso los ingenieros». Murad concluye: «Aquí lo que ha sucedido es que han entrado como elefante en cacharrería».
Al criterio de Domínguez y al de Murad se suma en esta conversación el del arquitecto Carlos Bento, quien abre sus declaraciones con una afirmación tajante: «Ahí ha fallado todo». Bento pone el dedo en la llaga cuando advierte de que «la arquitectura moderna no interesa a nadie». Añade: «Han desdibujado el edificio». Y eso para alguien que conoce muy bien el arte de la arquitectura resulta doloroso. Es Bento quien llama la atención en el hecho de que el edificio está incluido en el Docomomo Ibérico (Documentación y Conservación de la arquitectura y el urbanismo del Movimiento Moderno de España y Portugal). Formar parte de ese catálogo no es cualquier cosa, supone formar parte de una selección de «edificaciones interesantes del movimiento moderno» y con esta actuación «se han llevado por delante un edificio con valores muy respetables».
Al igual que sus colegas, tampoco Carlos Bento ve necesaria tan gran transformación para conseguir la eficiencia energética: «Con las técnicas actuales es perfectamente posible aplicar los cambios necesarios para el ahorro energético». Al hilo de esta consideración hace hincapié en una circunstancia esencial para no tener que llegar a situaciones límite: «El mantenimiento».
«Ahí ha fallado todo. Se han llevado por delante un edificio con valores muy respetables»
Se ha borrado el perfil que la Gran Vía de Ramón y Cajal ofrecía mirando a la arquitectura del movimiento moderno que empezó en Alemania y que, como relata Bento, «viajó a Estados Unidos cuando con la llegada del nazismo los arquitectos salieron de Alemania». En España entró algo más tarde porque la Guerra Civil y el franquismo frenaron la evolución. De ahí que Jefatura respondiera a un racionalismo tardío, aunque como advierte Málek Murad «ya en 1956 se redactó el proyecto» para el que su autor, Javier Lahuerta -entonces redactor técnico de la revista Arquitectura de Madrid- se sirvió de un solar trapezoidal para el que encontró una solución.
Dice Bento que «la ciudad tiene que crecer», pero ello no le aparta de señalar que no todo se tiene que conservar, pero tampoco todo tiene que desaparecer. Y conforme a su criterio la arquitectura moderna en Valencia anda escasa de consideración: «Ahora hablaremos y pasarán unos meses y ya nadie se acordará», asevera. Mientras, en la Gran Vía Ramón y Cajal seguirá abierta la herida que «ha roto la unidad de las construcciones que nacieron en la misma época», sostiene Málek Murad. Hoy tiene otro perfil.
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