En ‘Love me not’ (2019), de Lluís Miñarro, Oliver Laxe interpreta a un prisionero llamado Yokanaan, que despierta odios y pasiones entre sus captores. Desde … su celda, el espiritual Yokanaan declama oraciones y letanías que nadie comprende, pero que terminan por fascinar a quienes están a su alrededor. Algo similar ha ocurrido con el Laxe real durante el debate público y crítico de ‘Sirât’: dijera lo que dijese, fuese su discurso inteligible o no, propios y extraños nos hemos apelotonado cada vez que su autor concedía una entrevista o hacía una intervención mediática.Precisamente ese es uno de los principales problemas de la película de Laxe: el hecho de que el filme, en términos puramente cinematográficos, no ofrece las suficientes recompensas, lo cual provoca que las estrategias de márketing para venderla y las razones críticas para comprarla o no se hayan afanado en desviar el foco de lo formal y lo narrativo.

De Sirât se ha destacado su sonido y la música compuesta por Kangding Ray. Sin embargo, en un filme en el que se da tanta importancia a la dimensión sónica y sensorial (aunque el mundo ‘rave’ no sea más que una excusa iconográfica) sorprende que en algunas escenas de ‘baile’ la música sea y/o parezca extradiegética, es decir, que los espectadores quizás escuchemos la misma pieza que los personajes, pero no en el mismo espacio-tiempo. Esta cuestionable decisión dificulta la inmersión e identificación con ellos, y se ahorra el desafío técnico del sonido directo al trabajar la banda sonora dentro de la imagen, no sobre ella. ¿Acaso hay que considerar automáticamente como excelente la mezcla y edición sonoras porque esta música está ‘de moda’, es ‘buena’ y poco escuchada en el cine comercial, que retumba en la sala de cine por un tema de volumen y que queda ‘bien’ acompañando a unas imágenes con cierto atractivo?

Respecto a la puesta en escena, el tratamiento visual del desierto no ofrece nada que no hayamos visto ya en otras películas ambientadas en tierras baldías: juegos con la escala del paisaje y el tamaño de las figuras, sobreimpresiones, morosidad narrativa… De hecho, la escena de los taxis en ‘Mimosas’ (2016), su segundo largometraje, es mucho más potente que las superficiales y repetitivas imágenes de los convoyes levantando polvo, de los primeros planos de las líneas de la carretera a toda velocidad, de la luz de los faros penetrando en la noche. La infame secuencia del campo de minas resulta una frivolidad representativa, moral y geopolítica: la explícita espectacularización de un espacio en disputa territorial, el militarizado muro de contención marroquí contra el Sáhara Occidental, que se convierte en el cínico tablero de ajedrez del destino de los protagonistas.

Las interpretaciones de los ‘raveros’ que acompañan al padre y al hijo protagonistas son de elogiar, en tanto que casi no actúan al ser ellos mismos, y son muestra de una labor de ‘casting’ naturalista notable. No obstante, su brillo resalta más por la oscuridad aneja que por la luz que ellos emiten. Me refiero a un Sergi López mal dirigido y fuera de registro, sobre todo en los momentos más dramáticos del relato. Su actuación da cuenta de que Laxe se maneja mejor con intérpretes primerizos y no profesionales que con rostros conocidos y consagrados.

Sirât no es ni mucho menos una película ‘mala’ en un sentido estrictamente fílmico. Sobre todo teniendo en cuenta la evidente y ya demostrada destreza de Laxe a la hora de hacer cine, y especialmente por la naturaleza de producto manufacturado para la industria comercial. La clave reside en que este artificio y sus artífices (y quienes los defienden) no quieren bajo ningún concepto cuestionar ese carácter convencional ni su problemática estético-política. Oliver Laxe se ha autodenominado en numerosas ocasiones un ‘hacker’ de la industria del cine. Este ha sido uno de los principales argumentos sostenidos en la campaña de promoción, con el ánimo de diferenciarse de sus congéneres. Un filme coproducido por Movistar+ y El Deseo, diseñado al milímetro para, a un tiempo, encajar en el circuito de festivales y acumular nominaciones y premios, deleitar a los paladares extranjeros y no amargar demasiado a los patrios, nunca puede ser el caballo de Troya al que su autor pretende que nos subamos.

Si algo hemos confirmado una vez más a raíz de una película como esta es que la crítica de cine y el público deben confiar más en su propio criterio y no dejarse llevar por opiniones viciadas y ajenas. Laxe no es un críptico profeta como el Yokanaan de ‘Love me not’. Sirât no es una experiencia radical, trascendental e indescifrable, sino un desierto donde no hay mucho que encontrar, y en el que lo poco que uno halla se reduce a un espejismo artístico y una trivialización del dolor.

Víctor Iturregui

Profesor de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la UPV/EHU

  1. El verdadero peligro es el hombre

Hace tiempo un amigo me recomendó ver ‘Sirat’. Me dijo que no me contaba de qué iba porque tenía que experimentarlo yo. Al día siguiente fui a una sesión matinal. Y ‘Sirat’ me dejó sin aliento. Aquella experiencia sensorial en la butaca del cine la mantengo todavía hoy, nueve meses después: las imágenes, el sonido, la inmensidad del desierto…

La película de Oliver Laxe es un viaje frenético sin retorno. Nada más empezar, la instalación de unos grandes bafles que retumban es un aviso de las emociones que nos van a estallar. El desierto se va a convertir en el gran protagonista. Es el escenario que acoge a los protagonistas en su desesperación, al tiempo que el metraje avanza incesante hacia un precipicio sin freno. La incertidumbre pasa de un lugar a otro. El director no te deja ni un momento de respiro.

El sol asfixia y los participantes en una rave a un alto volumen transmiten un ritmo trepidante. La grandeza del desierto amplifica el sonido envolvente de los bafles instalados en camiones. En contraposición, la desesperación de un padre (Sergi López) en compañía de su hijo con la necesidad de buscar a su otra hija. Son dos mundos en apariencia diferentes: éxtasis en el baile, agonía en lo que queda de una familia.

Por muchos momentos vivo la película como si estuviera presenciando un western psicodélico. Son personajes arquetípicos con mucha dureza y de pocas palabras que tienen su propio código ético de conducta. Son errantes. El entorno tiene su propio peso. El desierto, las llanuras y el aislamiento crean una atmósfera. Llego a sentir el polvo, el calor y la lucha contra la naturaleza. El paisaje postapocalíptico de Mad Max.

El giro de guion convierte la trama en una película de terror que me mantiene paralizado en la butaca, con mucha angustia y sensaciones por momentos muy desagradables. No podía creer lo que estaba pasando, aún guardo esas imágenes en mi retina. Agarrado a los brazos de mi butaca y tenso por todo lo que estaba canalizando, un sudor frío recorre mi cuerpo. Mis ojos siguen clavados en la pantalla, obligado a tapármelos en ocasiones. Aún hoy me siento conmovido recordándolo todo. ‘Sirat’ es también una exploración del dolor personificado en la figura del padre. Un dolor que sientes todo el tiempo y que es el poso que deja la película.

En ‘Sirat,’ Oliver Laxe regresa al paisaje que tanto me impactó en su película ‘Mimosas’, de 2016 y filmada en las abruptas montañas del Atlas. En ‘Sirat’, es un desierto que evoca al Sáhara, aunque gran parte se haya rodado en parajes áridos de Teruel. Ambos, escenarios perfectos para situar la búsqueda de la espiritualidad. En ‘Mimosas’ a través del líder espiritual que quiere ser enterrado en su ciudad natal. En ‘Sirat’, por medio del trance y la música electrónica. Una es silencio y rezo; la otra, estruendo y baile. Y el paisaje se vuelve interior.

Otro aspecto que me llama la atención es que, pese a que en ambas películas el paisaje es imponente y violento, no tiene intención de hacer daño porque el verdadero peligro y la muerte proceden de la mano del hombre. Es algo que también percibí en ‘Lo que arde’, la cinta de Laxe de 2019, donde el fuego también viene provocado por el ser humano.

En parte, ‘Sirat’ me recuerda a ‘Easy Rider’, la película de Denis Hopper de 1969 en la que dos nómadas inadaptados cruzan en chopper los Estados Unidos en busca de la libertad. En ‘Sirat’ avanzan por el desierto en furgonetas y camiones con un sentimiento parecido, considerando la cultura rave como espacio de resistencia y huida. Esa comunidad parece alejada de la presión de nuestra sociedad por estar interconectados y ser productivos. Las raves son una respuesta a la individualidad y a la pérdida de los rituales colectivos.

En todas ellas está la búsqueda de la tierra prometida. En ‘Easy Rider’ es el carnaval de Nueva Orleans. En ‘Mimosas’, la ciudad medieval de Sijilmasa. Y en ‘Sirat’, la última rave. En todas ellas, la promesa de libertad esconde una realidad mucho más oscura y destructiva ya sea en forma de la horca, de minas antipersona o de experiencia alucinógena negativa. La llegada a la tierra prometida se convierte en el anticlímax de la película al no cumplirse las expectativas creadas. ‘Sirat’ es ante todo una gran experiencia sensorial que recomiendo afrontarla en la gran pantalla, en el cine, en una butaca bien centrada para no perder detalle de todo lo que allí vas a vivir.

Jesús Mª Platón

Maestro en artes marciales, licenciado en Comunicación por la UPV/EHU y cinéfilo