Pese a llevar más de 45 años de carrera a sus doloridas espaldas, Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, 1949) dice seguir viviendo cada estreno con una mezcla de anhelo e impaciencia. Aun así, se muestra razonablemente relajado y seguro cuando recibe a EL PERIÓDICO, ‘El Correo’ y ‘La Razón’ en su despacho de la productora El Deseo para hablar de ‘Amarga Navidad’, su largometraje número 24, un arriesgado ejercicio de cine dentro del cine en el que un director recurre a un trágico episodio de la vida de su asistente para superar un bloqueo creativo.La película se estrena el próximo día 20.
En el primer tramo de ‘Amarga Navidad’ reaparece el Almodóvar humorístico y sexy que de algún modo había dejado de estar presente en sus últimas películas…
Cuando estaba escribiendo el guion de esta película y aparecía algo que podía expresarse de un modo humorístico, no lo desechaba en absoluto, sino que lo abrazaba encantado. Es verdad que en mis últimas películas los temas eran más graves y el humor había ido desapareciendo poco a poco, pero he notado con alegría que he recuperado parte de ese humor en la primera parte de esta. Tengo ya escrito el guion de la próxima película y, si todo sale como yo quiero, en principio parece una comedia. Negra, pero comedia.
Hay un tema muy capital en ‘Amarga Navidad’ que es el de los límites de la autoficción. ¿Ha tenido en algún momento la sensación de que estaba viviendo determinadas experiencias única y exclusivamente para escribir sobre ellas?
Ese es uno de los peligros. Hay veces que sí tengo esa sensación de que estoy viviendo algo y al mismo tiempo estoy siendo consciente de que eso va a ser motivo de inspiración para algunas cosas. A veces tengo la impresión de que no vivo para vivirlo, sino para contarlo. La realidad siempre se cuela en las películas sin pedir permiso, siempre encuentra un resquicio por donde entrar. No es tanto que uno provoque que ocurran cosas para después poder hablar de ellas, pero sí existe esa consciencia de que las cosas que vives son a la vez material sobre el que puedes trabajar.
¿Y existen límites en el uso de ese material?
Bueno, eso es una cosa personal de cada uno, porque no hay una ley ni moral ni social que diga cuáles son los límites de eso. Yo creo que los límites deben estar en no hacer daño a nadie, a ninguna de las personas que te han inspirado determinadas secuencias. Si yo tuviera la sensación de que algo de lo que estoy escribiendo le iba a hacer daño a alguien, sacrificaría desde luego el guion en favor del bienestar de esa persona. Pero cada uno tiene su propia sensibilidad moral y se marca los límites a partir de ahí.
¿Alguna vez alguna persona cercana en la que se estuviera inspirando para escribir le ha dicho: «Pedro, esto lo veo demasiado explícito, no vayas por ahí»?
No, no me he encontrado nunca con eso. Por otra parte, cuando hablo de mí mismo, yo sé siempre dónde está la ficción y dónde está la realidad. Un ejemplo muy claro es el rodaje de ‘Dolor y gloria’: la casa donde vivía el personaje de Antonio [Banderas] era una réplica exacta de la casa donde vivo yo, y muchos de los muebles y cuadros que tengo se trasladaron al plató. Y cuando dirigía a Antonio, sabía que le estaba explicando cosas que pertenecían a mi vida, pero nunca tenía la impresión de ser yo mismo; para mí, siempre era un personaje de una película que se movía en un ‘set’ preparado para el rodaje. Siempre he sabido dónde estaba la realidad y dónde estaba la ficción.
«El dolor es últimamente un gran motivo de inspiración para mí»
Hablando de ‘Dolor y gloria’, que es una película que parece formar un díptico con ‘Amarga Navidad’, ahí los medicamentos estaban muy presentes y aquí vuelven a jugar un papel considerable. ¿El dolor y la enfermedad ocupan un espacio cada vez más importante en su vida y eso se traslada a las películas?
Sí, evidentemente. En ‘Dolor y gloria’ hablo de dolores físicos concretos. Acababa de operarme de la espalda y pensaba que no iba a poder volver a trabajar, porque no podía estar más de media hora de pie. Entonces, cuando me puse a hacer ‘Julieta’, que fue la siguiente, descubrí que en el momento de empezar a rodar desaparecían todos los dolores. Como por arte de magia, mi espalda deja de existir durante el rodaje y, una vez terminado, reaparece y te pide atención. Entonces, el remedio que tengo yo para que la espalda no me moleste es seguir rodando. Pero es verdad que el dolor últimamente es un gran motivo de inspiración para mí.
El retrato del director de cine que hace la película a través del personaje de Leonardo Sbaraglia es muy poco complaciente. Tiene algo monstruoso, sobre todo para la gente que está a su alrededor. ¿Por qué decidió cargar las tintas por ese lado?
Justamente, al ser el personaje del que yo estoy más cerca quería huir de la complacencia y hacer incluso una especie de ajuste de cuentas. La de director es una profesión que te da un poder descomunal. Puedes pedir cosas que nadie te va a protestar ni te va a cuestionar y que a lo mejor no son absolutamente legítimas. Con ese poder que le da saber que los demás han sido contratados para hacer lo que él diga, un director, si tiene un carácter mandón y no respeta mucho a la gente, puede hacer mucho daño a su alrededor. Yo no me incluyo ahí porque nunca me ha pasado, pero sí he conocido o he oído hablar de algunos que lo han hecho. Entonces, me divertía hacer un retrato cero complaciente. El director es una especie de semidiós que está ahí y todo el mundo le adora y está pendiente de él, y me apetecía bajarle de ese podio y, como hace Aitana Sanchez-Gijón en la película, ponerle muy a ras de suelo e incluso tumbarlo. Lo que pasa es que el creador tiene una ventaja sobre el resto de los mortales y es que hasta las cosas negativas, como el ataque de Aitana, le dan ideas y le sirven de inspiración. Y eso lo salva. Pero aquí no quería dar una imagen ni lúdica ni positiva sino que me divertía hacer una especie de autocrítica.

Pedro Almodóvar, junto a Victoria Luengo, Patrick Criado y Barbara Lennie, en el rodaje de ‘Amarga Navidad’ / EFE / El Deseo
Con todas esas leyendas que circulan sobre los rodajes de Pedro Almodóvar…
¿Qué leyendas hay? Porque yo creo que soy el último en enterarme [risas].
Se dicen cosas. La pregunta es si los actores y las actrices, especialmente los que trabajan por primera vez con usted, llegan algo intimidados y cómo se gestiona eso.
Bueno, creo que sí, que al principio necesitamos un tiempo de adaptación. Por ejemplo, cuando voy al teatro, trato de que los actores nunca sepan que voy, porque se ponen nerviosos. Lo último que tú quieres es que un actor se ponga nervioso por tu presencia. Entonces, al rodar, yo creo que vienen… En esta película no hemos tenido ningún problema y es una película compleja de hacer y de interpretar. Desde luego, seguro que en sus cabezas hay intimidación y querer hacerlo mejor y pensar: «Estoy en una situación única». Pero yo nunca pienso en eso. Yo pienso en el trabajo, y el trabajo es una cuestión dinámica. Entonces, si veo que alguien está nervioso, trato de que se le pase cuanto antes, porque estar muy nervioso es lo peor para interpretar. Pero en general no soy muy consciente de eso, ni tampoco de las leyendas, porque no me llegan.
En un momento de la película, ese director de cine dice: «No me degrades a Netflix». ¿Usted diría algo parecido?
Es muy comprometida esa pregunta. A mí Netflix me ha tirado los tejos más de una vez y nunca hemos accedido, porque tengo mi productora, con la que puedo hacer la película que quiero en cada momento. Así que no, no me gustaría trabajar para Netflix. Pero eso no significa una negación a Netflix; creo que han conseguido crear una verdadera industria del audiovisual en España. Aquí no había industria hasta que han llegado las plataformas. Las plataformas tienen cosas malas, pero también cosas muy buenas. De momento, están dando trabajo a todo el mundo, y esa es una cosa buenísima. Está el peligro de la inflación de ficción, porque se hace muchísima, pero bienvenido sea porque significa trabajo para la gente.
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