Hace poco más de dos meses, Erfan Soltani se convirtió en el primer manifestante iraní de las últimas protestas contra el régimen en ser condenado a muerte. Según informaba ABC el 12 de enero, la represión desatada por el Gobierno acabó con la vida … de más de 500 personas, según afirmó la asociación Iran Human Rights. Al mismo tiempo, Teherán amenazó con atacar bases militares estadounidenses si el presidente Donald Trump cumplía sus amenazas de intervenir en apoyo de las revueltas.

Su ejecución estaba prevista para dos días después, pero finalmente fue pospuesta por el Gobierno. Soltani había sido arrestado en su domicilio por haber participado en las protestas que se produjeron en su pueblo natal, Fardis, y se notificó a su familia que se había programado su ahorcamiento. Tras las amenazas de Estados Unidos, Teherán rectificó y aseguró el joven de 26 años no había sido condenado a muerte e, incluso, fue puesto en libertad bajo fianza, según informó su abogado a la AFP.

Esta falsa alarma, sin embargo, esconde una realidad siniestra que se ha prolongado en Irán durante varias décadas y con total impunidad. Prueba de ello es que en octubre, el poder judicial de Irán anunció que había ejecutado a seis personas a las que denominó «terroristas», condenadas por haber perpetrado ataques en la principal región petrolera del país, Juzestán, y de supuestos vínculos con Israel. «La sentencia de muerte para seis terroristas separatistas que, en los últimos años, habían llevado a cabo una serie de operaciones armadas y atentados con bombas contra la seguridad se ejecutó hoy al amanecer», informaba la nota de prensa.

  • Promete que vengará a los «mártires»

Los ejemplos de este tipo de ejecuciones son infinitos. Solo en los ocho primeros meses de 2025, Irán ejecutó a 840 personas. En 2022 fue Nasr Azadani quien consiguió driblar a la muerte en el último segundo. El futbolista saltó a las portadas de todo el mundo durante el Mundial de Qatar 2022 al conocerse su pena capital por haber apoyado las reivindicaciones de las mujeres de su país. Aún así, fue condenado a cumplir 26 años de cárcel tras un juicio sin garantías como el que sufrieron otros acusados por las manifestaciones.

«Guerra contra Dios»

Nasr Azadani salió relativamente bien parado, porque Irán condenó a 17 personas a la pena capital en relación con las manifestaciones y cuatro de ellas ya habían sido ejecutadas días antes. Lo que tienen todos estos desdichados es el ‘moharebé’, un delito que lleva muchos años copando la actualidad del país y protagonizando las críticas internacionales contra el Código Penal islámico del país. En España se traduce como «delito contra Dios», en los medios iraníes como «enemigo de Dios» y en los anglosajones como «guerra contra Dios», «guerra contra Dios y el Estado» y «enemistad con Alá». Una infracción equivale, casi siempre, a la pena de muerte.

Desde que se instauró en Irán con la histórica Revolución Islámica de 1979, miles de personas han sido ejecutadas por este delito. Año tras año, no es raro ver a los condenados por ‘moharebé’ ahorcados en las plazas públicas del país, mediante grúas, rodeados de un público multitudinario que presencia el tétrico espectáculo. En enero de 2023 ABC informaba de dos víctimas más, Mohammad Mehdi Karami y Seyed Mohammad Hosseini, por participar en los disturbios en la localidad de Karaj. El primero, de 22 años, era el campeón de karate iraní-kurdo, que había ganado varios títulos nacionales y representado a su país en competiciones internacionales. El segundo, de 20, era huérfano y trabajaba como voluntario entrenando a niños.

Todo comenzó el 11 de febrero de 1979 en Teherán. Así lo contaba ABC: «Las fuerzas revolucionarias han tomado el palacio del Sha, los principales edificios públicos, la radio y la televisión. Han muerto unas 500 personas, entre ellas el jefe del Ejército de Tierra y el comandante de la Guardia Imperial. Del primer ministro, Shapur Bakhtiar, no se sabe nada. Corren rumores de que le han matado o se ha suicidado, aunque la versión más probable es que se encuentre escondido en algún lugar del país. En cualquier caso, su Gobierno ha dejado de existir».

Derechos humanos

Había triunfado la Revolución Islámica, el terremoto político más importante de la historia reciente de Irán. En estás cuatro décadas y media, sin embargo, el régimen republicano –considerado desde entonces el representante de Dios en la Tierra– no ha encontrado su sitio en el mundo, en gran medida por sus enfrentamientos con Estados Unidos, Israel y otros países de la Unión Europea, así como por su polémico abuso de la pena de muerte por motivos religiosos, contra la que luchan muchos organismos internacionales desde la década de los 80.

Las leyes penales del país se dividieron en dos categorías. Por un lado, el código de criminalidad islámica, basado en la Sharía y que sirve de base legislativa. Por otro, el ‘Majlis’, un código de procedimiento penal votado por el Parlamento. Es cierto que el asesinato siempre fue el principal delito que desemboca en la pena capital, pero Irán planeó una aplicación extensiva de la pena de muerte, lo que significa que otros muchos cargos podían ser causa suficiente para mandar a la horca a los juzgados.

Entre ellos estaban el narcotráfico, las relaciones homosexuales y los actos considerados de rebelión política. Por eso el crimen de ‘Moharebé’ es usado todavía hoy, durante los bombardeos de Estados Unidos y tras la muerte de Jameini, para enjuiciar y ahorcar a los opositores políticos bajo el pretexto del crimen religioso, en procesos en los que los acusados no tienen derecho a contratar a ningún abogado independiente. Muchos de estos casos, según denuncian, se basan en confesiones forzadas. Por eso las organizaciones de derechos humanos advierten del «riesgo serio de ejecuciones en masa de manifestantes».

Ley islámica

Tras la revolución, la nueva república empezó a aplicar la ley islámica en todo el país, que funciona como un código de conducta de los musulmanes. El proceso hasta llegar aquí fue violento y sorprendente, porque la caída del régimen corrupto y dictatorial del Sha de Persia supuso también la desaparición del que había sido hasta entonces el quinto ejército más grande del mundo. El descontento social de los musulmanes comenzó con las reformas modernizadoras que había emprendido Reza Pahlevi bajo una fuerte influencia de Estados Unidos.

Este descontento fue aprovechado y canalizado por el clero chiíta, a pesar de la brutal represión protagonizada por las fuerzas policiales del imperio. «La represión alcanza extremos esquizofrénicos. El Sha habla de los mullah como ‘cerdos que se revuelcan en sus propios excrementos’. Las casetes con las prédicas del ayatolá circulan por todo el país, pese a que es delito pronunciar el nombre de Jomeini. Su hijo, incluso, murió torturado. Lo introdujeron en una caldera de aceite hirviendo», contaba ABC diez días antes de que Jomeini aterrizara en Teherán tras un año en el exilio.

Tras meses de manifestaciones en Teherán y en otras grandes ciudades, los musulmanes consiguieron sacar del trono a Reza Pahlevi y acabar con 2.500 años de imperio. Aquel aterrizaje de Jomeini el 11 de febrero de 1979 desencadenó la huida del Sha y el fracaso del intento de mantener un régimen pro-occidental bajo el primer ministro Bajtiar. Dos meses después, un referéndum ganado con una amplia mayoría le dio a Jomeini la potestad de proclamar la actual República Islámica.

La constitución

Según los datos oficiales, fue respaldada por el 99,9% de la población, que fue dotada después con una constitución marcada por los ideales de un gobierno islámico, con la Sharía y el citado «delito contra Dios». Jomeini continuó imponiendo todas las medidas fundamentalistas que aún hoy rigen el país, con comités revolucionarios que patrullaban las calles para obligar a cumplir los códigos de comportamiento y vestimenta, que sumieron al país en la Edad Media. Lo que se vendió como una modernización, fue una auténtica vuelta al pasado, con el objetivo de borrar cualquier vestigio de la influencia occidental.

Al nuevo Irán islámico no le temblaba el pulso a la hora de enfrentarse con las superpotencias extranjeras, como tampoco le importó desplegar su propia represión para eliminar a toda la oposición política en pocos años a través, entre otros, del conocido «delito contra Dios». Así lo reflejaba también ABC en julio de 1981: «La organización perseguida de los Estudiantes Islámicos ha perdido en la última semana a unos trescientos miembros víctimas de la represión que azota al país». Y en octubre: «Jomeini es un hombre viejo y enfermo que ha jurado odio eterno a los valores de Occidente».

Desde entonces, Irán ha experimentado una transformación enorme. Dejó de ser una sociedad rural y se convirtió en una sociedad urbana. Su población ha pasado de 37,5 millones de habitantes a los 86. Eso significa que 45 millones de habitantes han nacido con la República Islámica ya implantada y no tienen un recuerdo directo de una ley que no sea la Sharía. Jamás han vivido sin la amenaza del ‘moharebé’.