Con más de 25 años de experiencia, el divulgador y terapeuta especializado en psiconeuroinmunología clínica, Xavi Cañellas, sostiene que la ciencia hoy ya no permite entender mente y cuerpo como realidades separadas. Asegura que no son procesos independientes, sino expresiones de un mismo … sistema biológico integrado. Es decir, que la neurociencia ha mostrado que toda experiencia emocional tiene una base neurofisiológica concreta y produce cambios medibles en el organismo: «Todo lo que pensamos o sentimos tiene un efecto en nuestro cuerpo», asegura.

Explica que cuando una persona experimenta miedo, estrés o inseguridad se activan circuitos cerebrales específicos (como la amígdala, el hipotálamo o el córtex prefrontal) que regulan directamente la respuesta hormonal y la función del sistema inmunitario. Es decir, la emoción desencadena cambios en el sistema nervioso, endocrino e inmune de forma simultánea.

Estas ideas «ya están ampliamente documentadas en revistas científicas como’Psychoneuroendocrinology’, donde se describe cómo los estados emocionales modulan la liberación de cortisol, la inflamación, la respuesta inmunitaria o, incluso, la expresión genética relacionada con el estrés. Numerosos estudios han mostrado, por ejemplo, que el estrés crónico altera la función inmunológica, aumenta la inflamación de bajo grado y modifica el equilibrio hormonal. Del mismo modo -prosigue-, estados emocionales asociados a seguridad, vínculo o bienestar generan patrones fisiológicos diferentes, con efectos medibles sobre la salud».

La conclusión es que «la emoción no es algo abstracto o separado del cuerpo: es un proceso biológico que organiza la conducta, regula la fisiología y participa activamente en el mantenimiento o deterioro de la salud. La evidencia científica no habla ya de mente y cuerpo como dos realidades separadas, sino de un único sistema integrado que responde de manera coordinada a cómo vivimos e interpretamos nuestra experiencia».

-¿Qué ocurre biológicamente en el organismo cuando una emoción intensa no se procesa o se reprime durante largo tiempo?

-La palabra emoción proviene del latín ‘e-movere’, que significa literalmente ‘poner en movimiento’. Desde el punto de vista biológico, toda emoción implica una acción del organismo: activa una respuesta coordinada del sistema nervioso, endocrino e inmunitario para adaptarse a una situación concreta.

Cuando experimentamos una emoción intensa se produce una activación neuroendocrina (cambios en la actividad cerebral, liberación hormonal, modificaciones en la frecuencia cardíaca, la respiración o la tensión muscular) diseñada para resolverse en un tiempo determinado. El problema aparece cuando esa respuesta no se procesa, se reprime o queda cronificada.

En esos casos, el organismo mantiene activados circuitos de estrés durante más tiempo del necesario. Se altera la regulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, aumenta la carga alostática del cuerpo y se modifica el funcionamiento de distintos sistemas fisiológicos.

Esto puede observarse con claridad en el sistema digestivo. El intestino está estrechamente conectado con el sistema nervioso a través del eje cerebro- intestino y responde de forma muy sensible a los estados emocionales. Muchas personas experimentan cambios en la digestión, molestias gastrointestinales o alteraciones del tránsito cuando atraviesan situaciones que generan tensión emocional sostenida. De forma metafórica, el organismo ‘no digiere’ determinadas experiencias, y esa dificultad se expresa también a nivel fisiológico.

«El organismo está diseñado para movilizarse y volver al equilibrio. Cuando no ocurre, el cuerpo mantiene una respuesta adaptativa que puede convertirse en fuente de desgaste y enfermedad»

Lo mismo ocurre con otros sistemas: pueden aparecer alteraciones del sueño, mayor inflamación de bajo grado, cambios en la respuesta inmunitaria o dificultades en la regulación emocional.

El organismo está diseñado para movilizarse y volver al equilibrio. Cuando esa activación no encuentra resolución, el cuerpo mantiene una respuesta adaptativa que, con el tiempo, puede convertirse en fuente de desgaste y enfermedad.

-Suele hablar de coherencia entre sistemas. ¿Cómo se comunican exactamente el sistema nervioso, el endocrino y el inmunológico cuando vivimos una experiencia emocional intensa?

-El organismo funciona como una red integrada en la que los distintos sistemas están en comunicación constante. Esa coordinación se produce principalmente a través de los llamados ejes neuroendocrinos, que permiten al cerebro regular simultáneamente la respuesta nerviosa, hormonal e inmunitaria ante cualquier experiencia relevante.

Cuando vivimos una emoción intensa, el cerebro interpreta primero el significado de esa situación y activa estructuras como el hipotálamo, que actúa como centro de mando. A partir de ahí se desencadenan respuestas coordinadas: el sistema nervioso autónomo modifica la frecuencia cardíaca o la respiración, el sistema endocrino libera hormonas del estrés como el cortisol y el sistema inmunitario ajusta su actividad.

Todo el organismo se reorganiza en función de la prioridad biológica del momento. Si el cerebro percibe peligro, el cuerpo entra en modo supervivencia: se moviliza energía hacia los sistemas necesarios para responder (como la acción muscular o la atención) y se reducen temporalmente funciones menos urgentes desde el punto de vista adaptativo, como la reproducción, determinados procesos digestivos o aspectos de la respuesta inmunitaria.

Este proceso refleja un principio básico de la biología: el cuerpo distribuye sus recursos según las demandas del entorno. La experiencia emocional actúa como señal que organiza esa respuesta global, generando una coherencia entre sistemas que permite al organismo adaptarse a lo que está viviendo.

La salud depende en gran medida de la capacidad del organismo para activar estas respuestas cuando son necesarias y volver después al equilibrio. Cuando la activación se mantiene de forma crónica, esa coordinación adaptativa puede transformarse en desgaste fisiológico.

-Muchas personas entienden la emoción como algo ‘mental’. ¿Qué errores conceptuales nos han llevado a separar mente y cuerpo en la cultura occidental?

-Uno de los principales errores ha sido entender la mente y el cuerpo como entidades separadas. Durante siglos hemos asociado las emociones a algo puramente mental o psicológico, cuando en realidad son respuestas biológicas completas que implican a todo el organismo.

La emoción es, en esencia, una respuesta del sistema nervioso ante cómo interpretamos la información del entorno, y esta respuesta impacta directamente en el sistema hormonal, cardiovascular, respiratorio e inmunitario. Ante un estímulo percibido como amenaza, por ejemplo, el organismo activa de forma automática cambios fisiológicos (aumento de la frecuencia cardiaca, respiratoria, tensión muscular) antes incluso de que exista una interpretación consciente de lo que está ocurriendo.

Estos procesos se inician a nivel subcortical, de forma rápida y automática, y milisegundos después la información llega a las áreas corticales, donde damos significado consciente a esa activación corporal. Tanto la información corporal como la interpretación cognitiva se integran en estructuras como la ínsula, que permite reconocer qué estamos sintiendo.

Por tanto, la emoción no es algo que ocurre solo en la mente, sino una experiencia corporal integrada. El error ha sido considerar que la mente funciona por separado del cuerpo, cuando las emociones son precisamente la expresión de esa unidad. Desde esta perspectiva, no podemos entender la salud emocional sin comprender los procesos fisiológicos que la sostienen

-¿Qué síntomas físicos son intentos adaptativos del cuerpo para resolver conflictos emocionales?

-Muchos síntomas físicos pueden entenderse como respuestas adaptativas del organismo ante situaciones de alta carga emocional o estrés sostenido. El cuerpo no genera síntomas de forma arbitraria: suele tratarse de intentos de regulación o ajuste frente a una demanda que percibe como exigente.

Uno de los sistemas que responde con mayor sensibilidad es el digestivo. El intestino está estrechamente conectado con el sistema nervioso y suele reflejar estados de tensión emocional a través de cambios en el tránsito intestinal, digestiones pesadas o alteraciones del apetito. Desde el punto de vista biológico, el organismo reorganiza su funcionamiento en función de la prioridad del momento, y los procesos digestivos pueden verse temporalmente modificados cuando el cuerpo está centrado en responder al estrés.

El sueño también se altera con frecuencia. Las dificultades para conciliar o mantener el sueño reflejan un estado de hiperactivación del sistema nervioso, en el que el organismo permanece en alerta incluso cuando debería entrar en procesos de recuperación y reparación.

A nivel cognitivo y emocional pueden aparecer dificultades de concentración, rumiación constante, sensación de agotamiento mental o ansiedad persistente.

Estos estados reflejan una activación prolongada de los circuitos de vigilancia y respuesta ante la amenaza. El sistema inmunitario también muestra esta relación. En situaciones de estrés mantenido pueden observarse procesos inflamatorios de bajo grado o respuestas inmunitarias que se prolongan más de lo esperado, como si el organismo permaneciera en estado de activación.

Muchos síntomas pueden interpretarse como señales de adaptación del organismo ante una carga que necesita ser procesada. El problema aparece cuando estas respuestas, inicialmente diseñadas para proteger y regular, se cronifican y terminan generando desgaste en la salud.

«Muchas personas viven desconectadas de sus señales corporales porque hemos normalizado funcionar en un estado de estímulo constante»

-¿Cómo puede una persona identificar que su cuerpo está expresando algo que su mente no puede sostener?

-Muchas personas viven desconectadas de sus señales corporales porque hemos normalizado funcionar en un estado de estímulo constante, con poco espacio para percibir lo que ocurre internamente. El ritmo de vida actual favorece que atendamos continuamente a información externa (pantallas, ruido, actividad) y eso reduce la capacidad de escuchar las señales del propio cuerpo.

Además, hemos llegado a normalizar incluso el malestar y el dolor. Muchas personas conviven durante años, por ejemplo, con fatiga persistente, molestias digestivas o dificultades para dormir sin preguntarse qué está expresando el organismo. El dolor no es el inicio del proceso, sino una señal relativamente tardía de que el cuerpo lleva tiempo intentando adaptarse o compensar algo.

El primer paso es elevar el nivel de consciencia corporal. Esto implica recuperar espacios de silencio, reducir el exceso de estímulos y prestar atención a sensaciones físicas como la respiración, el descanso, la digestión o los cambios en la energía. El cuerpo nos habla, ¿qué significa eso?, que suele expresar de forma temprana aquello que aún no hemos elaborado a nivel mental.

También resulta útil observar cuándo ciertos síntomas aparecen de forma recurrente ante situaciones concretas: molestias digestivas antes de determinados eventos (entrevistas de trabajo, exámenes, conversaciones difíciles), dificultad para dormir en periodos de preocupación o tensión física sostenida en momentos de estrés. El organismo suele mostrar patrones que, cuando se observan con atención, revelan una relación entre experiencia emocional y respuesta corporal.

Aprender a escucharse no significa, ‘volvernos locos’ e interpretar cualquier síntoma de forma automática, sino desarrollar una mayor sensibilidad hacia las señales del cuerpo. Cuando una persona reduce el ruido externo y cuida espacios de atención interna, el cuerpo deja de ser un territorio silencioso y se convierte en una fuente de información valiosa sobre su estado de equilibrio.

Estrés crónico

-¿Qué papel juega el estrés crónico en la aparición de enfermedades inflamatorias o autoinmunes desde esta perspectiva integrativa?

-El estrés crónico actúa como un potente modulador del sistema inmunitario. Desde una perspectiva integrativa, no lo entendemos solo como un estado psicológico, sino como una condición biológica sostenida que altera la comunicación entre el sistema nervioso, endocrino e inmunitario.

Cuando una persona vive en estrés mantenido, se activa de forma persistente el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y aumenta la liberación de cortisol y otras hormonas del estrés. A corto plazo esto es adaptativo, pero cuando se cronifica produce una disminución de la eficacia del sistema inmune y, especialmente, una desregulación de la tolerancia inmunitaria, que es el mecanismo que permite al organismo distinguir entre lo propio y lo extraño.

Esta pérdida de regulación puede favorecer dos fenómenos aparentemente opuestos, pero biológicamente relacionados: por un lado, mayor susceptibilidad a infecciones y menor capacidad de reparación; por otro, respuestas inflamatorias persistentes o reacciones contra tejidos propios, lo que puede contribuir al desarrollo de enfermedades autoinmunes.

Además, el estrés crónico mantiene al organismo en un estado de alerta constante, alterando la microbiota, la permeabilidad intestinal, los procesos de resolución de la inflamación y la regulación del sistema nervioso autónomo. Todo ello crea un terreno biológico donde la inflamación deja de ser un proceso puntual de reparación y pasa a convertirse en un estado sostenido.

Por eso, desde el enfoque integrativo, entendemos que regular el estrés no es solo mejorar el bienestar emocional, sino restaurar mecanismos fisiológicos básicos que sostienen el equilibrio inmunológico y la salud a largo plazo.

-¿Cómo influyen las experiencias tempranas -infancia, apego, traumas- en la forma en la que el cuerpo responde décadas después ante situaciones emocionales similares?

-Las experiencias tempranas, especialmente durante la infancia, actúan como un proceso de programación biológica del organismo. En ciencia hablamos de las ‘early life experiences’, experiencias de vida temprana que moldean cómo interpretamos el mundo y cómo responde nuestro cuerpo a él a nivel neurológico, endocrino e inmunitario.

El cerebro del niño es altamente plástico y aprende del entorno si el mundo es seguro o amenazante. A partir de esas experiencias se configuran los circuitos cerebrales relacionados con la regulación emocional, la respuesta al estrés y la percepción del peligro. Esto implica que también se establecen patrones de activación del eje del estrés, del sistema nervioso autónomo y de la función inmunitaria.

Décadas después, ante situaciones emocionales similares, el organismo no responde solo a lo que ocurre en el presente, sino desde esos patrones previamente aprendidos. El cuerpo recuerda. Responde según la información que integró en etapas tempranas, activando respuestas fisiológicas que en su origen fueron adaptativas.

Existe abundante evidencia científica que muestra que estas experiencias tempranas pueden influir en la regulación inflamatoria, la tolerancia inmunitaria, la reactividad al estrés y el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades en la vida adulta. Por eso, desde una perspectiva integrativa entendemos la salud como el resultado de la interacción entre biografía y biología: cómo vivimos moldea cómo funciona nuestro organismo.

-Cuando un paciente presenta un síntoma físico persistente, ¿cómo no caer en simplificaciones del tipo ‘todo es psicológico’?

-Para no caer en estas simplificaciones, lo primero es comprender los mecanismos biológicos que mantienen un síntoma en el tiempo. Un síntoma persistente no es solo una experiencia mental, sino la expresión de procesos fisiológicos complejos en los que el sistema nervioso, el sistema endocrino y el sistema inmunitario están profundamente implicados.

En muchos casos, el sistema nervioso regula y mantiene patrones de activación que influyen en la inflamación, el dolor, la función digestiva o la respuesta inmunitaria. Por tanto, no se trata de algo ‘psicológico’ en el sentido de imaginario o subjetivo, sino de respuestas biológicas reales que el organismo ha aprendido como adaptativas en un contexto determinado.

El problema es que, por falta de tiempo o por modelos reduccionistas, a menudo se simplifica la experiencia del paciente en lugar de comprender su historia, su contexto y los procesos que han llevado a su organismo a funcionar de esa manera. Cuando entendemos realmente a la persona (su biografía, su entorno, sus experiencias y cómo su cuerpo ha aprendido a responder) el síntoma deja de ser una etiqueta psicológica y pasa a ser la expresión de una adaptación concreta de ese organismo.

Desde una mirada integrativa, el objetivo no es decidir si un síntoma es físico o psicológico, sino entender qué procesos están implicados y qué información está expresando el cuerpo de esa persona en particular.

-Si tuviera que resumir en una idea clave por qué no podemos separar emoción y cuerpo, ¿cuál sería el mensaje que debería comprender cualquier persona para transformar su salud?

-La idea fundamental es que emoción y cuerpo son dos expresiones del mismo proceso biológico. Toda emoción genera cambios fisiológicos en el organismo, y todo cambio en el organismo modifica cómo sentimos, pensamos y percibimos el mundo.

Nuestro cuerpo funciona como una red integrada donde sistema nervioso, endocrino e inmunitario están en constante comunicación. Por eso hablamos de ejes como el intestino-cerebro: el estado del cuerpo influye en la experiencia emocional y la experiencia emocional influye en la biología del cuerpo. Si existe inflamación intestinal, cambia la forma en la que una persona siente, percibe y responde al entorno; del mismo modo, una vida vivida bajo estrés sostenido o conflicto emocional modifica la regulación inmunitaria, la inflamación y la fisiología digestiva.

Desde esta perspectiva, no podemos separar lo que sentimos de lo que ocurre en nuestros tejidos. La salud no se transforma actuando sólo sobre el cuerpo o sólo sobre la mente, sino comprendiendo que ambos forman una unidad dinámica que se regula continuamente.

-¿A qué profesional acudir cuando no se encuentra motivo emocional a nuestro dolor físico?

-Afortunadamente, cada vez hay más profesionales de la salud (médicos, psicólogos, fisioterapeutas y terapeutas de distintas disciplinas) que trabajan desde una visión integrativa del ser humano. Más que acudir a un tipo concreto de profesional, lo importante es encontrar un enfoque que no fragmente a la persona, sino que entienda el síntoma dentro del conjunto del organismo y de la vida del paciente.

Cuando el dolor físico no encuentra una causa evidente, no significa que sea imaginario ni exclusivamente emocional, sino que probablemente intervienen múltiples factores biológicos, neurológicos y contextuales que deben ser comprendidos de forma global.

El cambio fundamental no está solo en el profesional, sino en la mirada: avanzar hacia un modelo de salud que entienda que cuerpo, mente y entorno forman una unidad inseparable. Esa visión integrativa permite comprender mejor el origen del síntoma y acompañar procesos de recuperación más profundos y sostenibles.