José Coarasa cumple hoy 60 años, una trayectoria marcada por la fotografía, la restauración y el compromiso con la sociedad. El profesor recuerda que sus primeros contactos con el octavo arte fueron gracias a su familia. “Mi padre siempre hacía fotos familiares en excursiones y viajes, con una cámara que compró de segunda mano… yo se la pedía y la primera que me regalaron en la comunión fue una Kodak Instamatic que aún conservo”. Desde pequeño mostró interés por capturar imágenes y, con los años, ese interés se consolidó como una afición que nunca ha abandonado.
Durante sus estudios en Barcelona, Coarasa descubrió la fotografía académica. En Bellas Artes asistió a clases con Manolo Laguillo y Enrique Carbó, donde aprendió técnicas de revelado y el Sistema de Zonas. “Ahí me afiancé en lo que es el reportaje”, recuerda, señalando que fue en ese periodo cuando su afición se transformó en una pasión más profunda.
“Siempre he sido coleccionista, primero eran sellos y luego fotos”
Además de la fotografía, Coarasa se especializó en restauración y conservación de bienes culturales. Su formación incluyó estancias en Barcelona y Florencia, donde se especializó en técnicas de fresco o pintura mural. “Todo lo que sea trabajar con las manos se me daba bien, aunque la restauración, aparte de trabajar con las manos, tiene mucha parte científica”, explica. Esta combinación de destreza manual y conocimiento técnico cimentó su carrera en la conservación del patrimonio.
Tras sus estudios, trabajó como restaurador independiente creando la empresa Tesera S.L, restaurando obras de relevancia, como las pinturas murales de la ermita de Casbas en Ayerbe, el retablo mayor de Sallent de Gállego, el de la Virgen de Riglos y el de Almudévar. Su trabajo también incluye colaboración con el Gobierno de Aragón en la restauración de obras patrimoniales. Su afición por la fotografía antigua se convirtió en un proyecto de preservación histórica bajo la influencia de Ángel Fuentes. Coarasa posee una colección que incluye imágenes de Huesca, de Japón y de la Isla de Cuba, muchas del siglo XIX y realizadas con técnicas como daguerrotipo, ambrotipo y fotografías a la albúmina, algunas coloreadas a mano. “Hay fotos únicas que no se encuentran en la Fototeca y que me piden investigadoras, y yo las cedo”, comenta.
«Hay un resurgir de la fotografía analógica»
Estas fotografías se han utilizado en numerosas publicaciones y exposiciones. Entre los libros que incluyen sus imágenes están: Viajeros y fotógrafos en San Juan de la Peña, Y Sin embargo te quiero, Huesca a Jaca, 125 años de una línea ferroviaria. También han formado parte de exposiciones recientes, como en la de Los Baños de Panticosa. El elogio del agua (2022). “No es solamente coleccionarlas y guardarlas, sino que es una pasión que revierte en la sociedad, que es el objetivo último, no es solamente acumular, sino que sirva también en el futuro para algo”, subraya.
Coarasa destaca que su colección no se limita a Huesca: también incluye imágenes de Zaragoza, Madrid, Barcelona, los Pirineos franceses, La Habana y Japón, adquiridas en ferias y plataformas de coleccionismo en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. “Siempre he sido coleccionista. Primero eran sellos, postales y luego la fotografía. Y no solo se trata de tenerlas, sino de que puedan servir en el futuro, para recuperar la memoria visual de un personaje, un pueblo, un paisaje o para investigaciones”, explica.
«No es solo acumular y guardar fotografías, es una pasión»
Desde hace más de 20 años, José Coarasa es profesor en la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Aragón (ESCYRA), impartiendo asignaturas que combinan fotografía, restauración y documentación científica. “Hay que tener conciencia de lo que se trabaja, para que estas obras puedan perdurar muchos años en su estado más original”, comenta, explicando la importancia de transmitir a sus alumnos el valor del patrimonio y de su correcta preservación. Según él, el aprendizaje no solo implica técnica, sino también pasión y responsabilidad hacia la preservación cultural.
Coarasa también reflexiona sobre el valor de la fotografía analógica frente a la digital. “Estas fotografías han perdurado durante casi 200 años. Ahora todas las imágenes que hacemos con el teléfono no van a durar nada. Por eso siempre hay que positivarlas y conservarlas. Me parece que hay un resurgir por tener la versión física, para tocarla, sentirla”, afirma. Para él, la fotografía analógica no es solo una técnica, sino un puente entre generaciones y un medio para garantizar la memoria visual.
Su trayectoria demuestra cómo una pasión personal puede transformarse en un legado que beneficia a generaciones presentes y futuras. Como él mismo dice: “No es solamente coleccionar las fotografías y guardarlas, sino que es una pasión que revierte en la sociedad”.