No todos los caminos del fútbol conducen al gol, pero es curioso que casi todos terminan siendo juzgados por él. En un juego tan complejo, lleno de matices tácticos y esfuerzos colectivos, el gol sigue siendo la unidad básica de medida. Es lo que decide partidos, lo que cambia temporadas y lo que marca la memoria de los aficionados.
Por ende, el gol es, también, lo más cotizado del fútbol. Los clubes pagan cifras cada vez más altas por quienes tienen la capacidad de encontrarlo con frecuencia. En un deporte en el que participan veintidós jugadores durante más de noventa minutos, la diferencia suele reducirse a un gesto preciso, a un remate acertado, a un instante en el que alguien sabe exactamente dónde debe estar para recoger un rechace o empujar un balón suelto a la red.
No todos los futbolistas se relacionan con el gol de la misma manera. Algunos lo buscan desde el juego: organizan, construyen, presionan y llegan a él como consecuencia natural de lo que hacen en el campo. Y el ejemplo de los ejemplos es Mikel Oyarzabal, que hace de todo y todo lo hace bien, aparte de su indiscutible facilidad para hacer diana. Otros, en cambio, parecen vivir una relación más directa con el gol. Su partido se mide menos por lo que participan en el desarrollo del mismo y más por lo que resuelven de cara a la portería. Jugadores que llevan el gol dentro. No siempre necesitan muchas ocasiones ni grandes tramos de protagonismo. A veces basta con una jugada, un desmarque o un solo toque. Su verdadero talento, impagable, consiste en aparecer donde el balón termina siendo decisivo. En pocas palabras, de gatillo fácil y siempre preparado. Un ejemplo nostálgico e inolvidable, John Aldridge.
No hay nada en el fútbol como el gol. Carles Puyol, el mejor zaguero en la historia de la selección española, reconocía hace poco en un documental sobre el Mundial de 2010 que “me he pasado toda la vida defendiendo y al final me recuerdan por un gol”. Concretamente el que marcó en la semifinal ante Alemania en aquel memorable testarazo.
El caso de Sergio García
Yo siempre recuerdo el caso de Sergio García, que fue a un Mundial sub’20 como punta cuando en el Europeo en el que ganaron el título y sellaron su pase para el evento en Emiratos había actuado de mediapunta por detrás de Fernando Torres. Bueno, y por delante de los guipuzcoanos Zubiaurre y el capitán Murillo. Y de un tal Iniesta. En el último encuentro de grupo ante Uzbekistán, en el que solo les valía ganar para no volver antes de tiempo, España falló un sinfín de ocasiones y solo Iniesta fue capaz de anotar el definitivo 1-0. En el AS había un adorno de la crónica que era un medallero. A veces lo pintaban con fotos. Había un apartado que se llamaba el “Vaya día!”. Se lo hubiera dado a cualquiera del rival, pero como no teníamos forma de conseguir su imagen, me dijeron que escogiera a un jugador español por lo que decidí concedérselo a Sergio, porque había desperdiciado muchas ocasiones a pesar de no completar un mal encuentro. Era el único periodista cubriendo la cita, tras el primer partido, el seleccionador Ufarte me quería matar por criticar que se escudara en el árbitro en la derrota del estreno ante Argentina, tras el tercero, el goleador del equipo se había sumado a la causa. Intenté explicarle, sin demasiada buena acogida, cómo sucedieron los acontecimientos y acabé explicándole: “¿Sabes lo que pasa? Que probablemente en el siguiente partido habrá compañeros que jueguen mejor, pero si marcas el gol decisivo te garantizo que te llevarás toda la gloria”. Solo hubo que esperar cinco días, al duelo de octavos que se decidió por una solitaria diana de Sergio, quien se erigió en la estrella a pesar de una exhibición descomunal de Iniesta.
Karrikaburu y Óskarsson
Así funciona esto. Nada está por encima del gol en el fútbol. Y los pocos caminos que conducen al mismo suelen ser los más difíciles. Que se lo pregunten a Karrikaburu, que ha visto puerta toda la vida y cuando vuelve a la Real este curso todavía no le han concedido ni una oportunidad de salida… Y eso estando Óskarsson, el supuesto 9 suplente, fuera de combate durante más de cuatro meses.
Hablemos de Orri. En una época de bonanza, en la que Anoeta se ha ganado la admiración de todo el mundo por el extraordinario ambiente que se generó y se vivió en la vuelta de la semifinal, creo que es digno destacar que si el islandés consigue explotar definitivamente lo habrá logrado gracias al cariño de su afición. Y no solo por la canción, que por supuesto le ha cambiado la vida y le ha devuelto la sonrisa para salir del agujero negro en el que se encontraba, sino porque siempre ha recibido el cariño de una parroquia que confía en que llegue su gran momento. Con esta inyección de confianza y autoestima, Óskarsson fue importante en el milagro final ante Osasuna y anotó el gol definitivo en Vitoria. Es decir, está en letras mayúsculas en la lista de héroes por un día que ha terminado llevando a la Real hasta la gran final de Sevilla cuando menos lo esperábamos todos. Luego llegó su gol al Elche, con la irrupción con fuerza y a todo volumen de su melodía, y su doblete frente al Oviedo.
Orri no es Oyarzabal, ni queremos que lo sea porque sabemos que Mikel solo hay uno. Cualquier comparación le perjudicará, por lo que es evidente que no le conviene a nadie. Es que además queremos que sea distinto, porque no hay nada mejor que añadir colores a la paleta de un entrenador para su delantera. Pero a la hora de enjuiciarles, es tan evidente que el capitán hace de todo, porque es una especie en extinción, y en algunos momentos hasta se le ha perdonado que no tuviese tan buenos números, como que a Óskarsson, que se relaciona mucho mejor con el gol que con el juego, haya que analizarle en base a sus registros. Y ahí el islandés sale airoso, porque ha disputado 305 minutos, con solo dos titularidades, y lleva cinco goles. Las cosas como son. Orri es un ariete de desmarque y finalización. De apariciones fugaces. Conviene que todos los tengamos claro.
La afición de la Real
En unos días en los que las malditas entradas están sacando lo peor de cada uno (mucho ánimo y toda mi solidaridad y comprensión a todos los que el miércoles dependerán del sorteo), creo que es bonito recordar que no hay una afición mejor que la de la Real en la derrota, el fracaso o en la desgracia. Seguro que Óskarsson lo tendrá claro para siempre, como si fuera uno más de la casa. Una ayuda a la que el extraterrestre que se marchó en enero renunció, aunque, que quede bien claro y como les sucede a todos los realistas que la necesitan, siempre la tuvo a su entera disposición.
Una afición entregada a sus colores y empática con las dificultades de otros que le llevan a cometer hasta errores históricos. Que se lo pregunten a Osasuna… Me hace gracia porque en el crisol de sentimientos que es la redacción de NOTICIAS DE GIPUZKOA ha llegado un apasionado seguidor rojillo y cuando tuvo que pasar el test del recién llegado, reconoció que la Real ya no le caía tan bien como antes. Le preguntamos por qué y nos dijo que “porque nos ha ganado mucho últimamente”. Hombre, eso no vale. La derrota está incluida en el libro gordo de las rivalidades que tanto denostan los otros: si el vecino te gana, pasas el duelo, aguantas y multiplicas las ganas de revancha. Ése es el Osasuna que esperamos: enrabietado y competitivo. Y si gana, superará en la tabla a los de Matarazzo. La Real sabe lo que le espera y que está obligada a sacar su mejor versión si pretende dar un golpe en la mesa en su remontada hacia Europa.
El fútbol y los derbis pueden explicarse de muchas formas: desde la táctica, desde la técnica, desde la motivación o desde la belleza y los distintos estilos del juego. Pero al final, cuando el partido termina, el resultado siempre se escribe de la misma manera: con goles. Y nosotros queremos celebrar muchos más de una Real que parece haber acabado por fin con su mayor problema desde la salida de su anterior vikingo. ¡A por ellos!