La presencia de Delhy Tejero en la exposición «Cómo batir la imaginación para que no se corte«. Constelaciones en torno a Rafael Pérez Estrada, organizada por el MUCAC, vuelve a situar a la artista nacida en Toro en un lugar de creciente relevancia dentro del panorama artístico español. La muestra, que encara sus últimos días antes de su clausura el 15 de marzo, propone una reflexión sobre la imaginación como motor de la creación y reúne a autores que desarrollaron universos simbólicos propios. En ese contexto, la presencia de Delhy Tejero resulta especialmente significativa, porque su obra fue desde muy temprano una exploración constante de ese territorio donde la intuición, el pensamiento visual y la imaginación se entrelazan.
La exposición plantea un diálogo en torno a la figura del escritor y artista malagueño Rafael Pérez Estrada, creador profundamente interesado en los mecanismos de la imaginación. Ese mismo impulso creativo atraviesa buena parte de la obra de Delhy Tejero, cuya pintura y dibujo desarrollaron desde los años treinta un universo visual poblado por símbolos, criaturas imaginarias y escenas que parecen surgir de una dimensión interior más que de la observación directa de la realidad. La selección de obras presentes en Málaga permite recorrer distintas etapas de su trayectoria y comprender hasta qué punto su lenguaje artístico se construyó desde una búsqueda muy personal.
Uno de los núcleos más sugerentes de la exposición está formado por varias piezas pertenecientes a la serie “Las brujas”, realizada a comienzos de los años treinta. Este conjunto ocupa un lugar fundamental dentro de la producción de Delhy Tejero porque marca un momento de intensa experimentación creativa. A través de estas obras la artista desarrolla un imaginario en el que pequeñas figuras fantásticas acompañan el proceso de creación, convirtiéndose en metáforas visuales de la imaginación.
Entre las obras presentes en la muestra se encuentra “Rabina suspendida de la estrella. Serie Las brujas” (1932). En la composición aparece Rabina tendida en un paisaje rocoso mientras una estrella luminosa proyecta un rayo que atraviesa la escena. La imagen transmite una sensación de quietud y contemplación. El personaje parece situado en un estado intermedio entre el sueño y la revelación. La estrella se convierte así en un símbolo de iluminación interior, un motivo que en la obra de Delhy suele asociarse a la intuición, al conocimiento y a esa zona de la experiencia que no puede explicarse solo desde la lógica.

Rabina suspendida de la estrella, 1932 / Delhy Tejero
La figura de Rabina aparece en varias obras de este ciclo y funciona como un personaje recurrente dentro de ese universo imaginario que Delhy construye en aquellos años. Más que un retrato o una figura narrativa convencional, Rabina parece representar una dimensión introspectiva de la propia artista, un alter ego simbólico que habita ese territorio donde la imaginación se convierte en forma de pensamiento. En esta pieza, además, el paisaje no actúa como simple fondo. Las manchas, las veladuras y la atmósfera grisácea envuelven la escena y la convierten en un espacio mental, suspendido, casi fuera del tiempo.
Otra de las piezas incluidas en la exposición es “Las brujas con Delhy Tejero. Serie Las brujas” (1930). La escena muestra a varias pequeñas figuras negras que rodean una hoja de papel mientras una mano, la de la propia artista, interviene en el proceso de dibujo. La composición posee un claro carácter autorreferencial. Delhy se introduce dentro de su propia obra y convierte el acto de dibujar en el verdadero tema de la imagen.

Las Brujas con Delhy Tejero, 1930 / Delhy Tejero
En esta escena las brujas no aparecen como criaturas inquietantes, sino como presencias cómplices que participan en el proceso creativo. Funcionan como metáfora de la inspiración, como pequeñas entidades imaginarias que acompañan el trabajo del artista. La obra propone una visión poética del acto de crear, entendiendo la imaginación como una fuerza activa que interviene en el proceso de la pintura y del dibujo. También hay en ella una dimensión lúdica, casi teatral, que aleja la imagen de cualquier lectura sombría. Delhy transforma el viejo imaginario de la bruja en una iconografía completamente nueva: ya no es amenaza, sino energía creadora.
Completa este grupo “Rabina y Kirta. Serie Las brujas” (1932), una obra en la que aparecen dos figuras estilizadas situadas en un espacio construido mediante manchas y veladuras que configuran un paisaje casi abstracto. El ambiente tiene algo de teatral y algo de onírico. Los personajes parecen habitar un escenario suspendido fuera del tiempo, como si pertenecieran a un mundo paralelo regido por sus propias leyes. El diálogo visual entre ambas figuras refuerza la idea de que la serie no responde a escenas aisladas, sino a una mitología privada que Delhy va construyendo obra a obra, personaje a personaje.

Rabina y Kirta, 1932 / Delhy Tejero
A través de estas tres piezas puede apreciarse hasta qué punto Delhy Tejero estaba explorando en aquellos años un lenguaje visual profundamente personal. Aunque su obra suele relacionarse con las vanguardias de la época, su imaginario no se ajusta plenamente a ninguna corriente concreta. En sus dibujos conviven elementos del surrealismo, del simbolismo y de la ilustración fantástica, pero siempre reinterpretados desde una sensibilidad propia. Esa libertad resulta una de las claves de su vigencia actual: no fue una seguidora de modas, sino una creadora que convirtió su mundo interior en un territorio artístico autónomo.
El recorrido expositivo continúa con obras posteriores que muestran la evolución de su lenguaje hacia composiciones cada vez más simbólicas y experimentales. En “Torito (homenaje a Picasso)” (1950), realizado en grafito sobre papel, la artista transforma el motivo del toro en una figura estilizada construida mediante líneas suaves y fluidas. La imagen evoca inevitablemente la tradición iconográfica asociada al animal en el arte español, pero al mismo tiempo introduce un diálogo con el legado de Pablo Picasso, al que la obra rinde homenaje explícitamente.

Torito (homenaje a Picasso), 1950 / Delhy Tejero
En esta pieza el toro aparece reducido a una estructura esencial de líneas que definen su forma con gran economía de medios. La figura parece surgir de un gesto casi caligráfico, como si el dibujo se construyera a partir de un único movimiento continuo. No hay aquí una voluntad de descripción naturalista, sino de condensación simbólica. Delhy toma un motivo profundamente arraigado en la cultura visual española y lo traduce a una sintaxis moderna, despojada, casi musical. El resultado es una imagen contenida y muy libre a la vez.
Entre ambas etapas se sitúa también “Las artes” (1953), una obra que introduce una reflexión explícita sobre el propio universo creativo. En esta pieza Delhy organiza el espacio pictórico a partir de elementos simbólicos que remiten al territorio de la creación artística, construyendo una imagen donde dibujo, pintura e imaginación parecen entrelazarse. Más que representar una escena concreta, la obra propone una meditación visual sobre la práctica artística y sobre la capacidad del arte para generar mundos posibles. Su presencia en la exposición refuerza la idea de que, durante los años cincuenta, Delhy avanzó hacia un lenguaje cada vez más conceptual y simbólico, en el que la pintura se convierte en un espacio de pensamiento.

Las Artes, 1953. / Delhy Tejero
La evolución de su pintura continúa con “Nautilus” (1954), una obra que refleja el interés de la artista por las formas orgánicas y por las estructuras naturales que evocan crecimiento y transformación. El título remite a la espiral característica de la concha marina, un motivo que a lo largo de la historia del arte ha simbolizado procesos de expansión y desarrollo. En la obra de Delhy esta referencia se transforma en una composición dinámica donde formas curvas y líneas fluidas se entrelazan en un espacio de gran intensidad visual.
La pintura sugiere una especie de arquitectura orgánica en la que las formas parecen crecer y desplegarse dentro del lienzo. Ese interés por las estructuras naturales y por las formas en movimiento conecta con una etapa de su trabajo en la que la artista se aleja de la narración fantástica más directa para buscar un tipo de imagen más condensada, más simbólica y más abierta. En Nautilus se percibe además una atención muy precisa a la construcción de la superficie, al equilibrio de planos y al ritmo interno de la composición.

Nautilus, 1954. / Delhy Tejero
En el tramo final de la selección aparecen dos obras que, además de estar expuestas juntas, permiten ver con claridad la evolución de Delhy hacia imágenes cada vez más depuradas y abiertas en su significado. Por un lado está “Encuentros” (1951), una pieza en la que las formas y los elementos visuales se organizan en una estructura dinámica. Líneas, planos y zonas de color parecen desplazarse dentro del espacio pictórico, generando una sensación de cruce, relación y convergencia. El propio título apunta a esa idea de contacto entre realidades distintas. No se trata ya de narrar una escena identificable, sino de activar una tensión visual entre elementos que se buscan, se rozan o se enfrentan dentro del cuadro. En esa pintura Delhy trabaja desde la sugerencia y desde el equilibrio entre lo reconocible y lo abstracto, con una libertad compositiva que anuncia búsquedas posteriores.

Encuentros, 1951. / Delhy Tejero
Junto a ella se muestra “Las barcas” (1959), una pintura en la que la artista incorpora textura a la superficie y desarrolla una imagen de gran poder simbólico. En la escena aparecen tres embarcaciones alineadas que avanzan hacia el espectador. Cada una de ellas incorpora un rostro humano en la proa, lo que transforma el paisaje marítimo en una imagen cargada de extrañeza. Las barcas dejan de ser meros objetos para convertirse en presencias, casi en personajes silenciosos.

Las barcas, 1959. / Delhy Tejero
La obra combina elementos figurativos con una dimensión poética que transforma la escena en una metáfora visual sobre el viaje, la identidad o la memoria. La disposición frontal de las embarcaciones intensifica la sensación de encuentro con el espectador, mientras que el fondo despejado refuerza el carácter casi visionario de la imagen. Delhy consigue aquí algo muy suyo: convertir un motivo reconocible en una escena inquietante y serena al mismo tiempo. Vista junto a Encuentros, esta obra permite apreciar cómo en los años cincuenta su pintura se mueve entre la evocación simbólica, la simplificación formal y una creciente intensidad expresiva.
Nuevos lenguajes visuales
A través de estas obras puede apreciarse la amplitud y la diversidad de la trayectoria artística de Delhy Tejero. Desde los dibujos fantásticos de los años treinta hasta las composiciones más simbólicas y experimentales de las décadas posteriores, su pintura muestra una constante voluntad de explorar nuevos lenguajes visuales. Esa capacidad de transformación explica en parte el creciente interés que su obra está despertando en los últimos años dentro del ámbito académico y museístico.
Durante décadas su nombre apareció de manera irregular en los relatos de la historia del arte español. Sin embargo, investigaciones recientes, nuevas exposiciones y el trabajo continuado de especialistas han contribuido a revisar su trayectoria y a situarla en un contexto más amplio dentro de las vanguardias del siglo XX. En ese proceso ha sido también fundamental el papel de su familia, propietaria y custodio de una parte esencial de su legado artístico, que ha colaborado activamente en la conservación, estudio y difusión de su obra, facilitando el acceso a piezas, documentos y archivos que hoy permiten comprender mejor la dimensión de su trabajo.

Exposición de Delhy Tejero en el MUSAC de Málaga. / Tomás del Bien
La exposición del MUCAC participa de ese proceso de redescubrimiento. Al integrar su obra dentro de una constelación de artistas que trabajan desde la imaginación, demuestra que su lenguaje visual sigue siendo sorprendentemente actual. Sus personajes fantásticos, sus composiciones simbólicas y su particular manera de entender la pintura como un territorio de exploración interior conectan con preocupaciones que siguen presentes en el arte contemporáneo. Este reconocimiento tiene un significado especial. Durante años la reivindicación de Delhy Tejero ha sido impulsada por investigadores, instituciones culturales y por su familia, quienes han custodiado su legado artístico de manera ejemplar. Hoy su presencia en exposiciones de alcance nacional confirma que esta labor de recuperación está plenamente justificada.
La exposición ha permanecido abierta hasta el 15 de marzo, ofreciendo una oportunidad excepcional para contemplar algunas de las obras que representan la singularidad de esta artista. Al abandonar la sala queda la sensación de que la obra de Delhy Tejero continúa creciendo en relevancia y que su lugar dentro del arte español del siglo XX es cada vez más evidente. La pintora que nació en Toro hace más de un siglo vuelve así a ocupar el espacio que le corresponde en la historia del arte.