La adaptación de las novelas de Patricia Cornwell protagonizadas por la forense Kay Scarpetta es, en su traslación a serie de Prime Video, más desconcertante que redonda. La voluntad de David Gordon Green, director de carrera dispar tanto en géneros como resultados, es distanciarse del clásico procedimental policial televisivo alternando cronologías, motivaciones y unos personajes más vistosos de lo habitual. Pero hay ciertos problemas en Scarpetta (entre ellos, el histrionismo de Jamie Lee Curtis) que desarman más que encantan.

Serie inicialmente al servicio de Nicole Kidman, es sin embargo su versión ‘juvenil’ encarnada por la británica Rosy McEwen (El Alienista) la que se lleva el gato al agua. Pero a propósito de esa trama dividida en dos tiempos, los de un caso que resurge más de veinte años después justificando el uso de dos actores para cada personaje, donde la serie comienza a patinar. Ni Gordon Green, en sus dos episodios iniciales, ni la guionista Elizabeth Sarnoff (procedente de otra serie que desplegaba esa narrativa, Perdidos) consiguen convencernos de la entidad de ese caso.

El resultado es una serie que, paradójicamente, da la impresión de carecer de motivación. El espectador no familiarizado con las novelas de Cornwell, y si me apuran los que sí las conocen también, aún no saben lo suficiente de Scarpetta como para comprender su obsesión. Al final, la serie da la impresión de simplemente ocultar los conocimientos de las versiones adultas de los personajes como mecanismo para mantener el suspense.

Relacionado

Scarpetta introduce demasiado rápido demasiados personajes, tramas y hechos, motivaciones y traumas, secretos y mentiras, relaciones y muertes, sin que Nicole Kidman parezca excesivamente presente o implicada. La interpretación de Jamie Lee Curtis, sin dirección alguna (la actriz está enredada ahora en despotricar contra las tres películas de Halloween que firmó con… Gordon Green) crea un personaje más molesto que turbulento, más irritante que divertido, y la coralidad de la serie (Simon Baker y Bobby Cannavale bien, como siempre) no refuerza esa impresión, solo distrae y perpetúa cierta sensación de histerismo.

El resultado es una serie que intenta ser original dentro de un género muy tratado y maltratado, y desde luego lo consigue en ocasiones, pero a costa de perder entidad en su planteamiento. La estridencia de algunos miembros del reparto, el sentido del humor poco pulido de la serie, ahoga una trama que entretiene pero, de alguna manera, deja la impresión de que podría habernos seducido completamente con otra revisión del guion.