Rafael Fontán fue el arquitecto que diseñó el ascensor, o ascensores (son dos) de Begoña. «En él se puede apreciar cómo mantuvo el racionalismo, con … un diseño muy potente y elementos art decó en la decoración, y yo siempre he visto ahí cierto presagio del brutalismo: entonces no había muchos edificios donde se dejara el hormigón desnudo, y todavía hoy la gente no está habituada a ello. Yo creo que lo hizo por el mantenimiento», analizaba José Fontán, su nieto, y arquitecto también, hace un año en una entrevista en este periódico.

En su día fue una apuesta arriesgada, algo muy rupturista, pero con el paso de los años se ha vuelto una especie de referencia, un hito. Ya lo anticipaba un periodista de EL CORREO en la crónica de su inauguración: «Llegará a ser con el tiempo un punto clásico de referencia en la estampa bilbaína».

Esa inauguración ocurrió el 31 de julio de 1947. No fue el primer ascensor de Bilbao: ya existía el antecedente del elevador Iturribide-Solokoetxe, construido en 1935. El de Begoña es una torre de hormigón armado de 54 metros con una pasarela superior apoyada en vigas y pilares. La construcción costó 2,7 millones de pesetas; y a eso hubo que sumarle la parte mecánica, otras 651.734. La concesión se otorgó por 99 años.

Pero el negocio empezó a decaer en 1996 con la apertura del ascensor que enlaza la estación de metro del Casco Viejo con el barrio de La Cruz. Ahí, la histórica torre de Begoña comenzó un declive por el descenso de usuarios que culminó con su cierre definitivo en 2014, año al que ya llegó en muy mal estado.

No habrá mejorado su situación ahora, más de una década después. ¿Qué va a haber que hacer cuando se pueda comenzar con la reforma? José Fontán ya avisaba hace un año que «si se quiere hacer bien, hay que plantear un tratamiento del hormigón, de recubrimiento de armaduras. La restauración requerirá un andamio, quizá descolgándose, porque debajo hay edificios. Está muy bien que vuelva a utilizarse, porque un edificio en uso se mantiene».